Desmayos, vómitos y espantadas: películas que vacían las salas de cine

La violencia explícita del último trabajo de Lars Von Trier reabre el debate sobre la capacidad de aguante del espectador. Repasamos otras cintas perturbadoras o, directamente, no aptas para estómagos sensibles


Por explícitas y violentas hasta lo pornográfico. Por inquietantes, angustiosas o terroríficas, o por de tan incómodas y extremas, insoportables para los que no suelen disfrutar con las emociones fuertes. Lars Von Trier ha recuperado con The House That Jack Built el debate sobre la capacidad de aguante del espectador: ¿dónde están los límites? ¿en qué punto lo transgresor comienza a ser gore, el escalofrío se convierte en tortura? Incapaces de continuar asistiendo al festival de crueldad que resulta ser esta película, unas cien personas abandonaron mareadas este martes sus butacas en Cannes. «Asquerosa. Pretenciosa. Vomitiva. Tortuosa. Patética». Pero el danés está bien curtido en este tipo de repulsiones: tampoco el público encajó con estómago su Anticristo ni Los idiotas, y en el 2011 acabó siendo declarado persona non grata del festival tras asegurar, provocador como pocos, que había llegado a comprender al mismísimo Hitler .«No puede decirse que fuera un tipo estupendo... pero me cae simpático». 

Su habilidad para instalarse siempre en los márgenes de lo políticamente correcto hace de Lars Von Trier el provocador mayor de este cine nuestro por excelencia, pero no es ni mucho menos el único aficionado a alterar. Yorgos Lanthimos y Haneke son duchos en la materia, especialmente expertos ambos en la turbación psicológica, más que visceral. Otros prefieren las sangre, la herida en canal, la ablación o, directamente, la conmoción. Asco, pavor, repulsión o angustia: las razones por las que estos títulos no están recomendados para estómagos (o mentes) sensibles:

«The House That Jack Built»

El último alboroto parte de la historia de un asesino en serie, interpretado por Matt Dillon, que mutila a sus víctimas: mujeres y niños. Ambientada en la América de los 70, repasa un total de cinco crímenes a base de explícitas secuencias de torturas que, sin embargo, Jack, el homicida, un palurdo obsesionado con la arquitectura que acumula cadáveres en una cámara frigorífica, considera rotundas obras de arte. No faltan aquí -resulta casi cómico- referencias al holocausto, ni tampoco la descarada proyección de los demonios de su atormentado y retorcido director. Pero para los impasibles hay recompensa: los que se quedaron en la sala alabaron el trabajo con una sonora ovación de casi seis minutos. Un desvarío fascinante.

Anticristo

De todas las barbaridades que ha grabado Lars Von Trier, Anticristo atesora, quizá, la más desagradable: una explícita escena de automutilación femenina de la que es mejor no dar detalles. La película, del 2009, es un verdadero ejercicio de sadismo protagonizado por Charlotte Gainsbourg y Williem Dafoe, la historia de una pareja que se encierra en una cabaña en el medio del bosque para tratar de superar la trágica muerte de su hijo -cayó por una ventana mientas ellos mantenían relaciones sexuales-. Durísima y violentísima, Anticristo es, sin embargo, una profunda exploración de la culpa, la sexualidad y las debilidades del ser humano.

Crudo

Justine tiene 16 años y, siguiendo la tradición familiar, es vegetariana y veterinaria en proceso. El rechazo por la carne le durará más bien poco en cuanto ponga un pie en la universidad, punto de arranque de esta cinta dirigida por Julia Ducournau que, dicen, provocó desmayos durante su estreno en el Festival de Cine de Toronto. El rumor fue la mejor estrategia de marketing de una película que de gore tiene poco; sí alguna que otra escena difícil de ver. Es animal, sexual, terriblemente carnal. Inteligente y reivindicativa. La sangre, al final, casi es lo de menos. 

127 horas

Aquí no hay terror ni sucesos paranormales ni fobias ni vísceras. Pero hay una escena que lo atraganta todo: una perturbadora secuencia en la que interviene una pequeña navaja suiza. 127 horas, dirigida por Danny Boyle, recupera la historia real del alpinista estadounidense Aron Ralson (aquí, James Franco) que se arrancó un brazo para escapar de una roca bajo la que quedó atrapado durante cinco días en el Gran Cañón. En este caso la alarma está lejos de ser una estratagema de promoción: fueron los propios médicos los que alertaron del realismo de la mutilación y sus posibles consecuencias.

Canino

Pero podría ser Langosta o El sacrificio de un ciervo sagrado. Las tres, de Yorgos Lanthimos, son sugestivas y claustrofóbicas, y demuestran que a veces no es necesario ver el infierno nítidamente para sentirlo. Que la mente humana es un pozo sin fondo de desequilibrios. Que por mucha aberración que uno pueda imaginar, siempre hay más, especialmente en lo retorcido del pensamiento, ahí, bajo otra y otra capa. Que un miembro cercenado impresiona, pero una venganza insana, una manipulación bien trazada y una mala intención pueden suponer un antes y un después en la manera de entender tanto el mundo como la sociedad. Difícil salir íntegro de alguno de estos tres trabajos. 

Funny Games

Como Lanthimos, también Haneke, elegante, prefiere convocar el miedo con lo que no se ve, con lo que se intuye. Y eso que lo que vemos es ya de por sí aterrador: dos jóvenes angelicales rubios, completamente trastornado, que van de casa en casa acabando con vidas ajenas. Pero es que Funny Games -que son dos, la de 1997 y la del 2007, la misma película en versión austriaca y estadounidense, ambas orquestadas por el mismo director- es capaz de hacer emerger los instintos más bajos del espectador, enfadado, mareado, indignado con la falta de explicación de tan (y tanta) pura y dura violencia. Incapaz de asimilar el mal sin justificación. 

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