La bailaora gaditana llena de Sombras el Campoamor con su última producción, repaso de su carrera a través de la farruca a golpe de tacón
27 abr 2018 . Actualizado a las 07:10 h.Miles y miles de taconeos, un rider de iluminación y sonido de tres toneladas de precisión suiza y diez minutos de retraso en el arranque de la primera de sus dos funciones en Oviedo (los pasados días 20 y 21) cifraron el entusiasmo de un público volcado en el flamenco de Sara Baras (Cádiz, 1971). Más de siempre con lo de siempre en lo de siempre. Un público que se dejó llevar por el contagio de la alegría, tras un invierno muy húmedo, y con ganas de ser regado de otra cosa y acabar creciendo y poniéndose en pie, tras el medido y loable derroche de compostura y virtuosismo nacido y mecido directamente de los pies de la bailaora gaditana. Lleno, caja, primavera y flamenco. Combinación perfecta, todo el mundo contento. Para qué pedir más.
Vivir percutiendo una tarima es, qué duda cabe, un estilo de vida que uno puede alargar con los pies todo lo que se lo proponga. Los de la Baras son como alas de colibrí a cámara lenta o rápida, según se tercie, acompañados de un braceo de hombre, tieso como la mojama, agudo y cortante; eso sí, siempre fiel a uno de sus maestros, los del gran Antonio Gades. Y mientras salga así de bien, para qué intentar abordar otra cosa. El lujo es ella: dos décadas de Sara Baras repartiendo por medio mundo golpes de tacón, un montón de menciones y de premios y la farruca como testigo de su propia oración. Todo lo hace tan bien que es contagioso. Mucho. Incita al palmeo, al jaleo; qué si no.
Además, esta compañía es una empresa que da seguridad a programadores y teatros, da lo que se necesita: localidades vendidas. En abril de 2014 visitó el Centro Niemeyer de Avilés con La Pepa (2013), un montaje sobre los hechos que armaron aquel primer texto constitucional para la esperanza, que se validó con algunos aspectos de merecer. La cuestión es que en su visita a Oviedo la vimos hacer más o menos lo mismo, sus tótems más apreciados: atravesar el escenario de derecha a izquierda como una metralleta para volverlo a repetir, siempre que hiciera falta, en el momento preciso, o voltearse en metros y metros de tela continua, como si de la mejor Fuller se tratara. Y al público, así en genérico, eso le basta.
El flamenco producido para caja escénica puede armarse de tantas cosas, mezclarse y fundirse de tantas maneras, que solo de pensarlo asusta. Nombres nuevos, gente con otras apuestas que desarrollan lo suyo otorgando canon desde su propia perspectiva, también los hay. Otras dos Saras por ejemplo: Sara Cano y Sara Calero. Y no tiene nada que ver con abandonar lo que de cada uno es más genuino. Nada que ver; solo hay que intentar el punto de creación, maridarse con otros conceptos, con otras personas.
Saber percutir el suelo está muy bien, entre otras cosas, porque no se ven pies o zapatos; se ve el dominio y la perfección de un instrumento con su material interior al completo; y eso es precisamente lo que hace tan grande a Sara Baras: una inigualable forma de producir sonido con cadencia y decadencia; una forma de hacer música y silencio a voluntad de ese otro cerebro: sus pies. Pero se queda ahí, y lo que no conviene es hacer del virtuosismo un standard, porque, a fuerza de autofotocopiarse, se convierte en otra cosa: en falsa novedad.
Luces sombreadas
Sombras (2017) es un recorrido de corte costumbrista por algunos palos del flamenco, y por la trayectoria de la bailaora en los últimos veinte años, en el que, por momentos, uno parece trasladarse a la exactitud del minutaje de un programa de televisión, donde la pauta del qué no se ve ni por asomo. Desde que empieza la pieza, de 100 minutos de duración, pasa todo prácticamente perfecto, sin mancha. Es un lugar común ideal y por todos conocido, aficionados y no aficionados: raciones de luz, dibujos, soles, lunas y lunares, proyecciones de efectos clásicos de múltiple y mona variedad que no aducen ninguna vanguardia.
Improvisación al milímetro es lo que dan los grandes espectáculos cuando se sabe lo que va a ocurrir y el efecto que va a producir. Tanto es así que un oportuno e indiscreto móvil rojo, detrás del segundo telón, grababa a como diera lugar el apoteósico final de la gaditana, muy aplaudido. Listo para las redes sociales. Fenomenal. Porque seguimos dentro de un espectáculo de precisión suiza.
El espectáculo de Baras se compone de 14 cuadros que tienen como ajuste escénico, como excusa y razón, su querida farruca, un palo flamenco al que ha superpuesto la mayoría de su quehacer; el que «me ha dado tanto», ha dicho la artista en más de una ocasión. Y continúa: «Estéticamente muy bonito y con un guion muy de hoy, aunque tenga muchos destellos de hace mucho tiempo.
Tran, tran, tran-tero
Pero en la minutada exhibición hubo tres de esos momentos ?demasiado fugaces por eso? en los que una, como espectadora, se pregunta: «¿Pero por qué no hay más de esto?». En el cuadro denominado Serrana se ve algo de ese sex-appeal tan característico y juvenil del duende flamenco, exhibiendo feminidad y maestría en esa feminidad. Sara Baras es una mujer bella, con una cara preciosa, de la que a veces se desprenden esos lentísimos y ensoñados destellos de inocente humildad adolescente que tanto encandilan, por los que mucha gente ‘se muere’ y que corona con poses viriles. Y conservar tan intacto eso encima de un escenario a los 47 años está mucho más que bien, todo hay que decirlo. Y también es algo a lo que, desde otro plano, se le podía sacar mucho más partido, el narrativo o el teatral, por ejemplo.
Los otros dos momentos son la primera de las intervenciones de su pareja artística y también pareja en el vida real, José Serrano, y la del maravilloso cuerpo de baile de la compañía. Un conjunto de bailaores con un gran nivel de acoplamiento, de donaire en la donosura, de acompasada fandanguería; dotados todos ellos, además, de una solvencia a prueba de bomba. Nunca un buen cuerpo de baile, con lo importante que es, es suficientemente alabado.
Al grupo al completo se le deben templados momentos con el abanico, dulce hibridación para un flamenco secuenciado, a media luz, con aires de jazz. Imágenes para el arreglo y el desarreglo coreográfico que hacen la danza verdaderamente honesta y, para los ojos en butaca, nueva, diferente. Como si se tratara de la mejor escuela bolera en modo flamenco-jazz interpretando el flujo afirmativo tan característico del consabido grito popular: «Ea que me voy, mi niña». Gozoso no, lo siguiente. (Pero qué poco duró.)
El último de los tres momentos, el de Serrano, quien firma coreográficamente todas sus intervenciones, brindó el tercio de baile más callejero en el cuadro Tangos. Nos puso el sudor en la frente con la chaqueta anudada a la cintura y la sonrisa plena de acera, chiquillos y madera. Una gozada de naturalidad manifiesta; el humilde y universal origen del flamenco.
Y es que todo lo de Sara Baras sigue siendo el baile por el baile, no narrativa danzada, nada de interpretar el mundo o la realidad desde la danza. Y si se repasan sus coreografías, la mayoría versan sobre la vida de heroínas o son homenajes a sus maestros; y lo que cabría preguntarse es: por qué no intentar otra cosa, ¿por qué no, Sara?
Ficha artística
Compañía Sara Baras
Sombras, 2017
Dirección y coreografía: Sara Baras
Música: Keko Baldomero
Garabatista: Andrés Mérida
Textos: Santana de Yepes
Iluminación: Oscar Gómez de los Reyes
Bailarines: Sara Baras y José Serrano (coreógrafo de sus intervenciones)
Cuerpo de baile: María Jesús García Oviedo, Charo Pedraja, Cristina Aldón, Sonia Franco, Daniel Saltares y José Franco
Repetidora: María Jesús García Oviedo
Músicos. Guitarras, Keko Baldomero y Andrés Martínez; cante: Rubio de Pruna e Israel Fernández; percusión: Antonio Suárez y Manuel Muñoz “Pájaro”
Coordinación general y Management: José Luis Pereyra Baras
Producción: Saba Danza. S.L.