«The Americans» vuelan hacia Moscú

Cayó el telón en «The Americans» y fue de acero. Tras seis temporadas de emoción los Jennings nos abandonan y dejan tras de sí un muro de nostalgia. Un gran último episodio ha hecho honor a una trama que no ha parado de mejorar desde que arrancó en el 2013. Ya los echamos de menos


Desolados. Así nos hemos quedado al saber que los Jennings no volverán más. Tras seis temporadas siguiendo las vidas de Philip (Mattew Rhys) y Elizabeth (Keri Russell) en The Americans, nos abandonan. Y además, lo hacen (¡atención, spoiler!) para regresar a la Unión Soviética.

Ya nunca más sufriremos al ver cómo estos dos adorables espías de la KGB, camuflados bajo la apariencia de la perfecta familia estadounidense de los años ochenta, arriesga su vida para defender los ideales comunistas. Ni nos sorprenderemos al ver a la bella y estilosa Elizabeth (con sus modelazos ochenteros) llegar a tiempo para hacer la cena tras haber liquidado a algún traidor. ¡Ay, el estrés del agente secreto!

Tampoco podremos disfrutar de sus veladas familiares en la preciosa casita de la urbanización de clase media de Washington donde comparten mesa y mantel con sus hijos Henry (Keri Russell), un sencillo buen chico americano aficionado al hockey, y Page (Holly Taylor), una joven inquieta que desconfía de la singular actividad laboral de sus padres y acabará cautivada por su lucha. Unas cenas a las que a menudo se suma su vecino y mejor amigo Stan Beeman (Noah Emmerich), que casualmente es el agente del FBI encargado de darles caza.

Con The Americans, creada por el guionista y exagente de la CIA Joe Weisberg, conocimos una nueva cara de los Estados Unidos de la era del presidente Reagan. Una versión muy diferente a la que en la época mostraban las películas de Rambo y Sylvester Stallone. Aquella década de los ochenta en la que se empezó por demonizar a los rusos y se acabó pactando con Gorbachov un desarme nuclear. Así que ya lo sabíamos desde el principio, nuestros espías más queridos y su falsa vida americana tenían obsolescencia programada. Y aún así nos cuesta aceptarlo.

Con sus pelucas, disfraces y acentos... Capaces de ser cien distintos en pocos minutos, pero siempre ellos. Ese matrimonio atípico, arreglado de forma impuesta por los jefes moscovitas cuando solo eran los humildes y obedientes Nadezhda y Mischa seleccionados para una aventura que cambiaría sus vidas. Una pareja unida y, a veces separada por la ideología, que sin embargo establece lazos muy fuertes y duraderos. Vínculos que permanecen sobre las infidelidades al estilo Mata Hari, para obtener información, e incluso a segundos matrimonios impuestos por las circunstancias del trabajo. Un dúo que de tan estrecho cruzó la frontera de la pantalla para formarse también en la vida real. ¡Qué bonito!

Junto a ellos, todos esos diplomáticos soviéticos de doble cara, que además hablan de verdad en ruso (se ofrece con subtítulos). Como el agente de la KGB Oleg Igorevich (Costa Ronin) que tratará de combatir a los enemigos internos de la perestroika y acabará encarcelado de por vida por los americanos y abandonado por los suyos.

Y como música de fondo U2, Fleetwood Mac, Phil Collins, Peter Gabriel David Bowie, Dire Straits... ¡qué más se puede pedir!

La serie, que asombrosamente no ha gozado de tanta repercusión mediática como otras que lo merecen menos, ha sufrido una gran evolución desde sus inicios en el 2013. Y ha ido ganando en intensidad y acción en cada temporada. Sin duda el capítulo final (que irónicamente se tituló Start) es la joya de la corona: resume la tensión, la emotividad y la ternura que han dado forma a toda la serie. Una despedida en la que nuestros protagonistas se ven enfrentados a su peor pesadilla: ser descubiertos y tener que huir dejando atrás, como ya nos explicó Sting en su canción, lo que más aman: sus hijos (¿habrá spin-off?). Una última entrega llena de dramatismo pero en la que queda tiempo para una superamericana hamburguesa del McDonalds antes de volar hacia Moscú.

Bye, bye...

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