Un interesante aporte de la película es su descarnada reflexión en torno al mundo de la moda, en el que industria y creación no siempre van de la mano, y más todavía en el caso de este modisto
16 jun 2018 . Actualizado a las 09:55 h.Ya puedes estar pez en chismes de moda o, como mucho, sonarte la pasarela Cibeles, que la vida de Lee Alexander McQueen te acabará resultando fascinante, más todavía tratándose de un genio que, siendo un crío sin apenas formación y con telarañas en los bolsillos, acabó llegando a la cúspide internacional. Si a eso sumamos una vida atormentada y, por qué no, aureola de perro verde, el redondeo es de diez gracias también a un documental modélico, que junto a la información y los inevitables trazos biopic, combina el elemento didáctico con una inteligente reinterpretación de su arte a través de una estructura en partes -a modo de cintas de vídeo, suyas o sobre el propio modisto- servida en un atractivo envoltorio visual reforzada con la elegante música de Michael Nyman. Aunque en algún momento transmita una falsa idea de saturación, por reiterar imágenes de sus creaciones en sucesivos desfiles en orden cronológico, el tándem formado por Ian Bonhôte y Peter Ettedgui supera el escollo llevados por su admiración al homenajeado.
Otro interesante aporte de McQueen es su descarnada reflexión en torno al mundo de la moda, en el que industria y creación no siempre van de la mano, y más todavía en el caso de este modisto, que hasta el final de su vida mantuvo su propia marca y empresa con la que podía diseñar con absoluta libertad, al tiempo que fichaba por Gucci primero y Givenchy después. Junto a testimonios de familiares, amantes y miembros de su equipo, que opinan sobre él, coincidiendo en que se trataba de una persona frágil y sensible, sometido a una gran presión psicológica, hay una clara intención de entrar en las tripas de ese mundillo para poner en boca de uno de sus colaboradores que «todo es una mierda». Contiene momentos de gran intensidad emocional, sobre todo los últimos cinco minutos que Nyman se encarga de subrayar con una música que eriza la piel y redondea el drama de camino hacia la tragedia. Al tiempo, te quedas con la amarga sensación de que el vestido como arte perdió a un número uno, a un provocador obsesionado por marcar la diferencia.