Horacio Castellanos: «Si tienes un estado de ánimo positivo lo último que se te ocurre es escribir»

Considerado una de las voces literarias más poderosas e incisivas de Latinoamérica, el escritor salvadoreño publica «Moronga»

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Figura clave de la literatura latinoamericana, el salvadoreño Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957) es autor de doce novelas y de libros de relatos y ensayos. Es un trotamundos que ha residido en varios países tras abandonar El Salvador, un país marcado por la violencia que siempre está presente en sus obras. Actualmente enseña literatura creativa en la Universidad de Iowa, done reside. El autor de El asco publica Moronga (Literatura Random House), que se desarrolla en EE.UU. y está protagonizada por dos salvadoreños.

-El título de la novela tiene un doble sentido.

-Moronga es el apodo de un personaje y una palabra que se usa allá para referirse a la morcilla de sangre de cerdo y procazmente para el órgano sexual masculino. También se utiliza como verbo, moronguear, que significa dar una paliza, y como sinónimo de lo que en España se llama chorizo, en el sentido de ladrón.

-En su novela los personajes mienten y se esconden.

-En el caso de José Zeledón viene de un mundo del que no puede hablar, de la guerra civil en El Salvador, de la clandestinidad. No quiere que sepan quién es. No es quien dice ser e incluso él mismo no está seguro de quién es. Lo mismo le pasa al otro protagonista, Erasmo Aragón. Esa característica se da en el ser humano, a veces no sabemos quiénes somos, decimos que somos una cosa y somos otra, o varias a la vez. El ser humano somos todos los seres humanos. Todos podríamos ser gente muy mala si estuviéramos bajo determinadas circunstancias y presiones. Mis personajes están hechos de zonas grises. No existe la pureza y o la maldad per se, sino estados que van cambiando.

-Aragón tiene rasgos biográficos que coinciden con los suyos. ¿Es su «alter ego»?

-Le he prestado muchas anécdotas vitales mías para darle más carne. Pero me pregunto, ¿cuál es nuestro alter ego, el que querríamos ser o el que aborreceríamos ser? Hay un juego conmigo mismo de crítica y de destrucción.

-Usted ha dicho que escribe desde la rabia, la infelicidad y la insatisfacción.

-Sí, y desde el pesimismo. Cuando estás en un estado de ánimo positivo lo último que se te ocurre es escribir, lo que haces es tratar de disfrutarlo. Los estados de ánimo negativos generan literatura, creación, porque hay una fricción con la realidad que te molesta y no te gusta. Si estás feliz con el mundo, con lo que pasa, podrías escribir libros de autoayuda, no de ficción. En esta novela el pesimismo, en lo que se refiere a la capacidad de los personajes para superar su pasado marcado por la violencia y la guerra, es muy fuerte.

-Se ha destacado que la violencia está muy presente en su obra.

-Hay violencia en el mundo, en la literatura universal. La Ilíada es mucho más violenta que mi pequeña obra. Esa idea de que mis novelas son violentas forma parte de una lectura europea, de una Europa que ahora sería buena y pacífica, pero que no toma en cuenta los péndulos de la historia. Nadie garantiza que los peores instintos no puedan volver a salir.

-Se define como un escritor auditivo, que necesita oír la voz de los personajes antes de escribir. ¿Cómo es ese proceso?

-Por ejemplo, Zeledón había salido ya en otra novela como personaje del que se habla y al que se describe en tercera persona. Ahora que iba a desarrollarlo necesitaba saber cómo era su voz treinta años después, cuando es consciente de que está derrotado. Tenía que oír su voz, su silencio. No comienzo a escribir, no me siento seguro, hasta que me convence esa voz.

-Ha vivido en numerosos países. ¿Le ha influido en su obra ser un desarraigado?

-Soy un expatriado y claro que influye. Pierdes algo y ganas algo. Ganas perspectiva, libertad, distancia y profundidad. No tienes compromisos con la realidad inmediata en la que vives y puedes escribir con absoluta libertad. Pero hay un factor en el que pierdes, la música del lenguaje, porque en Latinoamérica va cambiando.

«Entregamos nuestra vida privada a cambio de nada»

En la novela hay una reflexión sobre la vigilancia exhaustiva que existe en EE.UU. de la vida privada de los ciudadanos mediante cámaras en las calles o el control de las redes sociales, los correos electrónicos o los móviles.

-En el mundo en que vivimos la vigilancia tecnológica es el pan de cada día, y se hace de manera legal. La Agencia de Seguridad Nacional está facultada para investigar a cualquier ciudadano en Estados Unidos. La pregunta es: ¿en qué tipo de legalidad vivimos? Es un tema fundamental del libro, hasta dónde la pérdida de la vida privada es una de las cosas más importantes que ha sucedido y no porque venga una fuerza maligna del autoritarismo o el estalinismo a quitárnosla, sino porque nosotros la entregamos a cambio de nada y no nos importa.

-Ha sido muy crítico con las redes sociales, a las que acusa de estar acabando con la vida interior del hombre.

-Cierto. La pérdida del silencio interior impide la posibilidad de la reflexión interna. Vivimos en un ruido permanente.

-¿Cómo ve la evolución política y social de El Salvador?

-Hubo una guerra civil en la que los dos bandos empataron militarmente y gracias a la ONU se hizo un proceso de paz y se acordó fundar un sistema democrático en 1992, que desde entonces funciona. Los dos bandos que se mataban ahora son partidos políticos que se reparten el poder de acuerdo a los resultados electorales. Pero no hay una evolución social, porque en cuanto a la pobreza, la salud, la educación y la violencia que viene de la marginación y se expresa en las pandillas las cosas están tan mal o peor que antes. Hay mucha corrupción, hasta tal grado que de los tres últimos presidentes antes del que está ahora, uno está preso, otro se murió de un derrame cerebral en el proceso para meterlo en la cárcel y el otro, Mauricio Funes, que fue el primer presidente de izquierda del país, está exiliado en Nicaragua, acusado de malversación de fondos. Se maneja la cosa pública con la cultura moronga, a ver quién roba más.

-¿Qué le parece la decisión de Trump de expulsar a más de 200.000 salvadoreños?

-Esos salvadoreños llegaron en el 2001, han hecho su vida allí renovando su permiso cada año y medio, crearon familias, fundaron empresas, se convirtieron a la vida estadounidense, arraigaron, por lo que su expulsión implica un despojo, es muy injusto y muy grave. Y además regresan a un país del que salen más de 230 personas cada día ilegalmente hacia Estados Unidos con tal de escapar de la miseria y de la violencia. Me pregunto, ¿a dónde regresan?

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