Alexander Payne mandará mucho en un palmarés totalmente abierto

Blind Spot, última película a concurso en San Sebastián

Novotny (izquierda) y la actriz Pia Tjelta, en San Sebastián
Novotny (izquierda) y la actriz Pia Tjelta, en San Sebastián

san sebastián / e. la voz

No parece haber pista alguna de por dónde vaya a tirar esta noche el jurado presidido por Alexander Payne a la hora de repartir la tarta. Hay festivales -como sucedió hace unas semanas en Venecia con Roma, de Alfonso Cuarón- que llegan a su fin con vencedor bien definido antes de abrir el sobre. En el Kursaal cabe hoy casi cualquier apuesta porque está por ver que las obras de mayor magnitud (las de Claire Denis, Peter Strickland, Carlos Vermut, Isaki Lacuesta o Louis Garrel) entren en esa categoría de película de consenso necesaria para alcanzar el oro. Lo que sí podemos afirmar es que en este jurado, el norteamericano Payne es algo más que su presidente. El abierto desequilibrio entre su auctoritas -por trayectoria- y la de sus cinco respetables compañeros nos deja claro que nada se va a decidir sin la aquiescencia del director de Los descendientes. Por eso, no lo duden, el factor Payne va a mandar parar -con valor de comandante de las artes- a poco que los gustos de los otros se le quieran tirar a la sierra.

De momento, ayer vimos las tres últimas películas a concurso. La austríaca Angelo, de Markus Schleinzer -que introduce la negritud en las cortes europeas del siglo de las luces- maneja algunas interesantes reflexiones sobre el acervo del supremacismo blanco y las rebeliones íntimas de su esclavo en manumisión. Pero su desarrollo es irregular y algo apelmazado. No dudo de las buenas intenciones de la china Baby, de Liu Jie, con su protagonista empecinada en salvar la vida de un bebé con enfermedad rara, y en lucha con la indiferencia de su propio padre y el burocratismo denunciable del gobierno. Pero la tenacidad, por sí sola, también puede llevar a provocarte tedio.

La última de las 19 películas a concurso, la noruega Blind Spot, apunta visos de ser la invitada que llega tarde a cenar pero se viene arriba a la hora del copazo. Es el debut en la dirección de Tuva Novotny, más conocida como actriz ya implantada en Hollywood. Su película es un virtuoso ejercicio de estilo insólito en una debutante. Comprime toda la tensión de una vida en el alambre -una adolescente con un grave traumatismo cerebral después de lo que no sabemos si es accidente o tentativa de suicidio- en una narración de cien minutos y un único plano. Y logra que esta propuesta no resulte nunca artificiosa. Al contrario, la carga de angustia que recorre su metraje no hace sino reimpulsarse en cada decisión de su cámara, en un crescendo que te atenaza sin malas artes hasta su único fundido a negro.

Cuando abramos los ojos será para saber si Claire Denis, Peter Strickland, Vermut o Garrel son demasiado europeos para el gusto del mandamás Alexander Payne, que será el que ponga remite a la Concha de Oro y apague la luz.

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