Assayas y Juliette Binoche ofrecen en Venecia la soberbia comedia «Non Stop»

Los hermanos Coen hacen trizas la iconografía del Far West en la película «La balada de Buster Scruggs»

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venecia / e. la voz

Venían los hermanos Coen de un serio batacazo no solo comercial sino artístico. En la medida en que su anterior Hail, Caesar! era una farsa de humor desigual, que podría haber indicado señas de agotamiento. Por eso La balada de Buster Scruggs, en lo que tiene de recuperación del tono poderoso de los Coen en su demolición altamente creativa de toda la sagrada iconografía del wéstern, fue recibida con euforia en esta Mostra en donde ya el año pasado no se llevaron ambos autores todo el mérito, que era realmente suyo, con la vitriólica diatriba política Suburbicon, cuyo guion y espíritu era cien por cien Coen pero la firma final era la de su colega de tantas ocasiones George Clooney.

Es La balada... un filme de sketches -el primero de toda la filmografía de los Coen- y arranca con un primer segmento memorable, un arrebato de genialidad surrealista en el cual Tim Blake Nelson se presenta con blanco ángel de la muerte en un cruce del cine de duelos y tiroteos en el saloon con el musical lisérgico. Solo estos minutos en sí mismos contienen arte mayor para justificar toda una obra. El segundo de los sketches, con James Franco y el tema de los linchamientos, prolonga ese tono de caricatura inspiradísima del gran cine grotesco, con charada comanche incluida, y culmina con un gag de humor verbal también cenital. A partir de ahí, el tono de los restantes episodios cambia, deja de lado esa vena felizmente desaforada y pone pausa en un cambio de ritmo que cortocircuita algo la gran fiesta que se anunciaba.

Con todo, en cada uno de ellos hay vetas valiosas: hay un one man show de Tom Waits como buscador de oro empecinado. Otro, el dedicado al tema de las epopeyas hacia Oregón en caravanas de paz, tiene a un perro como invitado intoxicador sonoro. El de Liam Neeson, dueño de un espectáculo de freaks, posee una particular crueldad. Pero esa paleta de registros no impide que La balada de Buster Scruggs se conforme como mural de personalidad visual enorme sobre todo lo que usted quería saber sobre el wéstern pero nunca se lo habían contado así. Pues para eso están los Coen, para desbrozar territorios supuestamente ya trasquilados y ofrecer cine renovador que llega como uno de los buques insignia de Netflix en esta Mostra.

Alleniana

Por Olivier Assayas todavía deben estar llorando en Cannes. Mucho más después de constatar la plenitud formidable que muestra en Non Fiction. En ella, el francés ofrece bajo la forma de una comedia tersa, sutil, muy alleniana ahora que Allen semeja proscrito, un relato de fondo de hondura exacerbada: el del fin de la era analógica, del libro, de las ideas fuertes, del compromiso intelectual. Es Non Stop algo así como El gatopardo del cambio de paradigma del siglo XXI como fin de ciclo de la nobleza del espíritu creativo anterior a los nativos digitales, que se aprestan a devorar el papel y el alma, como pasto de tiburones. La grandeza de Assayas y de sus actores sensacionales encabezados por Juliette Binoche reside en que ese discurso complejo está expuesto con la liviandad de una elegantísima comedia de enredos amorosos, un vodevil en que sus protagonistas son los últimos mohicanos del tiempo de las almas sensibles anteriores a la canibalizadora era digital.

Y es un prodigio ese equilibrio que Assayas y sus divertidísimos walking deads, escritores en papel, editores románticos, actrices que se niegan a hacer más series de policías donde el éxito las convierte en virales y se suicidan protagonizando Antígona en un teatro con un director belga. Hay una certera línea de continuidad entre la obra anterior del cineasta, aquel arriesgadísimo filme de fantasmas en los tiempos del WhatsApp llamado Personal Shopper, y este coral canto del cisne de los creadores anteriores a la brecha del siglo. Aún provoca una sonrisa recordar las cien maneras en las cuales Non Fiction saca partido del equívoco de alta comedia nacido de una felación en un cine que la actriz encarnada por Juliette Binoche realizó en Star Wars, el despertar de la fuerza, aunque para crear un marco más cool pase a la posteridad como sucedido en una proyección de La cinta blanca, de Haneke. Y asistes a lo que es una elegía, la ceremonia de los adioses de estas criaturas sobrepasadas por el tiempo gélido y digital, servida como una cálida, grácil, mordaz oda al cine, a la literatura, a su bel morir.

Lady Gaga embrutece el legado de Garland y Streisand

En esta Mostra de cine exquisito entiendes que no se resistan a sumar un protagonismo sustancial de lo performativo como Lady Gaga. También comprendería que invitasen al Maradona en fase El exorcista del pasado Mundial. Más discutible es que eso pase por sufrir como Gaga pisotea, o directamente embrutece, el legado de Janet Gaynor o de Judy Garland, a partir del libreto de Moss Hart Ha nacido una estrella llevado al cine hasta tres veces anteriormente. Bueno, la versión de Barbra Streisand era ya otro acto de divismo pésimo. Pero enfrentada a la presentada aquí parece un musical de Vincente Minnelli. El remake a mayor gloria de Gaga lo dirige y cointerpreta Bradley Cooper, con unas greñas muy Kris Kristofferson y unos colocones del 7. Es un pulso entre el whisky que trasiega Cooper y los chutes de colirio que se mete en retina Lady Gaga, que llora más que la venezolana Cristal.

En un acto que suena a lavado de esa imagen de querer cargarse el cine en pantalla grande, Netflix ha sufragado la edición, tras casi medio siglo de oscuridad, de lo que Orson Welles dejó filmado de The Other Side of The Wind. La première mundial queda muy rebajada ante la evidencia de que Welles apenas testó un esbozo: es un montaje enloquecido -con muchas líneas de interés y un John Huston impagable como alter ego del genio- pero indigesto, mareante, un LSD mal trasegado donde Oja Kodar, la mujer de Welles, es talismán erótico del cóctel, algo así como la chica del anuncio de Terry pero en yugoslavo y softcore.

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