El código binario del arte

Ir a un museo ya no es recorrer salas. El mundo digital permite reconstruir termas, desayunar mientras se asiste al comentario de una obra y desenterrar documentos


santiago / la voz

«¿Nos vemos?», preguntó el Museo de Antequera enseñando sus cuatro obras más representativas. Y museos de todo el mundo se vieron las caras en un punto común de encuentro: la etiqueta #CuatroCaras. El Louvre, el Museo Firenze, el Prado, el Museo Arqueológico Nacional, el Museo Maya de Cancún, el Hermitage ruso y la National Gallery londinense se sumaron a una iniciativa que demostró a principios de este año que «la clave no siempre es disponer de grandes presupuestos, sino de pensar con mentalidad digital». Lo explica Clara Merín, profesora del máster de Estrategia digital en organizaciones culturales que ofrece la UOC en colaboración con el Museo de Arte de Cataluña.

Sí. Las nuevas tecnologías también son para el arte. O más bien para hacer más visible el arte. Para que llegue a más públicos y para que más público se acerque a los museos. Lo ha entendido la pléyade del arte mundial. Por eso la Tate Modern de Londres ha metido a los visitantes en el estudio en el que Modigliani pintaba en 1919. Lo ha hecho a través de una reconstrucción virtual. Y por eso el Metropolitan de Nueva York ofrece vídeos en 360 grados de varios de sus espacios y el Museo Arqueológico Nacional, recorridos virtuales. Apenas un aperitivo de lo que puede ser la vista posterior.

Ese «¿nos vemos?» del Museo de Antequera no es un caso único en España. Sus museos, poco a poco, van replicando ese código compuesto de ceros y unos que crea estrategias digitales. «El Museo del Prado, el Museo Thyssen y el MNAC en Barcelona creo que son pioneros en el desarrollo de grandes proyectos digitales», explica Merín, que también reconoce que los museos españoles todavía no se han sumado a la vida digital al mismo nivel que otras grandes instituciones.

«No se han sumado por una cuestión de que aquí la mayoría de los museos son públicos y adolecen de falta de recursos y presupuestos». La crisis podó incluso más los ya de por sí discretos equipos humanos, y las tecnologías digitales todavía son costosas de desarrollar. «Creo que los grandes presupuestos que antaño tuvieron los museos públicos nunca volverán, por tanto hay que buscar nuevos modelos de financiación privados o mixtos», una cuestión que para Clara Merín es vital.

Con todo, hay grandes iniciativas que no siempre necesitan números estratosféricos. La guía interactiva del museo al aire libre Villa Romana de L’Albir, en Alicante, permite viajar en el tiempo. El grupo de Patrimonio Virtual de la Universidad de Alicante ha desarrollado una aplicación de realidad aumentada que reconstruye en la pantalla los restos arqueológicos que el visitante tiene delante, como unas termas. «Se trata de una tecnología no invasiva, que no requiere de una gran inversión económica y que resulta atractiva a los usuarios por su carácter experiencial y lúdico», explican.

La gran tarea pendiente de los museos es convertir en código binario todos sus fondos, explica Clara Merín. Algunos, como el Reina Sofía, ya han dado algunos pasos, como el proyecto Repensar Guernica, que ha digitalizado más de 2.000 documentos relacionados con la obra de Picasso. Se puede leer, por ejemplo, el «Mi grande e ilustre amigo» que encabeza la carta que José Gaos envió a Picasso para pedirle una obra para la Exposición Internacional de París de 1937. Fue el Guernica.

Los #pradistas

«Queríamos experimentar con las publicaciones en directo y ver cuál era la respuesta del público». El experimento del que habla Javier Sainz de los Terreros, encargado de las redes del Prado, es el comentario matutino de una obra a través de Instagram. La respuesta es abrumadora. Los vídeos en directo suelen seguirlos unas 1.200 personas -hace poco han escrito desde Irán- y en las siguientes 24 horas las visitas pueden multiplicarse por diez. «Se ha generado una relación muy cercana con los usuarios, que también interactúan y se reconocen entre ellos». Son los #pradistas, que llegan a generar una media de 300 comentarios por vídeo. Vídeos que comenzaron siendo apenas pequeños paseos por las salas del Prado, pero que poco a poco fueron poniendo el foco en las obras para comentar algunos aspectos de manera informal.

«No buscábamos transmitir una idea erudita del arte, sino llamar la atención sobre ciertos detalles que ayudan a disfrutar más de la visita», explica Sainz de los Terreros. A veces se fijan en una obra al recorrer las salas. A veces son obras maestras. También aprovechan para sacar partido de la cotidianeidad de un museo: exposiciones, restauraciones, movimientos de obras... «Tampoco hay que olvidar asuntos prácticos, como que la sala tenga buena luz, cobertura wifi, que no haya labores de mantenimiento...».

¿Hay una lista? Algo así. «Lo esencial es que ese día te apetezca hablar de esa obra en concreto. Por eso siempre tenemos varios temas preparados, para poder escoger en el último momento». Más espontaneidad y sinceridad en la narración. Aunque hay un importante trabajo previo de preparación, «primero observando la obra y descubriendo esos detalles que hacen que te apetezca hablar de ella». La web del Prado, los catálogos y los vídeos de conferencias y obras comentadas de su canal de YouTube sirven para crear un esquema básico de datos para la narración posterior, que va más allá de lo académico. «Buscamos responder a preguntas que surgirían de forma natural en una visita». Y así hacer visible el arte a más públicos para que más público se acerque a verlo.

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