Fernando Royuela: «Los españoles utilizamos la sátira y el humor como arma contra el poder»

El autor madrileño publica «La risa final», una novela trepidante y divertida situada en la guerra de la independencia


Abogado y novelista, Fernando Royuela (Madrid, 1963) ha dado sobradas muestras en su obra de un estilo caracterizado por su prosa fluida, su imaginación desbordante y su mirada mordaz. Ahora publica La risa final (HarperCollins), una novela que destaca el valor del humor como arma de resistencia y, a la vez, es un guiño paródico a las novelas de conspiraciones con trasfondo histórico.

-¿Por qué ha decidido debutar en la novela histórica?

-Yo no la califico así, sino como una novela de aventuras en los momentos terribles y al mismo tiempo emocionantes de la invasión napoleónica, un período que siempre me ha atraído, desde que era pequeño y veía la serie Curro Jiménez y leía Los guerrilleros, los míticos cómics de Bernet Toledano. Esa visión se me ha quedado grabada desde el punto de vista iconográfico. Luego, cuando vas estudiando, te das cuenta de que es un período absolutamente crucial en la historia de España, en el que surge una contradicción brutal entre la razón, que a políticos, intelectuales y artistas como Goya, Moratín o Jovellanos, los llevaba a estar con el progreso derivado de la Revolución francesa, y la pasión, que los llevaba a estar con el pueblo que había sido invadido por los franceses. Es el momento de la construcción de la identidad nacional y el origen de las dos Españas y del enfrentamiento que se manifiesta en las guerras carlistas o en la Guerra Civil.

-¿Esas dos Españas siguen presentes?

-Absolutamente, son las mismas, la España de la reacción y el conservadurismo teocrático y la del progreso. Existen y creo que seguirán existiendo siempre.

-¿La victoria sobre Napoleón fue en realidad una derrota para España, ya que se impuso el absolutismo y la teocracia?

-En la novela hago ese planteamiento desde el punto de vista del juego literario. La gran contradicción es que el pueblo lucha por la liberación nacional y por echar a los franceses, pero al mismo tiempo lo que está haciendo es volver al absolutismo, la teocracia y al viva las cadenas, con la persecución de los liberales una vez repuesto Fernando VI en el trono.

-En sus novelas el humor siempre está presente.

-Me gusta el humor inteligente, el satírico e incluso el cáustico, pero el que más me seduce es el humor negro. No concibo la literatura sin humor. Los libros más importantes de la literatura, empezando por el Quijote, están escritos con humor. En mi novela planteo que la risa y el humor en general pueden ser herramientas de combate y resistencia frente a la opresión y el poder absoluto. Al inicio de la novela pongo una frase de Galdós en la que dice que el pueblo español es el más inclinado a hacer chacota de los asuntos serios. La risa forma parte del carácter español. España siempre se ha construido a la contra del poder y eso nos ha enseñado a ser críticos, a usar el humor como arma para el combate político contra el poder. En el Museo Municipal de Madrid se pueden ver muchas viñetas satíricas de la época de la Guerra de la Independencia, que fue terrorífica. Los españoles combinamos un sentido trágico de la vida con reírnos de las tragedias. Son las dos caras de la moneda. El humor satírico no se puede comprender sin ese sentido trágico. Tras los atentados de Barcelona y Cambrils se hicieron memes y bromas del hijo de la Tomasa, que estaba amenazándonos con matarnos a todos. Eso era cachondearse del terror.

-En ese sentido, en la novela bromea con el minúsculo pene que tendría Napoleón.

-Lo empleo como parte del juego literario, pero parece ser que es verdad. Cuando murió Napoleón lo descuartizaron, le cortaron el pene y se lo midieron.

-¿En quién se inspiró para la protagonista, Rosario?

-Es un personaje completamente inventado. Se me ocurrió que fuera una española de ultramar, de Filipinas, que llega a España sin conocimientos previos de lo que está sucediendo y simplemente se deja llevar por las circunstancias que le tocan. Me apetecía ponerme en la piel de una mujer, algo que nunca había hecho.

«Me planteo la literatura como un juego; si no, me aburro»

«No se puede vivir de la literatura en España, salvo como mucho diez escritores. Antes se podía beber de la literatura, ahora ni eso», señala Royuela.

-Utiliza una técnica cervantina, un manuscrito que llega a un escritor y da inicio a la historia.

-Un amigo mío escritor dice que hay dos tipos de escritores, los que quevedean y los que cervantean. Yo lo que he hecho en mis libros es quevedear, menos en este, que cervanteo, con esos juegos de espejos que plantea Cervantes en el Quijote. Es un homenaje a Cervantes y también a El manuscrito hallado en Zaragoza, de Jan Potocki. Hay un juego de espejos, de planos superpuestos. La novela está contada en primera persona por Rosario la China, pero sabiendo que esa voz es falsa, porque es la del escritor que dice que va a reconstruir su vida, que a su vez no es tal porque soy yo.

-La Santa Camándula que se disputan españoles y franceses actúa como una especie de «Macguffin» al estilo de Hitchcock.

-Es un juego literario. Yo la literatura siempre me la planteo como juego; si no, me aburro. Camándula tiene dos acepciones, chanchullo, marrullería, astucia para tomar el pelo a otro, y luego la que se inventó un fraile en el siglo XVII, un rosario que tenía 33 cuentas, una por cada año de Cristo, hecha con las espinas de su corona. He jugado con esas dos acepciones para hacer una parodia de las novelas que se basan en un objeto mágico que tiene un poder que todo el mundo quiere. Doy una patada a este género y me meto de okupa.

-En la novela hay una Agustina, que sería Agustina de Aragón.

-Agustina de Aragón es otro mito. Es cierto que estuvo pegando cañonazos en Zaragoza, pero se usa como mito para construir la identidad españolista femenina. Sin embargo, parece que tuvo una vida muy disipada y acabó en Ceuta regentando un burdel.

-¿Cree que hay un retroceso de la libertad de expresión con las condenas de cárcel a raperos, el secuestro de «Fariña» o la retirada del cuadro de Arco?

-Clarísimamente. En La mala muerte, un libro mío de hace casi 20 años, hay una escena en la que se cuenta la voladura de Carrero Blanco con un chiste. Si lo escribo ahora no sé si me pasaría algo, pero seguro que el editor me diría que lo quitara. Cuando lo escribí ni se planteaba. Lo de la corrección política es tremebundo y lleva a esta persecución. De lo que se trata es de que nos autocensuremos, en la creación o el ámbito laboral. Antes tenías a alguien contra el que combatir y ahora eres tú el que te censuras. Es mucho más terrorífico.

Valora este artículo

0 votos
Comentarios

Fernando Royuela: «Los españoles utilizamos la sátira y el humor como arma contra el poder»