«Las leyes de la termodinámica»: ¿Y las leyes de la comedia?

Mateo Gil es el responsable de la dirección y el guión de esta película


Hay mucho bueno aquí. Lo primero, haber apostado por el riesgo, algo cada vez menos frecuente en la industria, más todavía en el cine español, en donde nadie se juega los euros a sabiendas de que la taquilla no responderá. Atresmedia y sus asociadas, TV3 incluida, se mostraron corajudas al arrimarse a un proyecto personal -guión del propio Mateo Gil, con mucho callo en el oficio y varios filmes junto a Amenábar-, que además resulta original en la estructura narrativa elegida y en el tono, con un punto descabellado y transgresor. Naturalmente, muy bien filmado, con un redondeo de producción que favorecerá el filme a la larga, cuando vaya encontrando espectadores que lo incorporen a su baúl de las rarezas.

O sea, que aquellos que demanden del cine un revolcón de neuronas tendrán una buena dosis en esta comedia disimulada como un documental en torno a las leyes de la termodinámica, que, según el diccionario de la RAE, es la «parte de la física en que se estudian las relaciones entre el calor y las restantes formas de energía», cita que incluyo al encontrarme entre el elevado porcentaje de espectadores que nada sabíamos del asunto antes de la cinta. Una vez vista nos queda más claro gracias en parte al testimonio de numerosos expertos internacionales que asoman, cual canónico documental científico, apoyados en un off cuya voz nos remite a los documentales de La 2, dicho esto sin ironía.

Matizada esta parte, en el fondo estamos ante el clásico chico-conoce-chica, aunque en la clave del siglo XXI, esto es, con un protagonista con alma de friki, por muy físico que sea y mucha docencia que imparta en la facultad. Y es que lo que Gil olvida o descuida, que muy claro no queda, son las otras leyes, las de la comedia, porque así se nos publicita el filme, y lo que deberían ser diálogos chisposos y equívocos divertidos, amenazan con quedarse en verborrea ininteligible y en situaciones forzadas. Es que jugar a ser original y distinto, aparte del riesgo anotado, requiere también del concurso de la pantalla y es ahí en donde el espectador sufre desamparo.

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