«A la deriva»: Ruido, mucho; nueces, las justas

CULTURA

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15 jul 2018 . Actualizado a las 09:16 h.

A las tramas de pasarlas canutas frente a la furia de los elementos les iría mejor si nos ahorrasen el rótulo inicial de «basado en hechos reales». Alguien de producción debiera anotarles que equivale a un interruptus emocional, pues nos pasaremos todo el metraje sintiéndolo mucho por ellos, qué mal lo pasaron, oye… Pero, si por el contrario, el guionista recoge esos mimbres y construye una historia para ser filmada buscando conmocionarnos, entonces que metan el dichoso cartelito en los títulos finales y nuestra temperatura quizá sufra algún requiebro, y nos llevemos la sensación de que nos han contado una buena historia. Allá por 1983, una pareja de experimentados navegantes recibió una atractiva oferta económica para trasladar un yate de lujo desde Haití a San Diego, que son unos miles de kilómetros. No se podían imaginar cómo acabarían… Lo que hace el islandés Baltasar Kormákur es contarnos lo sucedido a partir de las memorias de ella, a sabiendas de que sus casi veinte años de oficio peliculero eran una garantía para resolverlo visualmente. Pero con eso no basta.

Sin duda resulta verosímil y hasta llegamos a imaginarnos con el agua hasta la rodilla dentro del yate, a merced de la tormenta y a la deriva del título, pero si en algunas secuencias la intensidad dramática se palpa, en otras aparece demasiado convencional, como convidándote a que sueltes lastre. Más allá de que el guión ponga el foco sobre ella, reservando a su compañero un rol más secundario, recurrir al flashback para mostrar los momentos más distendidos de la pareja, sobre todo en tierra, suponen una sobredosis de rutina que nada aporta al ritmo. Quizá lo contrario. Aunque la apuesta de Kormákur se ve reforzada por un fuerte realismo, lo cierto es que en ningún momento sufrimos con ellos. Intuimos muy pronto que se masca la tragedia. Ya en Everest (2015) proponía otra situación extrema para un grupo humano frente a la furia de la naturaleza. Quizá porque aquí son solo dos, uno mira el reloj esperando el momento de largarse. Demasiada agua… no potable.