LEV 2018: dorado sobre negro, brillo en la oscuridad

El festival de electrónica de vanguardia cierra su duodécima edición dejando claro que hay mecha para rato para innovar en la creación digital de vangurdia


Gijón

Gijón industrial. Gijón gris. Gijón ruidoso. Quizás sea porque el pasado de esta ciudad está íntimamente ligado al presente de cada día. Probablemente todavía pesa en las calles las atmósferas de carbón, el grisú en el aire, la tierra, el aire, el mar, los sonidos de los astilleros y las grúas y los soldadores y las chapas de hierros y el ruido de las fresadoras. Gijón pesado a veces, liviano y de gaviotas otras. El LEV lleva siendo un referente en la música electrónica y en el panorama cultural asturiano y nacional desde hace ?en esta edición- doce años. Que se dice pronto. Doce años de innovación electrónica y audiovisual a nivel global. Digamos que uno de los pilares del ritual que significa el LEV para todos los asistentes es el lugar donde se celebra: el magno edificio de la Universidad Laboral, el Escorial asturiano, el edificio de Luis Moya, que nació como orfanato minero, y que más tarde se transformó en una universidad laboral. Fue pensada como una ciudad ideal autárquica y cerrada sobre sí misma, y cuesta no crear símiles con lo que es el Laboratorio de Electrónica Visual, y los artistas que acuden con él. Una bola de sonidos y audiovisuales que funciona sola, con el motor que son los ingenieros del sonido electrónico. Funciona sola, fagocita sola, sueña y late. Arquitectura clasicista que envolvió dos ideas contrarias, desde su nacimiento: el clamoroso entusiasmo de los estudiantes que la habitaban versus la incomprensión de los de fuera, los que no entendían que había tan atractivo dentro. Preciosa metáfora para el LEV: esa electrónica ruidista que nos come cabeza y corazón a los que asistimos, y esa locura incomprensible para los que ven el festival desde fuera. La Universidad Laboral formó desde su gestación generaciones de estudiantes y profesionales cualificados. Ahora, décadas después, es una de las mecas de la electrónica audiovisual, un enorme laboratorio de sonidos internacionales y avantgarde que toma como punto de referencia Gijón, para desplegarse de manera global, siendo tendencias que recorren el planeta de la electrónica por todo el planeta.

El LEV, gestado por el colectivo Datatrón, y coproducido por Laboral Ciudad de la Cultura, el Ayuntamiento de Gijón y LABoral Centro de Arte y Creación Industrial, se alimenta de imagen y sonido, desayuna y cena directos, y se nutre de nuevas corrientes artísticas globales. Estandarte de la creación sonora electrónica y su relación con las artes visuales, dejó claro un año más que hay mecha para rato en la innovación. Las tres instalaciones fijas a lo largo de los tres días de festival fueron como el remanso de paz al que acudir de vez en cuando. Nébula, de Murcof y Jimmy Lakatos y SYNSPECIES [Spaceless Latitudes] de Elías Merino y Tadej Droljc, en la Laboral: una suerte de cosmos confundidos, turbios. Más tribal, sereno y sacro el primero, más turbio, enrevesado y devorador el segundo. En el Antiguo Instituto, Children of the Light, de Christopher Gabriel y Arnout Hulskamp. Una especie de juego circular, un adulto ornamento de luz y sombras, un aro para jugar a pensar a la introspección en el parque de las ideas. Casi mítico, y como un rito de adoración interior, en la más absoluta oscuridad.

El viernes se sucedieron las muestras visuales y sonoras en el Teatro de la Laboral. Michela Pelusio y su particular interpretación de la física cuántica con su último trabajo Spacetime Helix. Loscil nos regaló Sea Islands y Monument Builders con su cuidadoso ruido en blanco y negro. Hiroaki Umeda y su Intensional Particle: danza y abstracción digital. En la Nave Industrial, antiguas naves de formación profesional, utilizada tan solo desde hace un par de años en el festival es donde se realizan las actividades de la programación nocturna. Electric Indigo, poderosa y asertiva, reventó todo. Desde su trono, de pie, y con una fuerza maravillosa, repartió electrónica de la que cruje, concentrada, expansiva. Presentó 5 1 1 5 9 3. Creadora de female: pressure, hace ya veinte años, una base de datos internacional para artistas femeninas en el campo de la electrónica. Gracias, Susanne. Gracias por tu ruido. Después pudimos saltar tristes y enfadados con la mítica pareja que cuenta ya con sus años en la mochila, Schnitt. Con visuales de puras matemáticas, fue como perderse en una ecuación imposible. Geometrías sonoras, ruido par. Disfrutamos de perdernos en esa raíz cuadrada de lo que fue MEMORY CODE. Moritz Simon Geist llegó con su juventud arrolladora, y su Tripods One, una alquimia cinética DIY bastante loca. Moritz, casi como sacado de una imagen steampunk, creaba el sonido con sus manos, con robots, y generó ruido con los sonidos propios sacados de la mecánica, todo analógico y en vivo. Casi casi un ingeniero de la ilusión, era como ver una película de Meliès con una mente retorcida y geométricamente naïf. Atom TM trajo Deep State, y Claro Intelecto, cerrando la madrugada, desgranó Exhilatator, una reinvención de su cielo y de su infierno.

El sábado, el Muséu del Pueblu d’Asturies, gris y medio lluvioso, fue otro de los escenarios del Festival. Continuando con el acento ‘obrero’ y ‘artesano’ de Gijón, del LEV y de la mecánica de la electrónica, no es baladí que se haya escogido un espacio como este, que conserva la memoria histórica del pueblo asturiano. Aquí fue el vermú, no tan gris como el clima: Murcof, Mimicof, y Norwell. La gente, encendida, con fuerza y ganas, bailando el ruido. Potente público para ser tan temprano. Por la tarde, la Sala de Pinturas de la Laboral, sería otro de esos sitios preciosos y especiales, un marco incomparable para Cicada, además de para The Suicide Of Western Culture y Balago. Con una pintura mural de fondo de Enrique Segura inspirada en la Capilla Sixtina, los conciertos del showcase de Jägermusic que colaboraba con el LEV, adquirían un leve toque de oscuridad litúrgica. El logo sagrado de Jäger, el ciervo y la cruz cristiana, eso de ‘maestro de cazadores’, podríamos relacionarlo de algún modo con la austeridad casi de ritual de la pareja que forma CICADA, traído a imágenes con el videoclip recién sacado del horno, ‘La Carta’, dirigido por David Ferrando Giraut. Pertenecientes al sello Framily, como Galgo, y con paralelismos con Coil, defendieron con creces su potente propuesta pese a algun fallo de sonido que no importó. La Antigua Cocina abre al público en extremas contadas ocasiones. La tarde del viernes lo hizo de cara a los workshops y vídeos educacionales que muestran procesos creativos musicales, y estuvo amparada por el RBMA Studio Science (Red Bull Music Academy).

Volvemos al Teatro: Martin Messier & Yro con su muestra mecánica, diminuta, amplificada y evocadora Ashes, surgida desde el accidente, el azar y las ruinas. Zan Lyons y la locura del live cinema, una viola esquizofrénica y una narrativa de la destrucción. Rabit nos trajo su propia visión de Las flores del mal. Melancolía de futuro impregnada de romanticismo glitcheado. En la Nave: Zombie Zombie con su Livity, primer trabajo después de media década. Potente tríada carpenteriana que no defraudará jamás. Puro ruido macerado con los años. Okkre y su Arkhé suave y duro en sus formas. Lusine, luna en armenio, trajo en papel de celofán Sensorimotor, un ecosistema de sonidos, flora y fauna de otro planeta. Los casi hooligans del electro, Schwefelgelb, cerraron el sábado, el plástico, la noche, la madrugada y el alma, con su loco EBM, deliciosos 100bpm de batalla dura.

El domingo, gris y lluvioso domingo gijonés. Manchado de nubes el Jardín Botánico, nos trajo en una visión casi celestial a Lucrecia Dalt y a Jessica Moss. Dos poderosas mujeres que nos trajeron la calma (solo a ratos). Jessica, mimebro permanente de A Silver Mt. Zion, parte importante de los discos de Vic Chestnut, de Constellation Records y fundadora de Black Ox Orkestar, es como esa mujer a la que estaría aplaudiendo todo el rato. Opinión de servidora: la amo por encima de mis posibilidades. Con todo el poso musical de la banda de post rock, nos dio la calma que el sábado había faltado. Había poesía en los que la escuchaban tumbados al lado del estanque, y literatura en los padres con niños que la disfrutaban a lo lejos, desde el puente del Botánico. Bajo el raro edificio, casi bauhausiano del lago, los mosquitos se peleaban a centímetros del agua, de la misma forma que muchos luchaban contra la luz del día, tras gafas de sol, tras tres días sin tristes tigres. Maravillosa y ensoñadora Jessica, público sentado y somnoliento. Esa es la música que se debe escuchar cuando pasas el túnel, cuando ves la luz, cuando los ángeles ríen. Pools of Light. Nunca antes algo tan literal.

Enrique Tomás y a momento of transition en el Paraninfo, con forma de proa de barco. Una transición en gesto y contenido, por él, por el espacio, por lo dibujado. Lost in Time, de Patrick Bernatchez, película corta con dos narrativas paralelas, y banda sonora en co producción con Murcof, ya asentado en esta edición. Aria de las Variaciones Goldberg cantada por Les Petis Chanteurs du Mont-Royal. ¿Hola? ¿Qué maravillosa locura es esta? Después de este paroxismo de la narrativa audiovisual: NSDOS, Intuition. Techno duro, techno muy crema que puso a bailar a los restos que allí estábamos. Y para cerrar, para dejarnos más locas a todas: Lotic. En su expansiva negritud, un travestismo casi básico. Expansivo e imposible. Bebía cerveza de una lata mientras creaba laberintos y explosiones imposibles de seguir. Temas brevísimos seguidos de temas más largos, paseos delante del micro, y dulces thank yous. Casi a pie de público, ruido con esquinas, muchas esquinas. Recordaba sin dudarlo mucho al Arca más histriónico de su disco homónimo.

El logo del LEV de este año era dorado sobre negro. Mucho brilla por encima de la oscuridad. Una buena metáfora de la electrónica. Hay resquicio de luz 4K sobre el RGB. Sin duda, gracias. Muchos hemos vuelto a nacer.

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