A. J. Finn: «La mente es mucho más peligrosa e inquietante que la violencia explícita»

La primera novela de este neoyorquino, que homenajea a Hitchcock, se ha convertido en un fenómeno mundial


Su primera novela, La mujer en la ventana (Grijalbo), en la que rinde homenaje a La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock, arrasa en EE. UU. Lleva 1,2 millones de ejemplares vendidos en los países de habla inglesa y se va a traducir a 38 idiomas. Su espectacular éxito se ha comparado al de novelas de suspense psicológico como Perdida, de Gillian Flynn, y La chica del tren, de Paula Hawkins. Su autor firma como A. J. Finn, pero se llama Daniel Mallory, un neoyorquino de 38 años que sufre trastorno bipolar. «No escribí esta novela para hacer dinero, sino para mí», afirma.

-Esta novela nace de su propia experiencia vital.

-Sí. Estuve 15 años luchando contra una depresión profunda. Intenté todo tipo de tratamientos, medicación, meditación, hipnoterapia, electrochoques y otras técnicas novedosas. No acabaron de funcionar, pero en el 2015 me diagnosticaron trastorno bipolar y me ajustaron la medicación. Cuando empecé a sentirme mejor quería explorar lo que había vivido, pero no escribir sobre la depresión porque es algo muy deprimente. Así que decidí escribir sobre un personaje que tuviera experiencias parecidas a las mías.

-¿Por qué eligió el «thriller»?

-Es el género que más me gusta y padecer un trastorno como el mío te puede hacer sentir como si vivieras en un thriller: nunca sabes lo que te va a pasar al minuto siguiente ni cómo vas a sentirte. Crecí leyendo esos libros y viendo cine negro, hice mi tesis doctoral en Oxford sobre Patricia Highsmith y trabajé diez años como editor, sobre todo de novelas criminales. Llevo ese género en la sangre. Una de las cosas que más me gusta es que a veces puedes leer una novela a dos niveles, disfrutar de los giros de la historia pero a la vez tener una experiencia mucho más profunda. Así que quería escribir un libro con muchos giros y sorpresas. Pero que explorara temas reales, con una protagonista con la que los lectores empatizaran. Una historia que trata de la soledad y de cómo te pueden malinterpretar y tú puedes malinterpretar a los demás.

-¿Por qué decidió que la protagonista fuera una mujer?

-No quería que fuera un hombre porque temía no tener la distancia suficiente para diferenciar al personaje de mí. En segundo lugar, y es lo más importante, me preocupa la tendencia que veo en la literatura de ficción que presenta a mujeres obsesionadas con los hombres, que se apoyan o dependen emocionalmente de ellos. Quería que mi personaje no fuera así: a Anna ningún hombre la cree, no la rescata nadie y se salva ella misma.

-¿Le fue difícil meterse en la piel de una mujer que narra su historia en primera persona?

-No tanto como se podía pensar. Cualquier personaje tiene que ser creíble. Yo no sé cómo piensa una mujer pero tampoco otros hombres, sé cómo pienso yo. Anna y yo tenemos muchas cosas en común, tenemos un problema mental, nos encanta ver películas antiguas, ella estudia francés y yo lo hablo y nos gusta el ajedrez. Pero también somos muy distintos, ella está casada y tiene una hija, bebe mucho, abusa de sus medicamentos, y yo no.

-¿Cómo decidió inspirarse en «La ventana indiscreta»?

-Ya diagnosticado de bipolaridad, estaba viendo esa película y vi que un vecina encendía la luz del salón y me puse a espiarla. Es algo que está en la naturaleza humana y muy común en las grandes urbes. En la tele oí a Thelma Ritter decirle a Stewart: «No deberías espiar a la gente porque te vas a meter en problemas»; parecía que me estaba hablando a mí. Así surgió la novela. Lo que me gusta de Hitchcock y de los directores de cine negro es que usaban la sugestión. Pensaban que la mente es un terreno mucho más peligroso, inquietante y sutil que la violencia explícita o el gore de los filmes actuales, que dan más asco que miedo. La ducha de Psicosis da mucho más miedo que Scream. Mi novela da mucho miedo sin que haya violencia explícita.

«El voyerismo en la era de Internet es un juego de espejos»

Le han dado un cheque de un millón de dólares por los derechos cinematográficos de «uno de esos escasos libros que es imposible dejar de leer», según el maestro Stephen King. Finn no quiere desvelar quién interpretará a la protagonista, pero dice que si tuviera que elegir a una actriz del cine negro sería Gene Tierney, protagonista de Laura. «Su vida estuvo marcada por una tragedia que le dio la vulnerabilidad y la dureza necesaria para ser Anna», afirma.

-¿Por qué un seudónimo?

-Por tres razones. La primera es que no quería que mi identidad conocida de editor influyera en la decisión de publicar la novela, sino que la juzgaran por sí misma. La segunda, no quería que los autores a los que yo publicaba vieran el nombre de su editor en la portada de un libro, ya que no les habría sentado bien. Y tercera, no me gusta hablar de mí mismo y prefiero hacerlo como A. J. Finn. Sé que no tiene sentido pero así funciona mi cabeza.

-¿Todos somos «voyeurs»?

-Sí. Los somos por naturaleza, forma parte de nuestro ADN, programados para ser curiosos. Pero Internet nos ha hecho más activos, incluso de manera insana, a la hora de interesarnos por los demás, a través de Facebook, Instagram o Twitter, que nos permiten espiar, pero también dar una imagen falsa de nosotros mismos. El voyerismo en la era de Internet es un juego de espejos.

-¿La depresión se banaliza?

-Ciertamente. Cuando alguien está diagnosticado de depresión es frustrante escuchar: «No pasa nada, dentro de poco te sentirás mejor». Creo que mucha gente hoy, sobre todo los jóvenes, tiene tendencia a sentirse mal, lo que es distinto de la depresión. Sobre todo, por las redes sociales, porque ven las fotos que sus amigos ponen de sus vacaciones, y piensan que su vida no es tan interesante.

Valora este artículo

0 votos
Comentarios

A. J. Finn: «La mente es mucho más peligrosa e inquietante que la violencia explícita»