«Mengele era mucho más débil y cobarde que la mayoría de nosotros»

Olivier Guez, Premio Renaudot, reconstruye la vida en Sudamérica del siniestro criminal nazi, al que define como mediocre y egocéntrico

Guez vendió en Francia 300.000 ejemplares de su libro «La desaparición de Josef Mengele»
Guez vendió en Francia 300.000 ejemplares de su libro «La desaparición de Josef Mengele»

Autor de cinco ensayos geopolíticos, dos novelas y guionista de la película El caso Fritz Bauer, sobre el caso del fiscal general alemán que informó al Mossad de la dirección de Adolf Eichmann en Argentina, Olivier Guez (Estrasburgo, 1974) ganó el prestigioso Premio Renaudot del 2017 con La desaparición de Josef Mengele (Tusquets), del que se han vendido 300.000 ejemplares en Francia. El autor reconstruye la vida clandestina en Argentina, Paraguay y Brasil, desde que llegó a Buenos Aires en 1949 hasta su muerte en 1979, del siniestro médico, famoso por sus sádicos experimentos en Auschwitz y que condujo a la cámara de gas a 400.000 seres humanos. «No me invento nada, el libro está basado en fuentes históricas muy serias», afirma.

-¿Qué es ficción en el libro?

-Hay poca ficción, la que me concedo para la puesta en escena, cuando tengo información pero no todos los detalles. Por ejemplo, estoy seguro de que Mengele tuvo una relación amorosa con la granjera de la familia húngara que le acogió, aunque no se sabe exactamente cómo fue. Pero en Brasil tuve la suerte de hablar con el mejor amigo de uno de sus hijos y gracias a él encontré la granja y me dio detalles de esa mujer. A partir de ahí, escenifico esa relación, que sé que tuvo lugar.

-¿Cómo fue posible que un criminal de guerra como Mengele pudiera vivir varios años en Argentina sin ocultar su identidad e incluso viajar a Alemania?

-En esa época nadie conocía a Mengele, porque no era un dirigente nazi, sino un capitán, un médico más de los cientos que había en los campos de exterminio. No interesaba a nadie. En los años 50 nadie hablaba del Holocausto, ni los supervivientes, y los criminales de guerra vivían tranquilamente, porque la Guerra Fría hizo que la desnazificación no fuera una prioridad. Había una amnesia absoluta. Todo esto explica que Mengele pudiera ir tranquilamente a la embajada alemana en Buenos Aires en 1957 y decir que llevaba ocho años en Argentina con el nombre falso de Gregor; quería un pasaporte con su nombre verdadero y se lo dieron.

-¿Que le ha sorprendido más de Mengele tras conocerlo a fondo?

-Su absoluta mediocridad. Me chocó su hiperegocentrismo. Todo lo que hacia giraba en torno a sí mismo, de principio a fin. Mengele no fue un nazi de primera hora, se afilió al partido y entró en las SS por oportunismo y ambición porque era necesario para medrar. Fue a Auschwitz también por ambición, para impulsar su carrera de investigador. Y en Argentina, mientras la mayoría de sus amigos nazis conspiraban para volver a Alemania y establecer un Cuarto Reich, a él le daba igual, lo que le importaba era su negocio y su bienestar. En los fragmentos que se han conservado de su diario es fascinante que solo habla de sí mismo, de sus sufrimientos y su soledad. Lo interesante es cómo ese personaje mediocre encuentra una ideología y un régimen que le permite y anima a cometer crímenes atroces con una indiferencia absoluta y una empatía nula hacia el ser humano. Si alguna lección podemos sacar es la facilidad con la que un hombre así puede caer en el mal más abyecto.

-A usted no le gusta llamarle el «Ángel de la muerte». ¿Por qué?

-Nunca uso ese apelativo porque parece propio de un poderoso personaje de Marvel. A partir de los años 60 Mengele entró en la cultura popular, convertido en una especie de loco sádico y genial que buscaba descubrir el secreto de los gemelos. Pero como médico e investigador era una medianía. Se le ha presentado como una especie de James Bond nazi que iba en coches lujosos y se acostaba con mujeres sublimes en Sudamérica, pero lo cierto es que, durante 20 años, vivió como una rata, escondido, asustado, paranoico, en una prisión a cielo abierto de la que no se podía escapar. Fue apasionante deconstruir esa leyenda y ver cuan pequeño era. Mengele era mucho más egocéntrico, cobarde y débil que la mayoría de nosotros.

-¿Cómo le ha afectado seguir las huellas de este personaje?

-Conocer lo que hizo Mengele en Auschwitz da una sensación del ser humano terrorífica, de lo que es capaz de hacer a sus congéneres. Después se desarrollan anticuerpos, uno se protege. En segundo lugar, sentí una especie de alegría malsana al contar su caída, En cierta forma, sentí un placer perverso al torturar a Mengele. El día que escribí la escena de su muerte me sentí feliz, fue genial.

«Los fantasmas de Auschwitz siguen acosando a Europa»

Guez considera que todos los movimientos extremistas, incluido el nacionalismo excluyente, tienen la obsesión de la pureza.

-En el 2017 dos novelas relacionadas con el nazismo, la suya y la de Éric Vuillard, «La orden del día», ganaron los premios Renaudot y Goncourt. ¿Por qué sigue despertando tanto interés el nazismo? ¿Es por una atracción por el mal absoluto?

-Esa atracción existe, sin duda, los crímenes del nazismo siguen acosando a Europa. Aunque leamos mil libros, sigue siendo un misterio absoluto que el país más culto, civilizado y avanzado científica y económicamente se entregara a un loco ridículo y despreciable, que sedujo y convenció a los alemanes hasta llegar a utilizar todos los recursos del país para organizar una industria de la muerte. Creo que los fantasmas de Auschwitz, lo que dice del ser humano, siguen acosando al continente. Es algo que siempre nos reprocharemos, una vergüenza absoluta de Europa. Además, los supervivientes del Holocausto están desapareciendo y la literatura es el canal de transmisión de nuestra herencia negra europea. Todo lo que vivimos hoy en Europa es la consecuencia de lo que ocurrió hace casi 100 años, en la primera parte del siglo XX, cuando Europa, tocada por una especie de pulsión suicida, se autodestruye a una velocidad de vértigo. Una novela como la mía demuestra que todo eso es aún tangible, Mengele cruza nuestra modernidad.

-¿El nacionalismo excluyente es una amenaza de rememorar el pasado más negro?

-Todos los movimientos extremistas, totalitarios, tienen la obsesión de la pureza, el nazismo, el bolchevismo, el islamismo y los nacionalismos más extremos. No conozco suficientemente la cuestión catalana pero me parece aberrante empezar a recortar los Estados europeos, porque si lo hacemos estamos muertos. Me parece una locura absoluta.

-¿Cómo valora la represión de Israel a los palestinos?

-Lo que puedo decir es que toda la política de Israel desde su nacimiento parte del sentimiento de un pueblo que ha sido tratado como una basura, con familias enteras asesinadas. Esa psicología y esa mentalidad de no ser nunca más débil son la base para entender la política israelí. Hay un puente entre el Holocausto y la identidad israelí.

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«Mengele era mucho más débil y cobarde que la mayoría de nosotros»