Benedetta Craveri : «Necesitamos personas independientes y cultas como los libertinos del XVIII»

La gran especialista del Siglo de las Luces francés rescata las biografías de siete aristócratas brillantes


Es una de las máximas especialistas mundiales en el siglo XVIII francés. Benedetta Craveri (Roma, 1942), nieta del gran filósofo italiano Benedetto Croce, es autora de libros como Amantes y reinas o La cultura de la conversación. El sello Siruela publica Los últimos libertinos, un libro escrito con sus habituales maestría narrativa y rigor histórico, y en el que cuenta la vida de siete aristócratas franceses, poniéndolos en el contexto histórico y social de su tiempo.

-¿Quiénes eran esos siete libertinos y por que los eligió?

-He evitado a los personajes más famosos. Los elegí porque tienen mucho en común, los siete escribieron mucho, la sociedad de su tiempo los percibía como personajes emblemáticos, pertenecían a la alta nobleza, desempeñaron cargos importantes y eran amigos. Eran libertinos en el sentido de librepensadores, educados en el espíritu de las Luces, discípulos de Montesquieu, Diderot y La Enciclopedia, todos podrían haber inspirado el Don Juan de Mozart. Son seductores de mujeres y coleccionistas de amores, maestros del arte de la seducción y del placer, guapos, brillantes, refinados, cultos, aventureros, individualistas y ambiciosos, quieren elegir su propio destino y hacer carrera no solo por el favor real, sino también por sus méritos.

-¿Necesitamos hoy personas como aquellos libertinos el XVIII?

-Sí, necesitamos personas que sean intelectualmente independientes, cultos, con fuertes valores democráticos y capaces de cambiar la imagen vulgar que se tiene hoy del libertinaje por el arte de la seducción.

-¿Qué paralelismos hay entre aquella época del final del Antiguo Régimen y la actual?

-Los personajes del libro afrontan problemas que siguen siendo actuales. Estaban convencidos de que el viejo sistema de la monarquía absoluta era arcaico y no respondía a las necesidades de la sociedad moderna. Miran a Inglaterra como ejemplo de monarquía representativa y luchan por el triunfo de las ideas liberales de 1789, pero después la revolución seguirá su curso y tendrá consecuencias dramáticas para ellos. La multitud aparece sin que nadie lo esperara y la revolución ya no se plantea reformar la sociedad, sino construir otra radicalmente nueva, con los riesgos que comporta. Ahora los populismos de EE.UU., Italia o España plantean este interrogante: se cambia todo, ¿y después? Estamos preocupados porque vivimos tiempos de gran incertidumbre, somos conscientes de estar en el final de una gran civilización. Puede que vayamos hacia algo mejor, aunque yo no lo creo. Los libertinos del libro también tenían esa esperanza. Me preocupa el declive de la sociedad humanista, que enseñaba a los individuos a comprender, juzgar y elegir. Estoy orgullosa de que mi país haya acogido a esas oleadas de gente desesperada que huyen de la miseria, la guerra y la muerte. Pero pienso, como italiana y occidental, que no todos los credos y los valores son iguales, no podemos abdicar de las conquistas de la sociedad democrática. Tolerancia sí, pero no igualar todas las creencias, debemos defender nuestros valores.

-En esa época había una gran libertad sexual entre la nobleza...

-Ahora se habla de los libertinos para referirse al acoso a las mujeres, a los depredadores; hay una obsesión con la sexualidad. La sociedad del siglo XVIII estaba muy liberada sexualmente por el tipo de matrimonio aristocrático que había, que no se basaba en una elección sentimental sino que era arreglado por los padres cuando los hijos eran niños, y por intereses familiares. La vida sexual de los aristócratas era muy intensa, tenían sus mujeres, sus amantes, sus amigas, las prostitutas de los burdeles, entendidos estos como pequeños clubes privados. Aunque la seducción era un arte y la parte más emocionante era la conquista, no tanto la consumación.

-¿Había también libertinas?

-Los hombres exhibían sus conquistas, las mujeres, aunque se escondían detrás de las apariencias, también eran muy libres, pero no podían tener relaciones con señores inferiores a su rango.

«Hoy nadie escucha a nadie, somos una sociedad autista»

Cuando se le pregunta a Benedetta Craveri por qué ha dedicado tanto tiempo a estudiar el siglo XVIII francés, responde rápido: «Porque es una época maravillosa, siempre me ha fascinado su élite aristocrática, que se convierte en modelo de comportamiento para toda Europa, con su amor por la literatura, la música o el arte, todas nuestras ideas vienen de allí». Y recuerda aquella frase de Charles-Maurice de Talleyrand: «Quien no ha vivido en París en la década de 1780 no sabe lo que es el placer de vivir». Ella lo ha vivido intensamente a través de la investigación.

La autora de La cultura de la conversación considera que sobre este asunto la frase definitiva la dijo La Rochefoucauld: «El mejor conversador es el que habla menos y escucha más». Y añade: «Hoy nadie escucha a nadie, estamos en una sociedad autista». En aquella época, «la conversación era una especie de juego de esgrima o de ping-pong, hacía falta que el otro fuera bueno para devolverte el golpe».

Para Craveri, los tres personajes clave del siglo XVIII francés en el mundo de las ideas son Rousseau, Montesquieu y Voltaire. «Rousseau me resulta muy antipático, pero es un genio, inventa los conceptos de la infancia, la naturaleza y la democracia, crea el mundo moderno con odio hacia la modernidad y tiene dos caras, puede ser utilizado tanto por pensadores democráticos como por totalitarios, estalinistas y nazis», asegura. «Montesquieu es el origen de nuestro mundo moderno, con la división de poderes», prosigue. Pero, para ella, Voltaire aparece como irresistible: «Es el escritor de la ironía y el gran pensador de la tolerancia que tanto necesitamos hoy».

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