Bardem y Penélope Cruz meten miedo en «Todos lo saben», del iraní Farhadi

La película, rodada en España y hablada en castellano, abrió el Festival de Cannes


cannes / e. la voz

Este Cannes 2018 abre sus puertas con una película hablada en castellano, ambientada en un pueblo de la España profunda y con Javier Bardem y Penélope Cruz como mascarones de proa de un reparto que incluye a Bárbara Lennie, Imma Cuesta y Eduard Fernández, además del argentino Darín. ¿Por fin Cannes atiende a nuestro cine, más allá de sus idolatradas fronteras plantadas como murallas en Almodóvar? Nada más lejos de la realidad. Todos lo saben es obra del iraní dos veces ganador del Óscar Asghar Farhadi, quien decidió rodar en España tras un viaje por nuestro país, donde le impactó el caso de un crío desaparecido. Pero no hay ni asomo de autoría hispana en las 20 películas en lucha por la Palma de Oro. Es otra edición de cine español missing, como la niña chica de Penélope Cruz, en la sección oficial de Cannes.

En su segundo excurso fuera de su zona de confort iraní -antes había rodado Le passé, con Bérénice Bejo en Francia-, Farhadi abandona también los asfixiantes espacios cerrados de su cine más sólido (Nader y Simin: una separación o El cliente) y se explaya en unos bosques del luto en donde laten -o quieren latir- los fantasmas del pasado de Penélope, que retorna a España, casada con un argentino, y se reencuentra con Bardem, exnovio con el cual comparte tragedias envueltas en un misterio como de thriller de cartón piedra, entre góticos campanarios y espectros mal sepultados que rebrotan para incomodar. A mí Todos lo saben no me incomoda. Me aburre moderadamente. No me creo la tensión que Farhadi quiere ir haciendo aflorar. Me suena a falsete este crescendo hacia la oscuridad tenebrista que comienza con alegría españolaza tal y como la entiende un iraní, arranca en boda y termina en funeral o en catarsis artificiosa y sobreactuada.

En esta tela de araña del fantasma del pecado original que siempre vuelve, con un triángulo pasional que completa Ricardo Darín, echo de menos aquella capacidad para perturbar del Vicente Aranda de Amantes o Intruso. No es que Farhadi sea un entrometido. Hay que reconocerle su intento con pie forzado de salir del cliché de lo ibérico. Pero ni Bardem ni Penélope Cruz funcionan ya como pareja con la frescura lontana de Jamón jamón. El actor ha reconocido -eso le honra- que hace dos años protagonizó aquí «una de las peores películas de la historia de Cannes», The Last Face, de Sean Penn. Y le añado, esto de cosecha propia, que el pasado verano en Venecia presentó la peor experiencia jamás vivida en el Lido, el Escobar de Loving Pablo. Al menos, con Todos lo saben salva los muebles. Es un thriller donde el enigma, en efecto, nos lo sabemos todos de memoria. Y ese es su problema. Pero Farhadi, aun algo pulpo en tierra extraña, no cae en el ridículo, ni lo hacen sus actores. Nos adormece algo, se le desploma el suspense. Nada no disculpable para una sesión inaugural.

Esperando a «El hombre que mató don Quijote» de Gilliam... o no

Arranca esta 71.º edición de Cannes judicializada. Pende sobre la película de clausura, El Quijote, de Terry Gilliam, una demanda judicial de su productor de partida, Paulo Branco, figura clave del cine de autor europeo, que se resuelve en los tribunales hoy y que podría acarrear la prohibición in extremis de la exhibición del filme. Es algo que no hace sino agigantar su leyenda de película maldita: comenzó a rodarse en el año 2000 con Johnny Depp. El rodaje breve terminó en catastrófico barrizal en las Bardenas Reales, y con el entonces Quijote, Jean Rochefort, fuera de combate. Ahora son Adam Driver y Jonathan Pryce el Sancho y el Quijote dispuestos a cabalgar, siempre que el tribunal no dé la razón a Branco frente a Gilliam y el productor español, el cabildero Gerardo Herrero.

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