«A ojos del espectador, Bueno se puso como personaje al nivel de Belén Esteban»

José Ignacio Fernández del Castro coordina un número especial de la revista «Ábaco» que rinde homenaje al filósofo fallecido en 2016 y reivindica la potencia de su sistema

José Ignacio Fernández del Castro, con el número de 'Ábaco' dedicado al materialismo filosófico de Gustavo Bueno
José Ignacio Fernández del Castro, con el número de 'Ábaco' dedicado al materialismo filosófico de Gustavo Bueno

Gijón

José Ignacio Fernández del Castro, profesor de Filosofía y miembro del consejo de redacción de la revista de cultura y ciencia sociales 'Ábaco' ha sido el encargado de coordinar uno de los números más sustanciosos y -seguramente- con mayor proyección de la historia reciente de la veterana publicación. El materialismo filosófico. En el primer aniversario del fallecimiento de Gustavo Bueno Martínez empezó a cuajar en torno al cabo de año de la muerte en septiembre de 2016 del filósofo riojano afincado en Asturias, autor de un personal y vigoroso sistema filosófico y también personaje de fuerte presencia mediática en las últimas décadas de su vida. El número -ilustrado por la avilesina Ada Pérez García con obras inspiradas en el propio pensamiento de Bueno- cuenta con colaboraciones de una veintena de firmas: discípulos o exdiscípulos de primera hora junto a otros más recientes y conocedores de la vasta y muy diversa aportación de Bueno, contemplada en sus múltiples vertientes en el número. Además se reseñan y analizan 20 obras fundamentales del filósofo y otras dos de sus discípulos. Todo ello con un doble afán: de una parte repasar el sistema de Gustavo Bueno y de otra, consideran, desde cierta distancia, la posibilidad de un «desbordamiento» de ese sistema en nuevas direcciones.

-¿Cómo se planteó este especial?

-Tenemos un sistema de filosofía que prácticamente en su totalidad se desarrolló todo en Asturias, salvo algunas trazas iniciales en Salamanca, y aprovechando que se cumple un año de la muerte de Gustavo Bueno, pensamos que era una ocasión que debería aprovecharse para hacer una primera reflexión sobre el materialismo filosófico, con unas ciertas condiciones: escoger a autores que, por una parte, conociesen bien el sistema, pero que, por distintos motivos, pudieran mantener también determinada distancia, determinada perspectiva; ya fuese biográfica, geográfica -como gente ligada a la Fundación Gustavo Bueno, pero que residen fuera, o en órbita de izquierda, como Pedro Insúa- o que guardase alguna distancia histórica, como quien fue, de alguna manera, su primer discípulo, Sánchez Ortiz de Urbina… Gente con perspectiva para hacer una primera valoración un año después.

-¿Una revisión que puede que sea también vista como revisionismo?

-Evidentemente. De hecho, una de las condiciones, también evidente, para preparar la revista fue evitar lo que podríamos llamar «guardianes de la ortodoxia».

-¿Más, entonces que ponderar un legado cerrado, mostrar cómo sigue vivo, en uso, en aplicación?

-Sí, un poco lo que hace Pablo Huerga en su artículo: extender el sistema hacia regiones donde todavía no prendió, como el arte. Cuando Pablo presentó su libro sobre La ventana indiscreta en la Fundación, Bueno fue totalmente amable, pero le dijo que él no iba a entrar en la discusión sobre si eso estaba dentro o no del sistema; que el sistema estaba allí para que lo utilizase el que quisiese como quisiese y que no era suyo, que ya era de la gente que lo quisiera utilizar como herramienta. Lo que pasa es que hay

-En toda escuela, cuando desaparece el maestro, se abre la tensión entre la escolástica y la apertura de la escuela. ¿Es esta revista, de algún modo, un producto o un testimonio de esa tensión?

-Claro. Es algo que se manifiesta continuamente de forma muy explícita. En las presentaciones que organizamos en lugares muy significativos -el Antiguo Instituto y el Aula Magna del Edificio Histórico- ha salido ese asunto: si el desarrollo del sistema o la extensión y la divulgación siquiera del sistema podía venir de la mano de la ortodoxia o de la heterodoxia. Sale siempre. Y evidentemente la revista quería dar cuenta de eso, hacer que apareciesen las tensiones que hay en el sistema, que aparecen de manera muy central. Por ejemplo, el artículo de Ortiz de Urbina defiende que la publicación en 2016 de El Ego trascendental supone un cierre del sistema que es contradictorio. Si es un sistema materialista, es difícil entender que se pueda cerrar con una figura como el ego trascendental. Silverio Sánchez Cñaada apunta también algunas tensiones en el ámbito ético-moral-político; Pablo Huerga hace una aplicación a lo que ya hizo en el cine al ámbito de la música, extendiendo de alguna manera el sistema. Queríamos que apareciesen esas tensiones y perspectivas de aplicación en otros ámbitos.

-Todo esto respecto a la vitalidad filosófica de Bueno en España. ¿Y fuera de España? ¿Hay extensiones geográficas de su legado?

-Es otra de las cuestiones que queríamos que apareciese, la pregnancia del sistema hacia fuera. La filósofa alemana Nicole Holzenthal, investigadora, divulgadora cultural, es la persona que introdujo a Bueno en algunas universidades alemanas, sobre todo en Maguncia, y ahora la están llamando para hacer un poco lo mismo en el Lejano Oriente. Por cierto, en su web Cima&Holzental tiene colgada una entrevista a un Bueno con 90 años que da una perspectiva muy curiosa sobre su biografía. Es una entrevista totalmente escéptica en la que, primero, relativiza su llegada a la filosofía a partir de algunas anécdotas, cuando él debería haber hecho medicina; y no solo eso sino que acaba relativizando también la posibilidad real de influencia en la realidad de la filosofía… Se está expandiendo mucho hacia Latinoamérica, 

-¿Qué cree que es lo esencial de en la aportación de Bueno? ¿El mero hecho de haber armado un sisema filosófico en un tiempo en el que nadie los construye, o las cualidades de ese sistema?

-Son las dos cosas. Yo, por ejemplo, cuando hablo de «el último sistema», no lo digo porque no vaya a haber otro, evidentemente; digo que es el último porque hace un sistema filosófico en la tradición platónico-aristotélica; es decir, un sistema que tiene una ontología -una visión de la realidad-, una teoría sobre cómo conocemos, una ética, una política, etcétera: un sistema completo en tiempo de relatos y de fragmentos, además construido polemizando con los filósofos que están en boga en ese momento: los postestructuralistas, con Foucault, que era el dios en determinado momento; con la filosofía del lenguaje y de la mente de Wittgenstein y, por último, con el pensamiento débil de la posmodernidad y el neokantismo de Habermas. Y en esa polémica construye un sistema realmente potente, cuyo punto más fuerte es sin duda la teoría del conocimiento, su teoría del cierre categorial, porque realmente es una teoría materialista de la ciencia muy difícil de rebatir, en dialéctica con lo que estaba en aquel momento en auge, y además haciéndose con muchos más medios, con cientos de personas: un hombre solo con una decena de colaboradores que acaban formando lo que se llama vagamente la Escuela de Oviedo o el Taller de Filosofía de Oviedo, pero en el que en realidad la cohesión fue muy limitada, y además fue dejando restos, gente que fue rebotando del sistema.

-Que usted adjetiva «potente». Es decir, que tiene potencia, capacidad para seguir rindiendo...

-Evidentemente. Lo muestran cosas como las que está haciendo Pablo Huerga, pero que provocan una controversia continua con gente supuestamente de la escuela que se le tira al cuello cada vez que publica algo. Eso crea situaciones muy desagradables.

-Habla en su texto introductorio de la necesidad de recuperarse de un «cierto abandono» de los grandes temas por parte del Bueno, digamos, de la última época, el Bueno más mediático.

-Hubo una sobreactuación de Bueno en los medios. Él se dio cuenta de que cierta presencia mediática es importante, y además de que él tenía recursos para servir al espectáculo mediático, y los utilizó a través de la vehemencia y la «razón pasional» y esas cosas, aunque no siempre era así, porque como digo en mi artículo -y como siempre lo fue conmigo- Bueno podía ser absolutamente cordial y encantador. Encantador hasta el amiguismo. Pero eso forma parte de una cierta tradición universitaria en la que Bueno empezó. El llega por primera vez al Instituto Luis Vives del CSIC de becario por amistad con Sánchez Mazas directamente, y allí entra en amistad y en trabajo con gente que en el año 80 hubiese denostado, no por lo que eran en aquel momento sino por lo que fueron después; opusianos como Raimundo Pániker, Gambra…

-¿Cree que esa «sobreactuación» mediática perjudica o enturbia la percepción del núcleo del sistema filosófico de Bueno?

-Es evidente. Resta credibilidad no tanto por el sistema mismo como porque le convierte en un personaje. No es que la figura que aparece ahí con toda su vehemencia no pueda hacer un sistema; esto a la gente le trae al fresco porque ni sabe ni le interesa lo que es un sistema. El problema es que se convierte en un personaje, y en cuanto a eso se pone a ojos del espectador al mismo nivel de Belén Esteban. Y eso se radicaliza cuando los adláteres de la escuela buscan sus huecos mediáticos donde  ejercer casi de intérpretes dentro de una estructura mediática a mayor gloria del espectáculo, o intentar manifestar retazos del sistema aplicado directamente en formatos francamente amediáticos. Todo ello, al margen de la obra digamos ideológicamente problemática de los últimos tiempos.

-¿En qué sentido «ideológicamente problemática»?

-En el sentido de que, pretendiendo situarse más allá de las ideologías, se constituye en bastión ideológic del juego partidario, lo que es evidente si lo contemplamos desde sus consecuencias. Lo cual no debe obviar que en su última producción hay obras muy sugerentes, como El mito de la cultura o El mito de la felicidad, y la última es una obra de calado, El Ego transcendental, que plantea un problema de otro orden, pues supone un cierre del sistema del materialismo filosófico… y el problema es que una verdadera filosofía, a diferencia de un campo científico -siguiendo el propio sistema- no puede cerrar.

-Entonces, ¿cree que hay que desandar el camino, esquivar a ese Gustavo Bueno mediático para recuperar el sistemático?

-S. Porque que además en un sistema está enunciado muy temprano. En la bibliografía final, y hago la reseña crítica, por ejemplo, del Ensayo sobre las categorías de la economía política, un libro de 1972 en el que está enunciado prácticamente el sistema: todo el sistema. No solo la teoría del conocimiento sino también una idea de mundo y una voluntad política. De hecho, mi artículo empieza con una cita de ese libro en la que aparece la idea de que el filósofo tiene que ser un funcionario de un estado socialista. Dice Bueno literalmente que no tiene sentido hablar de un Sócrates funcionario, porque Sócrates no puede serlo, pero sí tiene sentido plantear la posibilidad de cientos de Sócrates funcionarios para un estado socialista. Eso lo dice explícitamente, y que no tendría sentido, en cambio, hablar de filósofos funcionarios en un estado capitalista.

-¿Hay un Gustavo Bueno también revisable desde la izquierda?

-Al menos, está claro que su teoría del conocimiento y todo su desarrollo es difícilmente compatible con un sistema capitalista. ¿Cómo se maneja la ciencia en un sistema capitalista? En un sistema basado en la empresa privada...

-Y en la aplicabilidad tecnologica y la rentabilidad.

-Sí, en todo lo que, de hecho, es la negación de la ciencia. Lo demás podría ser más discutible, aunque hay algunos articulos -latinoamericanos, por cierto- en los que se defiende la incompatibilidad absoluta del sistema de Bueno con la derecha política. Eso no lo tengo tan claro en cuanto al sistema en general; en cuanto a su teoría de conocimiento, sí. En todo caso, lo que planteas es justamente lo que hago: recuperar a ese bueno del Congreso de Filósofos Jóvenes, de las primeras publicaciones. Hay varios artículos que van en la misma línea, como el de Alberto Hidalgo: hay un Bueno nuclear, y luego, usando una metáfora astronómica, una especie de sistema solar con una serie de movimientos muy complejos, en el que se da un final más político al servicio de cierta ideología. Eso serían excrecencias del sistema. Pero, claro, esos movimientos complejos están también dentro del sistema. Otro artículo, el de López Herranz, también buenista aunque fue desligándose del sistema, que hace un análisis  del tipo de sujeto que va apareciendo en la obra de Bueno, y habla de tres sujetos: esa primera etapa la caracteriza como el sujeto socialista, en la que el sujeto filosófico es un sujeto que solo tiene sentido ahí, en el socialismo.

-¿De qué modo influyó en Bueno el desmoronamiento de la Unión Soviética?

-Fue determinante. Explica muchísimo. Bueno se mantuvo estrictamente prosoviético, y además lo dice en muchas entrevistas; aguanta hasta la caída del Muro. De hecho, la primera obra explícitamente política que publica, el Primer ensayo sobre las categorías de las ciencias políticas, es un libro que le publica la Diputación de La Rioja, aparece en 1991, dos años después de la caída del Muro. Aun siendo político, es un libro todavía sobre teoría del conocimiento aplicada a las ciencias, y no es un libro hecho a raíz de la caída del Muro; estaba en proceso antes, pero no aparece hasta después. El mito de la izquierda y El mito de la derecha, el libro sobre Zapatero, España no es un mito, España frente a Europa, la defensa del concepto de imperio, empiezan a desarrollarse a partir de ahí. Aunque el concepto de imperio está detrás también de aquel apoyo a la Unión Soviética, a la que el defiende como tal imperio.

-¿Asume que se trata de una publicación polémica?

-Supongo que no va a haberla, al menos directamente. Yo he invitado formalmente a los representantes de la familia y la Fundación a todas las presentaciones, ni en Oviedo ni en Gijón.

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