No es una dependencia tan evidente como la que Stieg Larsson tenía de su hacker Lisbeth Salander, pero Fred Vargas no sería Fred Vargas sin su pirenaico funcionario Jean-Baptiste Adamsberg (como su creadora, tiene un hermano gemelo: Raphael). El carismático comisario de policía en la brigada criminal del distrito París 13 trabaja rodeado por un equipo con cierta inclinación surrealista, una especie de familia, un grupo de excelentes secundarios que refuerzan el éxito de las novelas de la serie. Los franceses siempre se han tomado muy en serio la novela negra. Ya en 1945 el sello Gallimard lanzó su Série Noire que valoró el hard-boiled americano incluso antes de que en EE.UU. lo considerasen. Y Adamsberg ocupa un lugar de privilegio en el árbol genealógico del polar -como se conoce en Francia la novela negra, por la abreviatura de policier-, donde lo precedieron, entre otros, el comisario Maigret de Simenon, el detective Tarpon de Jean-Patrick Manchette y el inolvidable policía Fabio Montale (protagonista de la trilogía marsellesa de Jean-Claude Izzo).

Uno de los primeros que en España insistió en señalar la alta literatura que se escondía tras las andanzas de Adamsberg fue el filósofo y divulgador Fernando Savater, que lo mismo elogiaba las narraciones de Vargas que las de Chesterton, Conrad, Mac Orlan y Stevenson. Si esto, pese a ser best seller, no fuese buena novela no se entiende que a Anne-Hélène Suárez le concediesen el premio Stendhal por su traducción al castellano de La tercera virgen, una de las entregas de Adamsberg.

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El carisma de Adamsberg y la alta literatura