Manuel Vilas: «Este libro nació para que no se lo trague todo el olvido»

«Mi padre no iba a los sitios si no encontraba sombra para el coche», evoca el escritor, en gira con «Ordesa» por Galicia

Vilas cree que la edad resitúa la importancia de las cosas
Vilas cree que la edad resitúa la importancia de las cosas

Manuel Vilas (Barbastro, 1962) ha escrito la vida. La suya. Desmoronándose. Abriéndose en canal. Cuenta la muerte de su madre cuando él se está separando. El fallecimiento del padre cuando todavía tenían tantas cosas sin decirse. Por eso ha buscado una roca firme para el título: Ordesa (Alfaguara), unas montañas en el Pirineo que vio su padre en los años 60 del siglo pasado. «Y que yo pude ver en el 2015», recuerda. A pesar de tantas sombras, es una historia curativa, porque Vilas entiende la literatura como «un recurso para casi todo en la vida». Por ello, una de sus mayores alegrías ha sido cuando uno de los muchísimos lectores de Ordesa le ha dicho: «Desde que he leído tu libro, cuando me llama mi madre le cojo el teléfono». De todo ello habló ayer en Santiago, en la librería Cronopios. Hoy lo hará en la Fundación Luis Seoane de A Coruña, a las 20 horas, en el ciclo Somos lo que leemos y conversando con Javier Pintor, coordinador del programa, y con el escritor Fernando Ontañón. Mañana estará en Vigo, a las 19.30 horas, en la Casa del Libro.

-¿Le sorprende este éxito?

-Nunca se espera esto. Los escritores siempre estamos en la penuria y es un milagro que se venda un libro de literatura.

-¿Literatura sin florituras?

-Mi tránsito por este negocio ha sido siempre por la literatura pura y dura, con sus referentes para ser mejor, queriendo llegar a ser Kafka o a Cervantes y luego llegando a lo que llegues. Pero ese es el puerto de salida. Si el interés es entretener y vender libros no son esas mis premisas. Con todo, ha sido un milagro que Ordesa esté entre los libros más vendidos.

-¿Por qué tan descarnado?

-Era una historia que necesitaba escribir porque me sentía como cualquier ser humano que ha perdido a sus padres. Es un tema universal, por eso se entiende tan bien, simplemente contar la vida, ni más descarnada, ni más alegre: tal y como es. El padre y la madre da igual que sean los míos; es el lector el que ve ahí a los suyos. Hay muchas claves sociales de entonces.

-Muchos pueden haber vivido esas muertes. La cuestión es: ¿cómo contarlo?

-Aquí se daba un sentimiento muy potente del corazón. Sacar las palabras no me resultó muy difícil porque era contar ese sentimiento que es el desamparo de perder a la madre en medio de una crisis vital muy fuerte. Cuando ocurrió esto, en mayo del 2014, fue cuando empecé a escribir este libro.

-¿Totalmente autobiográfico?

-Es autobiográfico, pero no es una ecuación matemática para concretar hasta qué grado. Hay cosas que son difíciles de explicar. Creas un punto de vista que al final puede campar a sus anchas.

-¿Cómo veía a su familia?

-Pensaba que era rara. Un detalle: mi padre no iba a los sitios si no encontraba sombra para el coche. A mí me parecía que era una fricada, pero luego ha habido gente que me ha dicho que su padre hacía lo mismo.

-¿Cuál es el sentimiento que manda en este libro?

-Ordesa está muy teñida por la nostalgia. Nace de esa pulsión de que no se lo trague todo el olvido. Por eso lo del título con esas montañas del Pirineo, que permanecen. Es la búsqueda de algo que no va a desaparecer. La experiencia es ver morir a tus padres cuando nadie quiere recordar que existe la muerte y no estamos preparados para ella. La literatura es un recurso para casi todo en la vida y los clásicos han hecho eso: ahí están las coplas de Manrique a la muerte de su padre. Todos estos temas son humanos, están en la condición humana.

-¿Dónde están ahora esos temas humanos?

-Este es un tiempo muy veloz donde los temas humanos no se sabe dónde están. La técnica crea esa necesidad de que si estamos con ella parece que estamos haciendo algo importante, y no está nada claro que eso sea así. Aunque, es cierto, yo soy bastante activo en las redes.

«Te preguntas quién eres y eso se busca en el pasado»

Los silencios, el dar las cosas por sabidas, «no verbalizar los sentimientos», es algo que atraviesa todo el libro como una característica de toda una generación. Manuel Vilas sostiene que llega un momento en la vida, que sitúa una vez pasados los 50 años, «cuando se presenta la necesidad de hacerte preguntas sobre quién eres, porque eres como eres, de dónde te viene esa forma de ser y para eso buscas las respuestas en el pasado. Cuando tenemos 30 o 40 años no nos hacemos esas preguntas, no sientes esa necesidad, estás a otras cosas que consideras más importantes».

-¿Quién aclara esas dudas?

-Es entonces cuando dices: se lo preguntaré a mi madre. Pero resulta que ya no está…

-Un amigo contaba que llama a veces y dice: «Llamo para nada…».

-Sí, pero ahora llamamos siempre para algo, para resolver algo, para pedir alguna cosa. Las llamadas de mi madre eran para nada, para saber cómo estaba o qué hacía. Y no le cogía el teléfono porque pensaba que era muy importante lo que estaba haciendo en ese momento. Deberíamos llamar mucho más para nada.

-Habla usted de un lenguaje propio de las parejas que se muere con ellas.

-Sí, mi padre tenía un silbido propio para llamar a mi madre, aunque fuera en medio de la gente, que nunca he conseguido aprender. Es algo propio de la intimidad

-Tras este éxito, ¿asusta el próximo libro?

-Es un poco angustioso pensar en el siguiente, pero por ahora estoy con este.

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