Cannes le fuerza un pulso a Putin

«Leto», sobre los pioneros del rock ruso en los 80, está dirigido por Kirill Serebrennikov, condenado a reclusión en Moscú

El equipo de «Leto», si su director
El equipo de «Leto», si su director

cannes / e. la voz

El jefe de todo esto, Thierry Fremaux, leyó ayer su intercambio de misivas con Vladimir Putin. El festival solicitaba que se permitiese la presencia en Cannes del director de Leto, Kirill Serebrennikov, quien concursa con su filme sobre los pioneros del rock ruso en los 80 y se mantiene, a la espera de juicio, con control telemático, sin poder abandonar su domicilio. Y Putin contestó a Freamux que nada le complacería más que poder colaborar, pero que «la justicia rusa es estrictamente independiente». Se escucharon sarcásticas carcajadas que el festival recibirá con agrado, en su rol de defensor de los derechos de libertad de los creadores (también compite este año el cineasta preso de solemnidad, el iraní Jafar Panahi).

Después de ver Leto, una balada nostálgica en blanco y negro embellecido y protagonizada por unos jóvenes roqueros y libertarios que se mueven con bastante algarabía y sin agobios por el Leningrado anterior a la perestroika, sin la menor intención de apunte político, queda claro que Serebrennikov no sufre represión por causa de esta película, que se respira sanamente epidérmica, de mantequilla melancólica, acariciante con su pleitesía de un tiempo aún soviético a los standards de Bowie o Lou Reed que avivan su banda sonora. Es un tal como éramos inofensivo, sin pliegues, con un triángulo amoroso como a lo nouvelle vague revenida y unos créditos finales que apuntan que aquella alegre muchachada más sensible que metalera se esfumó biológicamente entre 1988 y 1990: justo antes de tener tiempo de participar en Eurovisión porque, escuchándolos, es adonde parecían predestinados, fuera malditismos y poses fatales.

Tratado de buenas intenciones

El filme egipcio Yomeddine, de A. B Shawky, centrado en las desventuras compartidas de un enfermo de lepra y un crío que lo acompaña en su itinerario de segregación, es un tratado de buenas intenciones. Ya se sabe que de buenrolllismo está alfombrado el infierno de las películas más detestadas. Yomeddine se aferra, con torpeza, a la baza de que simpaticemos con la causa de su casta de los intocables, en road movie subida a un burrito. Pero no juega bien ni una de sus cartas. No hay asomo de denuncia social que haga que su sensiblería suene a verdad. Al contrario, parece que rezuma un moralismo de la resignación bastante inadmisible.

El mejor cine llegó de la Quincena de Realizadores: Les Confins du Monde, de Guillaume Nicloux, indaga en un período oscurísimo y tapiado de la historia del siglo XX: los años de la presencia francesa en Vietnam previos a la debacle de Diên Bien Phu. Y nos interna en el infierno tan temido de un muerto redivivo y sediento de venganza, excelente Gaspard Ulliel. Su atmósfera de insania brutal transpira el sadismo y la locura de la selva, segrega semen, sangre sudor y opio. Y ese animal en todos los sentidos -también en el cinematográfico- llamado Gérard Depardieu surge, especializado ya en exorcizar pantallas con apariciones propias de un chamán.

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