Antonio Muñoz Molina: «Al vagabundeo le pasa como a otras formas de libertad: si no se ejerce, se pierde»

El autor publica «Un andar solitario entre la gente», una exploración de la ciudad a pie de calle


redacción / la voz

En Un andar solitario entre la gente (Seix Barral) Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) sigue la estela de los flâneurs para explorar la ciudad del siglo XXI. Un tejido urbano al que se ha superpuesto otra piel de signos y estímulos infinitos, que el escritor y miembro de la Real Academia Española integra en su narración, de la que emerge una necesaria reivindicación del espacio público.

-Walter Benjamin, que aparece en su libro, escribió que la ciudad era la realización del viejo mito del laberinto. Pero ese laberinto ha quedado oculto bajo otro, de signos, ruidos, luces...

-De pronto cobras consciencia de eso, cuando te pones maniáticamente a leer todos los mensajes que recibes. Es un laberinto verbal, como superpuesto al otro. También eso lo vio Benjamin en Calle de dirección única. Recuerda el poema de Baudelaire, cuando habla de la naturaleza, que dice que el hombre atraviesa un bosque de símbolos. Fue así. La cuestión está en qué momento paras de leer. Porque miras y es un texto infinito.

-¿Y cuándo se convierte la polifonía armónica en ruido?

-Claro, es que ahí estamos siempre en una frontera muy delicada. Fíjate que una parte de la música del siglo XX, no solo el pop o la clásica o el jazz, han jugado con eso, con la polifonía y la cacofonía. Yo, cuando escribía este libro, una inspiración que tenía era un compositor americano que me gusta mucho, Charles Ives, que tiene sinfonías enteras que son colajes de cosas, de himnos, de cosas baratas. En una de sus sinfonías hay un choque, se encuentran dos bandas de música y se ponen a ver cuál hace más ruido. O en una obra extraordinaria, que es Central Park in the Dark, que empieza como una cosa pastoral, la ciudad de noche, pero según va avanzando empiezas a oír los ruidos de la ciudad que se superponen a la armonía clásica de la música nocturna. El ruido es como una distorsión, como una perturbación, pero también es parte de lo que hay. Un escritor o un artista tiene que lidiar con eso, tienes que enfrentarte a eso y darle forma.

-¿No sintió alguna vez una especie de síndrome de Diógenes?

-[Ríe]. Sí, muchas veces sí. Hice muchos más poemas de los que hay en el libro. Hice uno rimado, con versos muy breves, que eran los letreros de los mensajes que fui grabando desde que salí de mi casa hasta un restaurante donde había quedado con unos amigos. Iba hilando todo, lo mismo un anuncio que un mensaje de un autobús. Me gustaba, pero me di cuenta de que ya era demasiado Diógenes. Si te pasas, el proyecto se derrumba como un montón de basura, literalmente. Ahí está el equilibrio.

-Esa omnipresencia de signos es un síntoma más de la perversión del espacio público, erosionado por intereses comerciales, el paso vedado en ciertos lugares...

-O la invasión de los coches. En el libro tiene una dimensión política muy fuerte, en el sentido ecologista y de defensa de lo público. Hay una cosa que se ve que es la privatización de la mirada. El hecho de que en Madrid, por ejemplo, ya no hay sitio al que mires que no haya una pantalla. En mi calle, que es bastante céntrica, en todos los cruces hay pantallas. En las ciudades europeas todavía hay una tradición pública muy fuerte, a diferencia de América Latina o las ciudades y el campo norteamericano. En Estados Unidos hay una naturaleza extraordinaria, pero lo que muy poca gente sabe es que es muy difícil caminar por ella porque todo está privatizado.

-Kerouac acabó entre rejas más de una vez por descubrir su país como vagabundo. ¿Caminar y vagar libres es una forma de recuperar lo público como ágora?

-Creo que en parte sí. Al vagabundeo le pasa como a cualquier otra forma de libertad, que si no se ejerce de manera continua y consciente, se pierde. No es un capital de libertad y derechos que tú tienes, te lo guardas y lo usas cuando quieras. Si no lo usas, lo pierdes. El modo en que muchas veces se han recuperado las ciudades es porque la gente común ha tenido el coraje de no aceptar ese tipo de coacciones. En Medellín, por ejemplo, vi cómo una ciudad que se había privatizado recuperó, gracias a un ayuntamiento progresista y con muy buena cabeza, una zona abandonada a la delincuencia y el narcotráfico gracias a la caminata.

-¿En Galicia le siguen preguntando por Pepe Rifón, su amigo de A Fonsagrada que aparecía en «Ardor guerrero»?

-Sí, claro que sí, y yo sigo acordándome de él.

-Vino a verlo y visitaron el castro de Viladonga, creo.

-Sí, estuvimos por ahí. Fue un viaje extraordinario. Fue inolvidable porque vi otra Galicia. Yo conocía Vigo porque cuando tuve 17 años estuve un verano trabajando en Vigo, vine detrás de un amor. Ella veraneaba en Vigo y yo me vine detrás de ella, desesperadamente. Estuve trabajando en una distribuidora de alimentaciones, Spar, repartiendo con un camión. Yo era el ayudante del camionero. Y luego, cuando volví, estuve con Pepe en toda esa zona de Lugo. Es una parte sagrada de mi vida.

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