«¡Mira! ¡Hay algún lugar donde he conseguido hacerme comprender!»

Las palabras de agradecimiento que Philip Roth no pudo leer en persona en la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias 2012

Philip Roth
Philip Roth FPA

Philip Roth es, junto con Bob Dylan, el Premio Príncipe de Asturias cuya presencia más se echó en falta en la ceremonia de entrega de cada año en el teatro Campoamor. Una operación y el delicado estado de salud del escritor impidieron que estuviese en el Campoamor aquella tarde del 26 de octubre de 2012 en la que tuvo que ser el, a la sazón, embajador de Estados Unidos en España, Alan Solomon, el que tomase la palabra en nombre del premiado para transmitir sus palabras de agradecimiento; una operación de cesión de la propia voz a la voz de otros habitual en el padre de Nathan Zuckerman, el eterno alter ego de Roth. El jurado le había concedido medio año antes el galardón de las Letras por una obra encuadrada «gran novelística estadounidense, en la tradición de Dos Passos, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Bellow o Malamud». «Personajes, hechos, tramas conforman una compleja visión de la realidad contemporánea que se debate entre la razón y los sentimientos, como el signo de los tiempos y el desasosiego del presente», añadía el acta, que elogiaba «una calidad literaria que se muestra en una escritura fluida e incisiva».

Estas fueron las palabras que Solomon leyó en nombre de Philip Roth sobre el escenario del Campoamor:

«Siento no poder estar presente en la ceremonia de entrega de los premios. A finales de la primavera pasada me sometí a una operación de columna vertebral de la que todavía me estoy recuperando. Ahora mismo me es imposible viajar y lo será durante algunos meses más.

Sin embargo, estoy, por supuesto, encantado de recibir su Premio. Asimismo estoy sorprendido, como es natural, de que una eminente institución extranjera se fije en la obra de uno. Soy un escritor estadounidense. La historia de los Estados Unidos, las vidas estadounidenses, la sociedad estadounidense, los lugares estadounidenses, los dilemas estadounidenses -la confusión, las expectativas, el desconcierto y la angustia estadounidenses- constituyen mi temática, como lo fueron para mis predecesores estadounidenses durante más de dos siglos. El habla estadounidense es mi argot. Si me detengo a pensar en mi público, el público en el que pienso es un público estadounidense.

Por lo tanto, me ha dejado realmente sorprendido enterarme de que el público español también se haya fijado en mí -y lo que es más, un público español agradecido. ¿Qué pueden significar mis historias estadounidenses para los lectores españoles? ¿Cómo puede mi retrato de la vida de los estadounidenses en novelas mías como Pastoral americana, Me casé con un comunista o La mancha humana competir con la representación estereotipada, excesivamente simplificada de los Estados Unidos que nubla la percepción de mi país en casi todas partes? ¿Puede una obra de ficción estadounidense -escrita por mí o por cualquiera de mis más que dotados contemporáneos- penetrar en una mitología de los Estados Unidos que esta arraigada, en tantos ámbitos, en una acérrima animadversión política?

Me imagino que la concesión de este premio -así como su concesión varios años atrás a mi amigo estadounidense Paul Auster- sugiere una esperanzadora respuesta afirmativa. Sí, una obra de ficción estadounidense seria es, efectivamente, capaz de atravesar la ignorancia, la mentira y la superstición sin sentido que generalmente se combinan para mantener a raya la enorme densidad de la verdadera realidad estadounidense.

"¡Mira", puedo decirme ahora, "hay algún lugar donde he conseguido hacerme comprender!"

Y si ese fuera el caso, nada me haría más feliz».

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