Lars von Trier y el asesinato como una de las bellas artes

José Luis Losa
josé luis losa SITGES / E. LA VOZ

CULTURA

El director trajo a Sitges su película que, en la línea de grandilocuencia del autor, pretende ser obra capital sobre el cine de «psycho-killers»

09 oct 2018 . Actualizado a las 08:08 h.

Tras las controversias generadas -cómo no- en Cannes, Lars von Trier trajo a Sitges su película que, en la línea de grandilocuencia del autor, pretende ser obra capital sobre el cine de psycho-killers. Matt Dillon, que está inmenso, pone voz y rostro a este psicópata que dialoga con un sacerdote antes de cruzar la línea verde rumbo al patíbulo. Y en esa conversación asistimos a la sádica trayectoria de crueldad de un hombre que no amaba a las mujeres. Y en esa banalidad del mal caben desde sutilezas que comparan las carnicerías de Dillon con artes como la arquitectura, elementos que van de las fugaces imágenes de archivo de Hitler, de Mussolini, o citas sobre Auschwitz, a rocambolescas instalaciones macabras que remiten a la serie Hannibal. The House that Jack Built, que así se llama el nuevo Von Trier, es un medido ejercicio donde la provocación no está reñida con una nueva vuelta de tuerca al género de los serial-killers.

En una jornada monopolizada por los psicópatas de toda laya, vemos un filme de la pujante cinematografía brasileña, Morto Nâo Fala, dirigida por Dennison Ramalho. Y no dejas de pensar en el sarcasmo aterrador de estar encerrado en este microcosmos de la ficción el mismo día en el que en Brasil parece que se apunta que muchos vivos no hablen más y que un arquetipo de psicópata -y sus secuaces que votan con pistolas y no con las civiles manos- se pueda sumar a la lista de la pandilla de la posverdad y del regreso de tiempos que nunca imaginamos ni en la peor de las distopías.

También hay protagonista asesina y perturbada en la canadiense de What Keeps You Alive, de Colin Minighan, película de la que conviene contar poco para no reventar los resortes de su caja de sorpresas, pero que en su salvaje e intensa lucha por la supervivencia se dibuja como una poderosa emanación en femenino de la testosterona herida del clásico de John Boorman Deliverance. Y la supervivencia es leit-motiv absoluto de Arctic, de Joe Penna, con el danés Madds Mikkelsen más perdido en el Ártico que los caníbales chilenos de Los Andes.

La cosecha de terror del cine argentino

El cine argentino vive uno de esos momentos de plenitud en los cuales no se carece ni de figuras de autoría mayúscula -como Mariano Llinás, Lucrecia Martel o Albertina Carri- ni de un star-system, con nombres como Darín, Darío Grandinetti o Mercedes Morán. Y el cine de terror muestra también músculo en Sitges con dos películas en su sección oficial: Aterrados es la vivaz opera prima de Demian Rugna, acercamiento al subgénero de casas malditas que dispara arsenal de impactos desacomplejados que poseen el acierto de nacer de lo cotidiano, de un adosado en reconocible barrio bonaerense, para elevarse en un festín de poltergeist desigual pero, en su conjunto, celebrable. Y en un plano superior, el del suspense psicológico muy bien calibrado, se mueve Animal, de Armando Bo. Planteado como drama médico -la angustia de un hombre acomodado que no encuentra el riñón compatible con la prolongación de su vida-, esta circunstancia límite va horadando una situación de placidez burguesa y nos lleva hasta las sentinas donde el tráfico de órganos se escenifica como lucha de clases.