El «Cascanueces» de José Carlos Martínez: nueces cascadas

La Compañía Nacional de Danza culmina ciclo con la producción del clásico El Cascanueces, el montaje más importante desde su llegada


Madrid

Igual que se tira de los garabatos de Miró o el cubismo de Picasso para acercar el arte a los niños, este final de año está tirando del cuento El Cascanueces, de E. T. A. Hoffmann, para seguir estimulando al respetable (también visualmente) y además por partida doble. Una película americana de producción escandalosa para encauzar en imágenes una de las grandes fantasías infantiles creadas en el siglo XIX; y un ballet, de factura española, que corona un ciclo en la Compañía Nacional de Danza (CND) bajo el mando del director murciano y étoile de la danza José Carlos Martínez (Cartagena, 1969) quien, el próximo verano, dejará libre su maestrazgo. Ocho años para hibridar una agrupación de baile que ha pasado, como desde muchos púlpitos se ha afirmado (incluido el universitario), de «compañía de autor» a compañía nacional de danza de registro flexible. El colofón lo pone una producción de carácter mayor de ballet clásico; más, incluso, que la revisión de El Quijote estrenada por la CND y este director en diciembre de 2015 en el teatro de La Zarzuela.

El Teatro Real de Madrid acogió el pasado 3 de noviembre el estreno en segundas nupcias (es la cita a que la que la prensa especializada estaba convocada) de El Cascanueces, en versión de Martínez, tras su estreno absoluto el 26 de octubre en el Baluarte de Pamplona. 95 minutos de explosión de color, de Navidad sin azúcar pero con hada y de soñar juguetes; de encuentro con una parte navegable y auténtica, por real, de lo que significa el juego musical de jugar los juguetes con imaginación, y no solo para la infancia. Una buena muestra de honestidad de lo mejor del estándar del ballet clásico", en una producción que lució joven con buenas fortalezas y alguna que otra debilidad en uno de los escenarios más importantes de España.

Fue un estreno que permitió apreciar bastantes cosas, y algunas muy buenas, estando, quizá, el talón de Aquiles en el suministro de la tensión literaria del cuento a la dramaturgia bailada durante el segundo acto. El binomio siempre difícil de acometer y revisar de los libretos de ballet académico: ética con estética, o estética con ética; cómo hacer, qué va primero y por qué, o cuándo alternarlos. La solución no siempre consiste en revisar, teniendo como referente lo que otros coreógrafos han hecho a lo largo de la historia, sino en acceder a fuentes primarias textuales, la literatura, el teatro y la crítica de un título permeable al cambio, precisamente por la gran versatilidad de su genuino contenido: animales, juguetes de madera, reinos encantados, batallas, príncipes, dulces, etcétera. De ahí se saca incluso para una fabulosa tirando a muy fabulosa coreografía de contemporáneo. ¿Por qué no?

Fortalezas

La primera de las fortalezas es obvia por visible: localidades agotadas no solo el día del estreno, sino alguno más también. Promociones y disquisiciones al margen: en tiempos de contemporáneo o de súper contemporáneo, de danza o danza-no danza, el ballet clásico sigue atrapando. Y que nos cuenten cuentos, pues también.

El Cascanueces de Martínez, al igual que la versión original (Petipa-Ivanov, 1892), se plantea como un cuento de hadas-ballet en dos tiempos que sujeta bien la trama en el primer acto, teniendo como intervenciones de verdad ensoñadas y diferentes las apariciones de Arlequín y Colombina (a cargo de Lucie Barthélémy y Benjamín Poirier, respectivamente), que se granan técnicamente bien dentro del baile entrecortado del muñeco autómata, queriendo imaginar (para los niños) el pinocho articulado que puede convertirse en muñeco de carne y hueso. Qué bien estuvo su exposición, en una escena inicial que se principia en la Nochebuena de 1910, con profusión de niños, regalos, bailes y trajes. El estilismo, la gran modistería y el trabajo no solo de corte y confección, sino también de ornamentación, es verdaderamente loable. Y queda muy mono a lo largo de toda la obra: las bailarinas bombón copos de nieve, los tutús románticos para el vals de las flores, la pastoral del XVIII. Llamativos resultaron los indumentos de la danza española, china y árabe; quedaron de verdadera revista, esa es la verdad. Así que la magia estética, de la que antes se hablaba, está y además acierta y gana. Sencillez ornamental de mucha pegada.

Después se hace bien la transición del salón en festejo al campo onírico: se mueve a Clara (Cristina Casa), la protagonista del cuento, hacia el Reino de los Ratones, y se consigue ver ese efecto amenazador y de peligro dentro del sueño, su imaginario, a la intemperie. Buen momento dramático, bien alzado por bien planteado. Y la caracterización de los ratones, fantástica. Ese aura escénica, con esa intensidad, es la que hubiera sido deseable hasta el final de la obra. Acompaña también la nieve humana que envuelve a Cascanueces (Alessandro Riga) y a Clara: le da el empujón al brillo de la fantasía al final del primer acto. Muy atinado.

Y Cristina Casa, pues como siempre, es una bailarina que no falla, salva cualquier circunstancia, incluso ayudando a su partenaire, y se sigue comportando como un reloj-suizo en momentos incluso comprometidos. Una artista de verdadera solvencia. Y una tranquilidad, dicho sea de paso. Alessandro Riga también se comportó en su rol; es un bailarín tierno, que camina hacia la seguridad en sus interpretaciones clásicas. Y firme se mostró el otro gran solista de la noche, Ángel García Molinero, en otro de los papeles más icónicos de la obra, el de príncipe y soporte del Hada de Azúcar, encarnada por Haruhi Otani, que estuvo sinceramente bien para una de las encomiendas más difíciles y arriesgadas de la velada junto a la de su compañero. García Molinero es un bailarín a tener en cuenta y a seguir. Su ballet de amplitud, terminación y potencia es de los que auguran gran desarrollo. Hay fondo y pulmón para buen bailarín de clásico. Muy deseable.

 Ballet clásico como buen estándar y poca dramaturgia

Pero al segundo acto le faltó algo más de literatura; la métrica bailada se quedó en un pase de diversas danzas, bien ejecutadas y con brillo, eso sí, con la decisiva estaca en medio del 'paso a dos' del Hada de Azúcar y una gran coda final de remate. Es como si al cuento le faltara algo y esta parte se asemejara más a una gala de danza que a una continuidad argumentada. Eso se echó de menos, estando, por otro lado, el resto del elenco atinado en su conjunto y salvando momentos de mucho peso humano en el escenario, más de cuarenta y cinco personas bailando. Es de merecer.

Es cierto que muchas de las versiones de este ballet han prescindido de buenos elementos del cuento de Hoffmann; por ejemplo, el gran país de los dulces, de donde procede el Hada de azúcar. Pero eso se debe a que están basadas en la adaptación que Alejandro Dumas padre hizo de lo escrito por el alemán, y a que, en general, y por lógica, no todo se puede llevar al escenario. Pero Hoffmann evidencia muchas otras cosas que son material escénico (y escenográfico) de primera magnitud que poco o nada salen en los ballets: talleres de madera, otros muñecos, el sueño dentro de la realidad y, a su vez, la realidad dentro de la magia de lo grotesco, de lo deforme; la extravagancia onírica revierte en multitud de personajes, muchos de ellos situados en el Renacimiento, por ejemplo. Y todo es material relevante, que traza el verdadero viaje de la niña con su Cascanueces y nos habla de su carácter valiente. Los sueños son mágicos y pueden serlo en muchos sentidos; como la vida, tienen cosas buenas y malas. Y eso siempre ha sido de los cuentos. No hay que equivocarse: no tiene nada que ver con perder o no perder la magia. Eso lo explican los textos.

De calado lírico también adoleció algo otro de los grandes personajes del cuento, el hacedor en la sombra: Drosselmeyer (Ion Agirretxe), padrino de Clara. Se lo podría haber dotado de una mayor carga dramática, siquiera para ponderar más su importante peso escénico. Él es el que juega con el factor tiempo en dos mundos tan distantes y cercanos como paralelos.

Con todo, Martínez puede darse por más que satisfecho de sus ocho años de trabajo al frente de la CND, del cambio de registro, de haber conseguido no ya el retorno al clásico (sin duda), sino también llenado teatros con sus programas y agotado localidades. Conviene recordar que su Quijote fue uno de los espectáculos más vistos y uno de los que más caja ha hecho en el circuito español en los dos últimos años. Y eso, a ojos de instituciones y de público, también cuenta. ¿O no?

Sea como fuere, Martínez ha delimitado un terreno muy estándar, el de la tan cuestionada hibridación (que hace tiempo que de cuestionada, nada): una cualidad difícil de matizar en una compañía de ballet, pero, sobre todo, de valorar. Lo que se dice un estándar suele verse como algo imprecisamente determinado; a causa de ello, la CND está situada ahora en una posición tan central, que quizá convenga meterle en el futuro próximo alguna hora más de técnica con ánimo de seguir creciendo.

Lo que cabe concluir después de ocho años es que, si no se empieza por esos estándares, que también se circunscriben a una encomienda institucional de carácter público, y que aseguran en cierto modo una buena solvencia básica, ¿por dónde habría que empezar entonces? ¿Por qué delante o por qué detrás?

(Volver a los estándares está mucho más que bien. Lo hecho es lo que habría que volver a hacer: cascar nueces, o sea, hacer Cascanueces.)

Ficha artística

Compañía Nacional de Danza

El Cascanueces

Coreografía y dirección escénica: José Carlos Martínez

Música: Piotr Ilich Chaikovski

Director de Orquesta: Manuel Coves

Escenografía: Mónica Boromello

Figurines: Iñaki Cobos

Iluminación: Olga García Sánchez

Coreografía adicional (Danza española del II acto): Antonio Pérez Rodríguez

Dirección magia: Manu Vera

Realización de Vestuario: Cobos Vestuario Escénico, Taller CND, José Luis y sus Chaquetillas

Caracterización, maquillaje y pelucas: Lou Valérie Dubuis / Realización prótesis, caracterización ratas: Jorge Poza / Sombreros: Sombrerería Medrano / Coronas, tocados y complementos: Cobos Vestuario Escénico, Milos Patiño

Tintes y ambientaciones: María Calderón / Calzado: Maty / Muñequería: Mª Cruz Tudela

Bailarines, roles principales: Clara, Cristina Casa; Cascanueces, Alessandro Riga; Hada de Azúcar, Haruhi Otani; Príncipe, Ángel García Molinero; Reina de los Ratones, Rebecca Connor; Muñeca, Lucie Barthélémy; Franceses, Lucie Barthélémy y Yanier Gómez; Españoles, Álvaro Madrigal y Aída Badía; Ruso, Miquel Lozano; China, Giulia Paris; Copo en salto, Haruhi Otani; Árabes Sara Fernández López y Erez Ilan; Árabe azul, Shani Pérez

Figurantes Acto I: Sofía Cageao, Jaime Díez, Sara Garde, Alba López, Lucía López, Alejandra Lorenzo y Rodrigo Sanz.

Con la participación del alumnado de la Escuela de Ballet de África Guzmán.

Estreno absoluto por la Compañía Nacional de Danza el 26 de octubre de 2018 en El Baluarte de Pamplona.

El Cascanueces, ballet en dos actos de 1 de duración y 30 minutos sin incluir descanso. Estreno en el Teatro Real, 3 de noviembre de 2018. Madrid.

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