La crónica de la última jornada de un certamen que, más allá de la música, ha llenado el fin de semana gijonés de cultura viva
16 abr 2018 . Actualizado a las 10:01 h.Ya decía Gabriel Ferrater aquello de «éramos el recuerdo que tenemos ahora», Las mujeres, los días, con el poeta catalán. Aquí, este fin de semana, fuimos héroes durante estos tres días de cultura viva. Latieron las inquietudes, la música, el arte, y todo lo que servidora no pudo ver. No podría describir ni en mil días lo que The Limboos logran en el escenario. Conozco su recorrido desde hace más de cuatro años, gestándose en el Madrid al que cantaban Los Nastys con aquello de Madrid es un cementerio. Asiduos de aquellos conciertos que organizaban las chicas de Madrid Radical en la sala Juglar de Lavapiés, y de los círculos más underground de los barrios de Madrid. Exóticos, elegantes, sutiles, retro, amantes de lo vintage y del sonido de Nueva Orleans, han logrado traernos el ritmo caribeño y latino de los años cuarenta. Lo llaman exotic R&B, yo ya me pierdo en hashtags, etiquetas, y estilos. Lo único que sé es que la banda al completo..da gusto verles en el escenario. Llenaron la carpa con su presencia y con su música. Jóvenes, fuertes y bellos. Daniela Kennedy, a la batería: ojos rasgados, preciosa y precisa lleva los ritmos selváticos desde su poderoso trono, siempre tocando descalza. Impasible, pero siempre con una sonrisa y llevando la textura de las canciones, es inevitable no poder dejar de mirarla. Hipnótica Daniela. Roi Fontoira, voz de la banda, es un chico que tiene un tipo negro y antiguo por dentro. Voz rota, elegancia en cada movimiento, camisa abierta, botas de tacón y gomina en el pelo. A veces cuando toca exaltado la guitarra, en su propia burbuja, se convierte en una suerte de Marty McFly en Regreso al futuro. En realidad, la banda al completo es digna de película de Cassavetes, de bares con nebulosa, y whisky on the rocks. Nos hicieron reír con los bailes de las maracas autentiquísimo, su mambo vintage y su tremendo buen rollo. Nos regalaron los temas de su recién estrenado Limbootica! (Penniman Records), Space Mambo (2014). Bailamos todos. Los niños que pululaban cerca del escenario, los exaltados de lo antiguo, los que pasaban por ahí y se quedaron pegados a la música sin premeditarlo, y todos los que estábamos en la carpa, que éramos muchos.
Con el ritmo de la jungla en las venas, nos dirigimos a zona de confort: El Bello Verano, con su nueva ubicación. En el antiguo Dam, al lado del Centro Comercial San Agustín, siguen dando en el clavo con su ambiente surfero, marinero y artesano. Es casa. Siempre lleno de niños, hay tazas de café repartidas por todo el bar, tablas de surf, skates de todos los tamaños, y luz. Mucha luz. El Bello Verano era ya asiduo a ser residencia de pinchadas pre y post Yeyé, y de muchos sábados y domingos festivos. Sabías cuándo llegabas pero nunca cuando salías. Vinilo tras vinilo, recital tras recital: siempre latió a ritmo de cultura y surf. Tigre y Diamante esperaron a que terminaran Los Limboos para comenzar sus siempre divertidos conciertos. Ellos, siempre alegres y haciendo bromas, son boleto seguro a la diversión. Y lo saben. Seguros, jugando en casa, y cansados tras 1) haber pinchado el viernes en el Pez Lata 2) haber tocado el día anterior, sábado, en León, nos trajeron un repertorio que los que allí estábamos, nos sabíamos más que de memoria, y que no nos cansamos de corear. En el público, amigos, familia, sonrisas, niños en primera fila. Y de repente, la policía. Mucho ruido para un domingo aburrido en la casa del piso de arriba. Siempre entre risas, dejaron de tocar, para retomar el concierto un poco más suave una media hora más tarde. Los Tigres terminaron el concierto tirando toda la batería al suelo, con ayuda del público, que no dudó en contribuir a tirar instrumentos, empujarse, y bailar.
Los vermús y los días. Y aquí la ciudad se vuelve a quedar con las ganas. Pese a que hay muchas cosas que ver y hacer a lo largo del año, nos quedamos con ese vacío de cuando se va el (la) amante de casa, y te quedas al borde de un precipicio de placer. La inusitada calma después de la tormenta. Volveremos al recuerdo que aun late soleado, de trajín, de risa enlatada en locales, de diversión por las calles. Lo que bailamos y vivimos fue real. Y si hay momentos en los que dudas, siente las agujetas de no haber parado todo el fin de semana, y las agujetas de la risa, que son igual de satisfactorias. Porque como diría Fee Reega, «cuando siento dolor, sé que estoy viva». Estamos aquí de paso, y todo lo que sea cultura, es agua para la mente. Independientemente de las políticas y de los festivales que la «democratizan» ?no es menester traer a colación mi opinión sobre los precios abusivos de las entradas, y de cerrar al público gran parte de los conciertos en la carpa ubicada en la plaza Mayor de Gijón, enclave de la ciudad. Los vermús y los días. Nos quedamos con ese sabor de jenjibre que le echan al vermú casero del Bello Verano. Seguimos caminando hacia la primavera. Cuánto peor estén las cosas, con mejor cara y más sonrisa.