san sebastián / e. la voz

Arrancó el Festival de Cine de San Sebastián con un valor seguro para la sesión inaugural. Ricardo Darín en el Kursaal, a favor de obra hasta lo febril, es como Curro Romero en una repleta Maestranza. El amor menos pensado se percibe casi más como función teatral de las de público de fin de semana y vodevilcito burgués de matrimonio con fatiga de materiales y aventurado en los tiempos de Tinder. Así fue recibida y ovacionada, aunque como película responda a las señas de identidad de unas matrimoniadas con algún toque cool de guion -sus gags son más bien chabacanos, pero alguno de ellos tiene un pase, sobre todo los que remiten a los ligues en las redes- y un tablero de juego exconyugal que te sabes de memoria antes de que cante un gallo. Los que no cantan ni desafinan son Darín y Mercedes Morán, que es casi su equivalente en femenino en el star system argentino. Solo ellos, en su profesionalidad grande, evitan que el filme del debutante Juan Vera derive hacia un destrozo mayor.

El amor menos pensado es historia pensadísima, y ñoña. Todo en ella se construye como obvia carpintería argumental de pareja con síndrome de nido vacío que decide romper, buscar aventuras, marcarse un eyes wide shut de guardería, para todos los públicos. Ya sabemos que sus excursos por las citas a ciegas y los kamasutras con absenta son mera estación de tránsito para volver al redil. Esto, en España, se lo veías hacer a Pedro Osinaga y a María Luisa Merlo en un escenario de la Gran Vía y aguantaban 4 años en cartel. Darín y Mercedes Morán cosecharon aplausos casi tan duraderos en un Kursaal de inauguración alcanforada. Y es poco explicable que, más allá de obertura de éxito, entren a concurso estos secretos de un matrimonio más propios de un teatro de Tamayo que del Ingmar Bergman al que el festival homenajea en su centenario con un excelente y agrio documental de Jane Magnusson.

Como terapia de choque, sales del baño de rosas del cine endarinado (a la vista del glamur del actor, esto va a devenir pronto un subgénero en sí mismo) y la siguiente película en competición, la suiza The Innocent, te ofrece purificadoras orgías en cuartos oscuros, posesiones diabólicas, asesinos estupendos, invocaciones divinas y otros chutes, todo remezclado en un cóctel que genera aturdimiento general porque nadie entiende nada.

Su director, Simon Jaquemet, parece creerse capaz de compendiar los espíritus del Ordet de Dreyer y de El exorcista y librarse de caer en el bizarrismo indescifrable. Eso sí, hay una secuencia con resurrección bíblica de un mono al que han decapitado y recosido la cabeza con hilo y aguja que tiene visos de erigirse en instante fetiche de la edición, en este The Innocent que tanto delito tiene mirando a la cara a los simios de 2001 entre las carcajadas de la sala mientras el mono se levanta. Y anda.

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Ricardo Darín y sus matrimoniadas «cool» de «El amor menos pensado»