«El capitalismo caerá. La cuestión está en cómo establecer una alternativa»

Alberto Santamaría desentraña los nudos del neoliberalismo y explica en Oviedo las estrategias que emplea para mantener a los individuos alejados del pensamiento crítico

Alberto Santamaría
Alberto Santamaría

Redacción

Pase lo que pase, siempre habrá una frase motivadora sobre un fondo idílico que sirva para inyectar positividad a un cuerpo triste. Consignas que se imprimen en tazas, en camisetas, en los escaparates de los bancos, que le hacen un flaco favor a la formación del pensamiento crítico y ensalzan la adaptación al neoliberalismo. En palabras del filósofo, poeta y profesor universitario Alberto Santamaría (Torrelavega, 1976), el sistema se vale de la semántica afectiva para dar fuerza a su utopía de emprendimiento, de espíritu empresarial, para que el individuo sea incapaz de ver el fango sobre el que se sustenta. El prolífico autor estará hoy en Oviedo en sesión doble (facultad de filosofía, por la mañana; El Manglar, por la tarde -pinchar para más información-) para desentrañar los nudos del sistema, presentes en su último ensayo En los límites de lo posible. Política, cultura y capitalismo afectivo (Akal, 2018).

-Hablará en Oviedo sobre ese lazo cada vez más estrecho entre el arte y la economía. ¿Son las becas promovidas por instituciones financieras una excusa para ejercer influencia sobre la creatividad?

-Más que influencia, yo lo que estudio en el último libro que tengo publicado es cómo los grandes bancos utilizan toda una semántica afectiva, una semántica vinculada al arte, a la creatividad, que hasta los años 60 era una temática afín a los movimientos críticos o contrarios al capitalismo, las han vaciado de componente crítico y las han devuelto como formas para de disfrazarse de algo positivo. Es decir, el hecho de que bancos como el Santander, La Caixa o el BBVA, que son los bancos que más desahucian y que más nos han metido en esta crisis, son los que nos dan lecciones morales sobre cómo educar a nuestros hijos o sobre cómo debe ser el arte. Esa hipocresía en el uso de conceptos y afectos.

-¿Hay que venderse por completo para entrar y triunfar en el mundo del arte?

-Ahí está el dilema más importante, desde dónde tiene que trabajar: si desde lo que se ha de hacer o desde lo que uno cree que se ha de hacer. Esa es la gran trampa en la que los artistas no deberían caer. El problema del arte es que es una de las agrupaciones más individualistas que existen. El hecho de que los artistas hayan aceptado el ser algo así como emprendedores que deben competir contra ellos mismos para conseguir un objetivo es triste y es uno de los grandes logros del neoliberalismo. Si el arte se comprendiera desde un punto de vista colectivo y se viviera más como una búsqueda, como un cuestionamiento de los límites, de las formas de vivir y de las formas de pensar que nos imponen los medios del capitalismo, tendría otro sentido. Si solo pensamos el arte, desde un punto de vista comercial, como la manera de suministrar fetiches al sistema, pues ahí tenemos otro problema. El arte debería ser un cuestionamiento de las líneas marcadas.

-Okuda, por ejemplo, se califica como «antisistema», dice que pasa del mercado y del capitalismo, pero es ese sistema el que paga su arte que, además, ejerce en ocasiones de agente gentrificador.

-Okuda, Obey y otros muchos artistas, que sí que parten de un movimiento más social en el sentido de arte urbano, se han convertido precisamente en lo que en algunos lugares han llamado «decoradores de exteriores» porque su obra es inane políticamente, por un lado, y es bonita, por otro. Cuanto más conservador es el ayuntamiento más arte abstracto, más arte tipo Okuda, tienes en la ciudad porque no molesta, queda guay, y te permite decir «mira que modernos somos en el pueblo» sin que ningún elemento político cuestione el sistema. Con eso se nutre. Es una de las evidencias de cómo este capitalismo afectivo trabaja al nivel de los afectos y al nivel del arte.

«A la censura hay que plantarle cara directamente»

-Se viven tiempos de censura. Según la realidad del neoliberalismo que desmenuza en En los límites de lo posible, ¿habría que tomarse esa censura como un reto para superarse?

-A la censura hay que plantarle cara directamente y no pensar, como en tiempos del franquismo, que la censura fue interesante porque nos permitió ser más creativos a la hora de inventar metáforas. Vale, muy divertido, puede quedar muy bien en una entrevista, pero hay que plantarle cara porque establece límites donde no debería haberlos. Por otro lado, la censura que vivimos ahora es mucho más viscosa, más diluida. Es una censura que no sabes de dónde te viene. Es hasta mucho más cariñosa porque «trata de protegerte». Esas son las tres censuras: la que trata de protegerte es la que te imposibilita para desarrollarte y a desarrollar lo colectivo.

-También habla de cómo se moldea la educación para que esté al servicio del mercado. Durante estos días se ha reforzado la alianza entre el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed Bin Salmán, con universidades estadounidenses. ¿Casualidad?

-En absoluto. Uno de los grandes objetivos del neoliberalismo es seguir manteniendo el chiringuito y la mejor manera es que, desde la educación más básica, se entienda qué es el espíritu empresarial, entender que tú eres una herramienta más del sistema para poder generar producción, de tal modo que el tránsito entre la infancia, la adolescencia y el mundo laboral sea una fase seguida y muy tranquila donde el elemento oposicional al sistema nunca aparezca. La parte crítica es algo deleznable. Hay una educación en la felicidad. Eso lo vemos cuando el BBVA nos habla de la educación del «yo puedo» como sistema cuando, como decía antes, desahucia; pero no duda en darte lecciones morales sobre cómo educar a tus hijos. Eso es lo vergonzoso.

«El sistema es perfecto y, si algo falla, eres tú»

-¿Cómo ha conseguido el neoliberalismo legitimarse tan bien y tan discretamente con la desbordante corrupción y precariedad laboral existente?

-Ahí está el tema. Hay un sistema que desde los años 60 ha ido, poco a poco, inoculándose en los discursos, en las formas de hablar, de pensar, que tuvo su punto fundamental cuando Thatcher inaugura una nueva política de lo sensible. Como cuando dijo aquello de «la economía es el método, el objetivo es cambiar el alma». A partir de ese momento las dinámicas empiezan a hacernos entender una cosa muy básica: que el sistema es perfecto y, si algo falla, eres tú. Entonces, si hay algo que cambiar no es el sistema, sino tu reacción ante el sistema. Somos incapaces de generar un imaginario alternativo al neoliberalismo porque este se basa en la utopía de libertad, de emprendimiento, de creatividad, de ganar dinero, de ser uno mismo... utopías individualistas que están destinadas a dinamitar lo colectivo.

-Parece ser cierto que los trabajadores motivados son más productivos, ¿cuál es el problema?

-El problema está en el hecho en que en este sistema estar motivados significa ser competitivo desde el punto de vista individualista para que compitas con tu compañero. Los grandes gurús utilizan el concepto de movilización. Ahora hay que movilizar a los trabajadores. Un trabajador al que se le mete en la cabeza que forma parte de una empresa, que tiene que compartir su filosofía, porque así trabaja más motivado. Lo divertido es que tú eres parte de la empresa pero nunca vas a formar parte de los beneficios. Es el gran truco: somos todos felices y el trabajo es horizontal pero los beneficios recaen sobre unos pocos.

-¿Ser crítico genera desdicha?

-Sí. Los estudios de los grandes bancos -porque hacen estudios sobre esto- explican lo que implica ser infeliz. Si te das cuenta, están obsesionados con la felicidad. Resulta que han descubierto que la infelicidad cuesta 829 euros por habitante. Entonces hay que ser feliz, pero asociado a tu acción. En este sentido significa que te has dado cuenta de que no puedes cambiar el sistema y que lo que tiene que cambiar es tu reacción. Ese concepto de felicidad que se han inventado lleva a producir más. Si eres infeliz expandes entre tus compañeros el virus de la infelicidad y eres crítico. Y ser crítico es algo negativo porque te puedes empezar a dar cuenta de que esto es una puta mierda, de que qué es esto de trabajar 40 horas semanales por 900 euros; te puedes empezar a dar cuenta del barullo que es estar dentro del sistema.

«El Estado nos habla constantemente de austeridad mientras se nos pide que surfeemos la ola del riesgo»

 -¿Es el coaching un engaño más al servicio del sistema?

Tal como lo veo y lo estudio, el coaching es precisamente una manera de aceptar el relato establecido y no cuestionarlo. Aceptar cómo tú tienes que adaptarte a ese sistema y cómo si lo haces puedes crear tu recinto, lo que En los límites de lo posible llamo «acostumbrarte a tu pobreza». En todos esos discursos está el concepto del riesgo. Es muy curioso cómo el Estado nos habla constantemente de austeridad, moderación, equilibrio, mientras a los demás se nos pide que surfeemos la ola del riesgo, que seamos aventureros, que hay que ser emprendedor... y te preguntas ¿cómo pueden ser estas dos dinámicas?, ¿tú tienes que ser el moderado, el equilibrado, mientras que yo, que soy un pringao y no tengo dinero, me tengo que arriesgar y ser emprendedor? Eso tiene mucho que ver con el espíritu empresarial porque para tenerlo no hace falta tener dinero, es una forma de ser. Nos invitan a arriesgarnos bajo el paraguas de la nada.

-¿Cómo formar personas que se cuestionen la realidad cuando los propios planes educativos relegan a un segundo plano asignaturas dedicadas al pensamiento crítico?

-Yo, en mi vida como profesor -y llevo diez años-, nunca jamás he visto a mis alumnos como mano de obra, ni como emprendedores, ni como nada de eso que nos piden. Les invito constantemente a cuestionar todo lo que vemos y a establecer lecturas alternativas a todo lo que se nos ofrece. Lo positivo de la universidad es que es un lugar en el que, si el docente lo quiere, es posible generar ese espacio de conflicto. La universidad es un espacio para el disenso y si no lo consigue, apaga y vámonos. Influye que hay una gran precariedad laboral. La universidad es una estructura absolutamente feudal, medieval, antidemocrática por completo, que convive con la fuerza del emprendimiento y el neoliberalismo. Es una especie de extraño Frankenstein en el que es muy difícil generar espacios de disenso. Construirlos es el objetivo pero, insisto, el problema está también en la precariedad de un profesorado con currículos muy importantes. Es un hándicap fundamental a superar.

«El PP es una masa viscosa que sabe moverse, escabullirse y pringar lo que está alrededor»

-Hablando de educación, parece que el caso Cifuentes acaba por salpicar más a la universidad pública que a su propio partido, donde la han colmado de apoyos. De hecho, la presidenta del PP en Asturias, Mercedes Fernández, la ha definido como «mujer coraje» . ¿Sentimentalismo para evadir la verdad?

-(Risas) Posiblemente. Es muy triste. Primero el hecho de que el PP ha conseguido esa cosa extraña, que siempre saben ellos hacer. El PP es una especie de blandiblú, una masa viscosa que sabe moverse, salir, escabullirse y pringar lo que está alrededor, y en este caso es la universidad pública. La universidad sí que tiene un funcionamiento que tiene que cambiar pero tampoco se puede cuestionar a toda la universidad por el caso. Lo que hay que cuestionar radicalmente es el Plan Bolonia, que es el culpable de todo esto. Eso es lo que hay que cuestionar: que es un absoluto desastre, que no ha servido para nada y que solo ha valido para convertir a la universidad en una especie de subcontrata de algunas empresas.

-¿Cuál sería una alternativa al neoliberalismo que tuviera el mismo poder y fuese factible en la sociedad occidental?

-Claro, ese es el gran quid de la cuestión. El tema es que carecemos de un imaginario alternativo. Hay que construirlo y proyectarlo. Ahí está el problema radical de todo. Es un trabajo lento. El capitalismo y el neoliberalismo caerán, como han caído otras cosas. La cuestión está en cómo establecer una alternativa. Yo creo que acabar con el elemento del individualismo es fundamental porque todo se basa en ese elemento. Hay que empezar por reflexionar sobre ello pero el liberalismo es tan fuerte, es una utopía tan firme, que nos ha producido una nebulosa en los ojos que nos imposibilita para pensar en alternativas. Si te fijas, la izquierda está constantemente a la resistencia, a la oposición, pero carece de un imaginario alternativo. En estos tiempos sí que ha sido muy interesante el movimiento feminista porque ha sido capaz de ofrecer un cambio en las sensibilidades y en las maneras de percibir el sistema.

-Tratar de construir esa alternativa fue el intento de Podemos en sus inicios, aunque después no ha sabido amalgamarlo todo bien.

-Tiene que ver con eso. Hemos topado con una realidad muy compleja (la realidad española) a la hora de proponer alternativas. Esta tarde presento también los textos de Marx sobre España. Marx habla mucho de ese problema precisamente. Hace 150 años ya decía que los principales problemas de España eran la corrupción, la libertad de prensa y la ley electoral. Y decía que el sistema español no es que sea corrupto, es que está pensado estructuralmente para que lo sea. En el siglo XIX comentaba que el problema de los revolucionarios en España es que, cuando se enfrenta al poder, cuando llega a la política, quiere ser un revolucionario sensato y es ahí cuando desaparece todo. Es una lectura que se puede extrapolar a Podemos. Marx decía que en España no saben hacer revoluciones porque hay mucho ímpetu revolucionario pero luego es la burguesía la que sabe llevar los tempos, y a la hora de votar ganan los conservadores. Eso hace 150 años. Podemos ha sido un camino y yo creo que sigue siendo una posibilidad muy importante en todo esto, lo que pasa es que todavía le queda tiempo.

-Se vivirá pues, hasta entonces, a merced del mercado, trabajando en vacaciones, bebiendo café en una taza de Mr. Wonderful.

-(Risas). No sabemos cuándo será ese entonces pero, desde mi punto de vista, ya estamos viendo cómo, poco a poco, el sistema se está fracturando. Estamos viendo cómo estamos en un proceso de decadencia completa, de una democracia en estado de fracaso en la medida en que son los mercados los que dirigen el sistema y en el que la izquierda tampoco sabe plasmar una alternativa. La cuestión es que tiene que venir algo, no sé de dónde, ni cómo, que nos permita visualizar una forma distinta de hacer, de pensar, de sentir.

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