¿Es tan buena «La forma del agua» como para ganar el Óscar?

Tiene casi garantizada la estatuilla a la mejor dirección y se disputa la de mejor película con «Tres anuncios en las afueras», de Frances McDormand, a la que ya batió en Venecia. Allí el director mexicano consiguió el León de Oro


El Gordo: así es conocido entre sus amigos, muchos de ellos españoles, puesto que el director vivió en Madrid varios años, en el lapso que va entre los proyectos de El espinazo del diablo y El laberinto del fauno. Por cierto, no hubo mucha generosidad con él aquí. No sé si criterios de celos motivaron que a Del Toro mucha gente le hiciese el vacío en España. Y él, que amaba mucho este país, acabó vendiendo su casa.

Esta es su temporada triunfal. Todo comenzó al final del verano, en el Lido de Venecia. Allí, La forma del agua compitió con la que ha sido su némesis todos estos meses, la muy superior Tres anuncios en las afueras. Llegaron ambas como las dos claras favoritas y allí se llevó el mexicano el León de Oro. Desde entonces, y hasta el próximo domingo, las películas de Del Toro y de Martin McDonagh han ido celebrando combates en los diferentes premios de la crítica y los gremios de la industria, con un triunfo de La forma del agua a los puntos pero una percepción con la que se llega a esa meta que son los Óscar: es absoluto el favoritismo de Del Toro para hacerse con el de mejor director, aunque hay muchas dudas de si el premio a la mejor película irá para su historia de bella y bestia anfibia o si, como ya les pasó a sus colegas Alfonso Cuarón, con Gravity, y González Iñárritu, con El renacido, ven como les supera en ese escalón un filme de un género más acrisolado.

SE LE VE LA CARCASA

La forma del agua es una obra estimable, inatacable industrialmente, pero me sigue pareciendo que se le ve la carcasa: esto es, que a un filme que apela a la intensidad de los sentimientos (el romanticismo freak aviolinado por la banda sonora del insufrible Alexandre Desplat, quien ganará por ella su segundo Óscar; los guiños cinéfilos a las divas del musical retro Alice Faye, Betty Grable o Carmen Miranda, o al cine de la guerra fría para darle una vuelta a aquellas fanfarrias del macarthysmo) se le note demasiado que hay un cálculo, una ausencia de visceralidad que es la que a mí me distancia de la película.

Y, por supuesto, la veo a años luz de la poderosa cabalgada narrativa de Tres anuncios en las afueras, cuyo discurso sobre el género del revenge enarbola una Frances McDormand que podría ser intercambiable con el Clint Eastwood de la edad dorada. Aunque así fuese, y el filme de Martin McDonagh se impusiese al final como mejor película, si Guillermo del Toro sube a recoger la estatuilla de director, conviene abundar en el ya conocido dato: en los últimos cinco años, cuatro de ellos en esa categoría de regista habrían tenido ganador mexicano, con el islote del «intruso» Damien Chazelle de La La Land el pasado año. Y esto, si nos lo cuentan hace un lustro, sí nos llevaría a pensar que nos hablan de una fábula más fantastique que la del anfibio amazónico curando alopecias.

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