Eugenio, el cómico que murió de pena

Un documental descubre la vida del humorista, un mujeriego esclavo de la depresión y la cocaína


madrid / colpisa

«¿Saben aquél que diu?». La voz nasal y cavernosa de Eugenio introdujo el catalán en todos los hogares de España. Un cómico que no se permitía sonreír: sabía que «el humor verdadero procede de la tragedia», tal como resumió en una entrevista televisiva. Un documental de la plataforma Filmin bucea en la vida de uno de los personajes más populares de este país. Un hombre que brillaba en el escenario, pero se consumía fuera. La noche barcelonesa, las mujeres, la cocaína, el cáncer, una fortuna dilapidada y hasta el esoterismo se suceden en un filme absorbente, en el que sus hijos se abren en canal: «Alguien que hizo reír a tanta gente murió de pena».

Eugenio Jofra i Bafalluy (1941-2001) patentó un humor basado en elementos mínimos. Un taburete, un vaso y un cigarrillo en un escenario desnudo con luz cenital. «El secreto de Eugenio era una suma de tono, timbre y pausa», define el psicólogo Antonio Bolinches. La camisa negra abierta por la que asoma un cadenón de oro y las gafas de sol fueron el uniforme de un artista que, como le ocurría a Andy Kaufman, llegó un momento en que no pudo distinguir a la persona del personaje. Cuando se dio cuenta era demasiado tarde: «He sido un mal padre. He ganado mucho dinero y lo he perdido. Todo lo he gestionado mal».

Archivo de la familia Jofra

El amplio archivo fotográfico y de películas caseras de la familia Jofra y las numerosas apariciones televisivas del cómico sustentan la película dirigida por Xavier Baig y Jordi Rovira. Eugenio nació en el seno de una familia humilde en la Barcelona de posguerra. Tres generaciones vivían en el mismo bajo. Sufrió a un padre dictatorial y machista, que le auguraba que no sería nada en la vida. Mal estudiante, era feliz contando cuentos a otros niños en el pueblo de Huesca donde veraneaba.

A los 17 años, recién llegado de la mili, trabaja en un taller de joyería, quema las noches y conoce a la mujer que marcará su vida. Conchita era una andaluza de Aracena que soñaba con triunfar en los escenarios. Eugenio la descubre cantando en un bar cerca de la Monumental y queda prendado. Anula la boda con su novia de entonces y se propone conquistarla tocando la guitarra. Se casan en 1967 y forman el dúo Els Dos, un catalán y una andaluza que cantan en catalán en pleno auge de la Nova Cançó. Llegan a las semifinales de Eurovisión el año de Julio Iglesias y Gwendolyne.

«Conchita le hizo como hombre y como artista», se escucha en el filme. Els Dos arrasó en el circuito de pubs barcelonés en plena Transición. Aquel guitarrista alto y serio hablaba con el público entre tema y tema. Hasta que un día Conchita tuvo que viajar a Aracena a cuidar de su madre enferma. El propietario del club le sugiere que pase de las canciones y cuente chistes. Y ahí nace Eugenio. La pareja, que ya tiene dos hijos, compra el pub Sausalito y perfecciona el show. Las colas cada noche dan la vuelta a la manzana. Eugenio es una celebridad en Barcelona. En 1979 graba con sus propios medios un casete que se agota. En plena era del destape, tiene claro que jamás tocará el sexo ni la política.

Conchita muere en 1980 de un tumor en el pecho, a la misma hora en que el hijo pequeño recibe la Primera Comunión. Ese mismo día, Eugenio no renuncia a actuar en Valencia. «Tuvo las narices de dedicar la actuación a la memoria de su esposa», lamenta su hijo Gerard. Viudo a los 38 años, triunfa en Televisión Española y llena el Florida Park en Madrid. Aparece en el Un, dos, tres y vende un millón de cintas. Cobra medio millón de pesetas por gala. Y realiza 150 al año. Actúa en Latinoamérica ante Pinochet y Cantinflas y protagoniza la película Un genio en apuros.

Después vino una segunda mujer, también andaluza y de nombre Conchita, y una tercera con la que se asomó en su decadencia por las revistas del corazón. Y más hijos e hijastros. También el salto del cubata a la cocaína y una larga ristra de enfermedades: infartos, cáncer de vejiga, depresiones... En sus últimos cinco años se recluyó en su casa de campo mientras su familia asistía a su autodestrucción. A finales de los 90 regresa a los escenarios para pagar facturas. Pero no recuerda los 50.000 chistes que escribía a mano. El día que nace su primer nieto le confiesa a su hijo que no tiene ganas de vivir. A la noche siguiente, cena en el restaurante Oliver y Hardy y cae desplomado en la pista de baile. Tenía 59 años.

Valora este artículo

2 votos
Comentarios

Eugenio, el cómico que murió de pena