Clara Usón: «Me gusta mezclar a Wittgenstein con Sandra Mozarovski y que tenga sentido»

En «El asesino tímido» la narradora usa la figura de la actriz para reflexionar sobre su propio proceso autodestructivo

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La novela El asesino tímido (Seix Barral) tiene como protagonista a la actriz Sandra Mozarovski, que murió en 1977 a los 18 años en extrañas circunstancias. Clara Usón (Barcelona, 1961) rescata este episodio oscuro de la Transición para abordar su propio proceso de autodestrucción y la compleja relación que ella tuvo con su madre. «Es la primera vez que hablo de mí misma, jamás pensé que lo haría, pero lo decidí, quizá porque ya tengo más pasado que futuro», asegura.

-¿Por qué eligió a Sandra Mozarovski como personaje?

-Por casualidad. Me empezó a interesar al leer en un periódico una alusión a su supuesta relación con el rey Juan Carlos y a su muerte tan oscura, que quizá fue provocada o un suicidio, aunque se dijo que se cayó de un balcón cuando regaba las plantas a las tres de la madrugada.

-Murió con solo 18 años, pero hizo una veintena de películas.

-Fue un emblema del cine de destape, un fenómeno tan sintomático de una época, el tardofranquismo, como efímero, porque luego desapareció sin dejar rastro, en la que identificábamos la libertad con ver el pecho de una mujer. Eran películas cutres, pero que tenían cierto encanto. Sandra siempre interpretaba o a la doncella inocente víctima propiciatoria de las películas de terror erótico a la que violan, raptan, vejan o matan; o a la prostituta o la chica de alterne.

-El rey Juan Carlos también aparece en la novela por su supuesta relación con la actriz.

-Menciono los rumores, que no doy por buenos, y digo de dónde salen. Me limito a eso. Lo utilizo como símbolo de la época de la Transición. Es una figura con claroscuros. En aquel momento jugó un buen papel, pero también tiene un lado oscuro que nos han ocultado mucho tiempo. Creo que hay que acabar con los tabúes.

-Teje la novela haciendo un paralelismo entre la vida de Sandra y la suya. ¿Por qué?

-Éramos contemporáneas, nos llevábamos solo tres años, ambas éramos de clase media. Ella puede que se suicidara y yo he vivido obsesionada con el suicidio y en una época mi vida parecía como una película de terror de Sandra. Me sirve para contar un episodio muy oscuro de mi vida, en el que estuve en un centro de desintoxicación y en psiquiátricos, porque esta novela tiene mucho de confesión. Ahí fue cuando descubrí a mi madre, que es un personaje fundamental en la novela, y a la que rindo homenaje.

-Y con la que tuvo una relación muy complicada...

-Tuve una relación mala con ella casi hasta avanzada la treintena. Mi madre fue una víctima del franquismo, como tantas mujeres. El franquismo fue malo para todos, pero espantoso para las mujeres, que solo tenían una salida, ser madres de familia. La mía aceptó ese destino de muy mala gana, cumplió sus deberes de madre pero a regañadientes y con mal humor. Ahora la entiendo. Pero una madre normal, esa madre idílica con la que yo soñaba, no hubiera hecho lo que hizo por mí. Me salvó la vida. Cuando estuve muy mal demostró tener unas agallas y un aguante increíbles.

-Al final del libro se entremezclan la vida de Sandra y la suya.

-Me gusta mezclar en las novelas cosas disímiles, trenzarlas, pasar de una cosa a otra. Mezclar Wittgenstein con Sandra Mozarovski y que tenga sentido y se entienda.

-El suicidio está muy presente en la narración.

-Es el hilo conductor, el asesino tímido como titulo el libro. Pavese dijo que todo suicidio es un homicidio tímido. Yo le enmiendo la plana porque el suicida actúa con premeditación y alevosía, y por lo tanto es un asesino. Camus decía que el acto más importante que hacemos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos.

-¿Por qué Wittgenstein, Pavese y Camus tienen tanto peso en la novela?

-Por el suicidio. Lo que ha hecho célebre a Pavese es su suicidio, esa frase de no más palabras, un gesto. Para Camus, la verdadera tragedia es la muerte del joven, como Sandra, porque si no crees en la otra vida lo único que tienes es tiempo. Wittgenstein, como yo, era un neurótico que vivió obsesionado por el suicidio toda su vida. Dijo una famosa frase, de lo que no se puede hablar hay que callar. Pero yo precisamente hablo en mis novelas de lo que no se puede hablar.

«Yo no creo en Dios, creo en Chéjov: lo es todo para mí»

La novela gira en torno al suicidio, el sentido de la vida y las esperanzas que tenía la juventud en los años de la Transición. «Recuerdo mi juventud como una época extraordinaria, pese a las drogas y a todos los funerales de mis amigos a los que asistí», señala la autora de La hija del Este (2012), que recibió el Premio de la Crítica. «Era una época llena de esperanzas e ilusiones, la generación que vivimos el tardofranquismo y estrenamos la democracia creíamos que el fututo era nuestro. Aunque luego la Transición resultara un espejismo, cuando lo ves de forma retrospectiva te das cuenta de que eso no tiene precio. Ahora veo a muchos jóvenes que no tienen esa esperanza, están angustiados y ya no quieren rebelarse y renegar de sus padres, sino tener un trabajo como ellos; pero no lo van a tener», añade.

-Cuando ganó el Premio de la Crítica, fue la primera mujer que lo lograba en más de 50 años. ¿Hay machismo en el mundo literario?

-Luego se lo dieron a Cristina Fernández Cubas. Es un ejemplo de machismo. Estamos muy atrasados. En Estados Unidos y Reino Unido las grandes protagonistas de la literatura de calidad son las mujeres. Hay muchos premios en que ocho o nueve de los diez finalistas son mujeres; aquí eso es impensable. Los centros de poder están copados por los hombres. Los críticos creen que la verdadera literatura la hacen los hombres y cuando valoran a una escritora son mucho más exigentes.

-¿En España hay un retroceso de la libertad de expresión?

-Sin duda. Meter a cantantes en la cárcel es como un déjà vu del franquismo. Hacer malas canciones no es punible. Mi sensación es que Franco sigue ahí.

-Su idolatrado Chéjov aparece brevemente en la novela.

-Siempre lo meto. Aparece con una alusión a la vida verdadera y la frase en la que dice que preguntar sobre el sentido de la vida es como hacerlo sobre el sentido de una zanahoria. Chéjov lo es todo para mí. Mi referente absoluto en todos los sentidos, como escritor extraordinario y como hombre decente. Es la persona que más me habría gustado conocer sin ninguna duda. Lo descubrí con doce años, por casualidad. Metí el libro de sus cuentos completos en la maleta quizá porque cabía, los leí y me encantaron. Como he dicho otras veces, hay quien cree en Dios; yo no, yo creo en Chéjov.

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