«La ética se enseña, la sintaxis no»

Alma Guillermoprieto reflexiona sobre el oficio del periodista en la era digital. Su carrera se disparó cuando «The Washington Post» decidió que era una escritora antes que una reportera para las asignaciones diarias

Alma Guillermoprieto
Alma Guillermoprieto

Oviedo

Alma Guillermoprieto es tranquila, pausada. No se va a inmutar por recibir de una sola vez a todos los diarios asturianos quien empezó su carrera periodística con una tensa entrevista a Anastasio Somoza. Aquel día sí estaba nerviosa entre los guardaespaldas y las armas que lo rodeaban. Era novata y, para disimular, intentó llevar la conversación sin papeles, apuntes ni grabadora. No hubo manera de reproducirla después, para consternación del resto de reporteros que intentaban cubrir la revolución sandinista y hubieran empeñado el reloj por los diez minutos a solas con el dictador nicaragüense que la recién llegada había conseguido sin saber que eran imposibles. Todo cambió desde entonces y, a pesar de aquel comienzo poco halagüeño, la reportera mexicana ha desarrollado una carrera larga, próspera y respetada. Es una cronista con reputación tanto por sus exclusivas como por el estilo de sus textos. Si volviera a empezar, señala, no se dejaría deslumbrar por las posibilidades de los nuevos medios digitales y permanecería fiel a la palabra escrita: «La ética se enseña; la sintaxis, no».

Está acomodada en un sillón del vestíbulo del Reconquista y frente a ella se enfría intacta una infusión. Es una semana sin tregua. Ha estado en Mieres con alumnos de un instituto público y este miércoles se reúne con periodistas de la región en Avilés. Se siente conmovida por los homenajes y por un reconocimiento de su magisterio que le sorprende. De su encuentro con los adolescentes mierenses viene encantada por la percepción periodística y las preocupaciones morales que detecta en los jóvenes. Ella, que es de otro tiempo y solo usa el ordenador como una versión mejorada de la máquina de escribir, que nunca ha estado presente en las redes sociales, desconfía un poco del vértigo que imponen y cree que a los recién llegados al oficio hay que educarlos en su ética y sus valores. «Biológicamente, los seres humanos no estamos preparados para adaptarnos a los cambios repentinos y los periodistas no hemos sabido adaptarnos con suficiente rapidez los cambios tecnológicos», opina.

Cuarenta años de viajes, países, entrevistas y personajes dan para conocer a muchas personas, vivir muchas situaciones. A Somoza le recuerda como alguien «sorprendentemente mediocre y de gran frialdad» al servicio de los intereses estadounidenses. «No se había dado cuenta de que sus horas estaban contadas», considera. De Fidel Castro piensa que alargó demasiado su estancia en el poder y que le habría ido mejor con una vida pública más corta y una retirada más temprana. Echa de menos el tiempo que vivió en Brasil y, desde Colombia, donde reside ahora, sigue con preocupación y escepticismo el ascenso de Jair Bolsonaro mientras espera los resultados de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Vuelven las noticias preocupantes sobre América Latina. «El problema es que nunca hemos conseguido crear un ciclo completo de esperanza. La desigualdad estructural no ha hecho sino empeorar», apunta. Le preocupa el fracaso de todos los modelos educativos en el subcontinente y, se diga lo que se diga en España de los defectos de la secundaria, los adolescentes de Mieres le han parecido extraodinariamente bien formados.

Guillermoprieto, de todas formas, no es una pesimista. De Brasil recuerda con un cariño especial la capacidad de la población afrobrasileña para compartir alegría con el resto del país a pesar del material tan trágico con el que están hechas sus vidas. Al fin y al cabo, ella superó las dificultades y ha vivido del periodismo, algo que parecía imposible con sus primeras colaboraciones en The Guardian a ocho centavos la palabra. Después pasó por The Washington Post, una institución más que un periódico, donde tardó en encajar. A ella y a sus editores les llevó tiempo descubrir que tenía más madera de escritora y estilista para grandes historias que reportera saltarina para el día a día. En El Salvador, la exclusiva sobre la matanza del Mozote la convirtió en leyenda, pero casi 35 años después los autores siguen impunes. «Es un fracaso», reconoce.

Desde Colombia, no está al tanto del día al día del periodismo estadounidense bajo Donald Trump, pero es capaz de trazar paralelismos entre el estilo personal, no las ideas, del presidente estadounidense y del fallecido mandatario venezolano Hugo Chavez. «Los dos han conseguido acaparar las cenas», bromea. Uno promete a los amigos no hablar sobre ellos, pero es inevitable: antes de un cuarto de hora han vuelto a la conversación. La comparación le permite distinguir entre sarcasmo e ironía. «La ironía es inteligente y no se ceba con el otro. Invita a responder de la misma manera. El sarcasmo puede llevar a una escalada, a algún puñetazo», bromea. Quizá la ironía es más del gusto anglosajón, estadounidense, y el sarcasmo más hispano y latinoamericano. Entre los dos registros se mueve una mexicana que ha desarrollado su carrera explicando América Latina al público norteamericano.

De México espera que Juan Manuel López Obrador sea un buen presidente y del debate sobre el género que cruza los Estados Unidos rescata una pregunta que solo últimamente ha empezado a hacerse: ¿le ha perjudicado en su carrera, la ha retrasado, ser mujer? «No lo sé. Nunca me interesó hacer lo mismo que hacían los hombres, yo me planteaba otras cosas. Ahora empiezo a pensar que tal vez todo habría ido de otra manera si hubiera sido un hombre».

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