Esta es una película para siempre, tan sencilla como emotiva. Un sincero y admirado homenaje al gran secundario estadounidense, que la cierra con un plano que resultará premonitorio, al fallecer pocas semanas después de finalizado el rodaje
07 may 2018 . Actualizado a las 08:04 h.Memorable. Lucky es una película para siempre, tan sencilla como emotiva. Un sincero y admirado homenaje al gran secundario estadounidense Harry Dean Stanton, que la cierra con un plano que resultará premonitorio, al fallecer pocas semanas después de finalizado el rodaje. Nos mira a la cámara con su peculiar rostro y nos obsequia con un guiño, claramente una despedida. Un personaje de Óscar, pero que le fue negado, aunque recibió otros premios por este Lucky nonagenario, excombatiente en la Segunda Guerra Mundial, que vive solo a las afueras del pueblo y que todos los días recorre un trecho para ir a tomarse su café y hacerse sus crucigramas en el bar de siempre, después de sus ejercicios diarios de yoga y un vaso de leche fría. Otro tanto por la noche, en el pub de Elaine, a beberse un batido de tomate con algo más. En ambos suele coincidir con su amigo Howard -David Lynch, en uno de sus esporádicos registros actorales-, otro solitario al que el abandono de su galápago -que no tortuga, como insiste- sume en una depresión.
Si contar con la complicidad de Dean Stanton fue una bendición -no imaginamos el guion en otro físico-, que Lucky sea la ópera prima del actor John Carroll Lynch, otro secundario de lujo de dilatada filmografía -Fincher, Scorsese y Eastwood ya lo dirigieron-, es una sorpresa añadida. Fogueado en cine y televisión desde los años ochenta, ya no es un sacapecho que necesite ponerse estupendo y narcisista. De ahí su insólito clasicismo, que en el tono hace inevitable remitir a la también enternecedora Una historia verdadera (1999), otra joya de película del citado Lynch. En ella el octogenario Richard Farnsworth recorre miles de kilómetros en su pequeño tractor para reencontrarse con su hermano, casualmente Harry Dean Stanton... Más allá de gozarlo, el personaje es un tipo con dudas espirituales ante el final de su vida, un descreído que bajo su apariencia de avinagrado da gran valor a la amistad. La secuencia en la que se arranca con Volver, volver en castellano junto a unos mariachis se hará icónica. Créanme, una gozada. Más todavía en versión original.