Cirujanos del patrimonio contra curanderos de la «restauración»

El caso del «eccehomo» de Rañadorio provoca el rechazo frontal de los especialistas, que reclaman prevención, pedagogía, más sanciones y una comprensión profunda de lo que significa restaurar una obra

Nuevo «Ecce Homo»: una vecina daña tres tallas del siglo XV en Asturias Las víctimas son la figura de la Virgen con el Niño y Santa Ana y las policromadas de San Pedro y de la Virgen con el Niño Jesús

«¿Qué pasaría si alguien estuviese a la espera de ser operado y en el quirófano entrase de pronto un señor o una señora diciendo: «No se preocupen, yo opero, que aunque no soy médico soy muy aficionado a la medicina", y qué pasaría si se le permitiese operar? Está claro: todo el mundo pondría el grito en el cielo. Pues con la restauración de obras de arte, del patrimonio en general, debería pasar eso mismo: que habría que poner el grito en el cielo cuando una presunta restauración está hecha por alguien que no es un profesional». El símil lo propone Alfonso Palacio, director del Museo de Bellas Artes de Asturias. Lo hace aún bajo el impacto de las fotografías de unas tallas religiosas del XV y el XVI catalogadas como Bien de Interés Cultural a las que una mezcla de negligencia y voluntarismo ha transformado en una especie de ninots o manufacturas de merchandising religioso. Se trata, por descontado, del conjunto de figuras de la ermita de Rañadorio, convertidas en estrellas el circo digital tras su mal llamada 'restauración' por parte de una voluntariosa vecina, pero también en causa de indignación y reflexión entre los profesionales y responsables vinculados a la custodia de los tesoros artísticos y patrimoniales asturianos.

Palacio, como todos ellos, se movía aún ayer entre el estupor y el puro cabreo.  «Es escandaloso, y más después de los precedentes que hemos tenido, y con tanta repercusión mediática. Esas fotografías me parecen la imagen misma de la barbarie», confiesa el director de la pinacoteca regional. No obstante, espera que el ruido en las redes, las humoradas y los clicks pueda ser reconvertido en algo positivo:  «Son tan escandalosas que ojalá sirvan para concienciar de la importancia que tienen las actuaciones de conservación preventiva, todas aquellas encaminadas a actuar antes de que se produzca deterioro de una obra de arte o patrimonial en general, y cuando se hace necesaria la rehabilitación o restauración, la importancia de que esas acciones siguiendo protocolos científicos -y esa es una palabra clave- aplicados por profesionales».

Ahí es donde encaja su analogia quirúrgica. «Es que los restauradores son un poco los cirujanos del patrimonio, los profesionales que intervienen en las obras de arte como los cirujanos cuando abren, cosen, cicatrizan, etcétera. En algunos casos incluso su instrumental recuerda al de los cirujanos», asegura Palacio, para quien además de formar profesionales es necesario formar, en general, a la ciudadanía para evitar la condescendencia con lo que describe como «productos de la especulación kistch»: «Es una cuestión de educación, desde muy pequeños, para hacer ver que existe un mundo que se llama patrimonio cultural y que es importantísimo porque es un contenedor de placer y belleza, pero además también de identidad, de memoria, de historia. Hay que educar a través del patrimonio y en el patrimonio cultural, y una de las dimensiones es su conservación, salvaguarda y protección».

Sin criterio ni conocimiento

Las observaciones del director del Bellas Artes son plenamente compartidas con quien es responsable de la restauración de los fondos del museo asturiano. Blanca Abella recalca la gravedad de esta forma de actuar «sin criterio ni conocimiento» sobre el legado artístico, pero también que «la responsabilidad mayor la tiene quien da el permiso» e, indirectamente, para quienes permiten, con cierta vista gorda o negligencia a la hora de reaccionar, que «este tipo de actuaciones no tengan unas consecuencias que hagan que la gente tenga más precaución a la hora de intervenir».

Pero donde Abella pone el acento es en el núcleo de su trabajo: en el concepto mismo de restauración «que los medios suelen aplicar indebidamente a este tipo de actuaciones» creando confusión. «Una restauración es algo completamente diferente. Parte de un conocimiento profundo de la obra, tanto en lo material como históricamente y estéticamente, y actúa mediante unos conocimientos que se rigen por unos principios científicos, asépticos, en la elección de materiales y en técnicas, y por encima de todo garantizando que siempre pueden ser reversibles», explica. Algo que en casos como el de Rañadorio temen los especialistas que no esté garantizado: «En estos casos es muy difícil volver atrás, o bien hacerlo produce un daño irreversible en las obras», advierte la restauradora del Bellas Artes. La cautela es tal que «a menudo hay obras que requieren el examen de un comité de expertos, y al final se renuncia a intervenir porque no hay las debidas garantías». La comparación con la medicina también aparece en su razonamiento: «En este tipo de actuaciones, los gustos personales quedan fuera. Es una labor asépticas en la que te olvidas de tus propias preferencias personales para centrarte en la obra. Es como si un médico decidiese que no va a curar a un señor porque le parece feo o le cae mal».

En definitiva, y por seguir en el quirófano, restaurar no tiene nada que ver con hacer un lifting o la cirugía estética a una obra para restituirle la juventud perdida sin más... tal y como la entendemos siglos después de que fuera creada. «La restauración consiste en devolver a la obra a un estado cercano al que tuvo en origen tanto estéticamente como en cuanto a su conservación, a la solidez de los materiales, pero dejándola en un estado que no engañe al espectador sobre la vida y la antigüedad que tiene esa obra. En ningún momento se pretende dejar la obra como si fuese nueva», subraya la especialista.

No siempre ha sido así, y en otros momentos quizá la restauración estuvo más cerca de esa buena voluntad artesanal de la que ha hecho gala la pintora de las tallas tinetenses: «Es cierto que la restauración parte de unas maneras artesanales que actuaban con poco respeto en ese sentido, pero los expertos, a lo largo del siglo XX, han ido consolidando al alza el valor de la obra y el respeto por ella, por el artista que la creó y por la historia que vivió esa obra. Si, por ejemplo, ha tenido daños importantes en algún momento, tampoco se ocultan; se deja un pequeño rastro para que aquello tiene cinco, seis o siete siglos de vida, que no es algo recién hecho».

 Finalmente, y como Alfonso Palacio, Blanca Abella incide en la importancia de la pedagogía a gran escala: «Quizá pecamos de no difundir lo suficiente estas ideas a la sociedad. Hay gente que no lo entiende o que se siente capaz de hacer esto. He oído que en Cantabria piensan implantar una asignatura de Patrimonio, y eso es importante: el patrmonio es una fuente de riqueza para todos, y además no renovable. Perdemos patrimonio cada día, y son obras antiguas y exclusivas; las que perdemos, las perdemos para siempre», concluye.

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