Milos Forman, el cineasta insumiso

El director de los filmes «Alguien voló sobre el nido del cuco» y «Amadeus», autor checo que triunfó en Hollywood, fallece a los 86 años en su residencia de Connecticut


Madrid / Colpisa

A los 9 años, Milos Forman (Cáslav, Checoslovaquia, 1932) vio cómo sus padres, un profesor judío y una madre protestante, eran arrestados por la Gestapo. Murieron en los campos de concentración nazis. Compañero de pupitre de Vaclav Havel y Milan Kundera, Forman ahogó su angustia convirtiéndose en el director checo más inteligente y transgresor, hasta que los tanques rusos pusieron un abrupto final a la Primavera de Praga y lo condenaron al exilio. El ganador del Óscar al mejor director en 1976 por Alguien voló sobre el nido del cuco y en 1985 por Amadeus, falleció a los 86 años en su casa de Connecticut tras una corta enfermedad, según informó su mujer Martina. «Murió tranquilamente el viernes, rodeado de su familia y amigos más cercanos», dijo su viuda.

Forman se caracterizó por su crítica a la sociedad que le tocó vivir. De ahí que formase parte de dos movimientos cinematográficos que cuestionaban severamente los poderes establecidos. Militó en la Nueva Ola Checa, que denunciaba los defectos del régimen socialista; más tarde brilló en el llamado Nuevo Hollywood, que en los 70 se cuestionó la fractura social, racial y sexual de EE.UU., así como la intervención en Vietnam y el abuso de poder de los Gobiernos USA.

El autor de Hair amoldó a América su humor oblicuo y agridulce para seguir cuestionando la autoridad. Si antes querían obligarle a reflejar un socialismo humanista, Hollywood le pidió en vano un retrato amable del capitalismo. «Viví bajo un régimen totalitario en el que existía la censura de la presión ideológica», contaba en el 2006, cuando estrenó su último y decepcionante filme, Los fantasmas de Goya. «Ahora vivo en un país en el que si existe alguna presión es la comercial. Sin duda prefiero esta última, porque al menos en ella deciden miles de personas y no una sola».

Forman desarrolló su sentido de la observación al criarse con un tío tendero. «Ya sé que hay artistas que viven en su propio mundo y no lo necesitan, pero mis películas hablan de la gente», subrayaba. Graduado en la famosa y elitista Academia de Música y Arte Dramático de Praga, fue uno de los fundadores del grupo Lanterna Magika, uno de los primeros del mundo en experimentar con formatos multimedia. Empezó su romance con el cine escribiendo guiones para otros directores hasta que su debut en el largo en 1964 Pedro el Negro ganó el Festival de Locarno y le ayudó a granjearse la simpatía de los jerarcas checos.

Exilio y doble nacionalidad

Así rodó Los amores de una rubia y ¡Al fuego, bomberos!, comedias preñadas de ironía y mala leche que se mofaban de la burocracia de su país. En 1971, ya en el exilio, firma Juventud sin esperanza, una sátira de la burguesía americana que no deja títere con cabeza: la contracultura, el rock, las drogas... Nadie pareció entenderla, así que Forman, dispuesto a que no lo consideraran un cineasta europeo, no solo adquirió la nacionalidad sino que buscó temas americanos al cien por cien.

Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) es una obra fundamental del Hollywood de los 70. Adapta una popular novela antiautoritaria de Ken Kesey, uno de los textos claves del espíritu de su época. La más emocionante reivindicación de la rebelión jamás filmada se llevó cinco Óscar, entre ellos los de mejor película, director y actor protagonista (Jack Nicholson). La exploración de la mitología americana proseguiría cuatro años después con Hair, traslación de un musical que capturaba el espíritu hippy. Por desgracia, se estrenó cuando ya menguaba el movimiento Flower Power y América se disponía a hacer presidente a Reagan.

Ragtime, en 1981, era un proyecto que estuvo sobre la mesa de Robert Altman. Una ambiciosa investigación novelada sobre la turbulenta transición de EE.UU. del siglo XIX al XX a partir de la novela de E. L. Doctorow.

Los celos de Salieri y el pornógrafo adalid de la libertad

Forman se permitió cambiar de registro en 1984 con Amadeus, opulenta adaptación de la obra teatral de Peter Shaffer. Su segundo Óscar como director recompensó una irreverente aproximación a la figura de Mozart, que quebrantaba varias normas de Hollywood, desde la manera de presentar un personaje histórico como un niño caprichoso con una risita odiosa, hasta disertaciones sobre música clásica no accesibles a todos los públicos.

Gracias a su formidable éxito, Mozart fue superventas y el compositor Antonio Salieri quedó como la personificación de los celos y la inquina hacia el talento ajeno. «Ningún estudio quería financiarla. Decían: ‘«¿Una cinta sobre un músico de época? Si nadie lo conoce’’. Y repasaban el dinero que había dado este tipo de películas». Valmont (1989) era otro filme de época basado en la novela libertina Las amistades peligrosas, de Pierre Choderlos de Laclos. Su mala suerte fue coincidir en el tiempo con otra brillante adaptación a cargo de Stephen Frears.

Forman dirigió solo dos títulos en los 90. El escándalo de Larry Flynt se atrevía a erigir a un pornógrafo en adalid de la libertad de expresión. La magna Man on the Moon abordaba la figura de otro inconformista, Andy Kaufman, cómico que llevó hasta las últimas consecuencias su deseo de hacer reír al público. ¿Hasta dónde llega el sentido de la provocación en el mundo del espectáculo?, se interrogaba un filme conmovedor, ignorado olímpicamente en su estreno al calificarse como «una de Jim Carrey».

De nuevo, el individuo frente al sistema. «¿Se acuerda de la enfermera de Alguien voló sobre el nido del cuco? -inquiría Forman-. Ella es el Partido Comunista».

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