«Los ovetenses no recuerdan nada entre el prerrománico y Clarín»

César García de Castro reconoce que hay algunas tradiciones históricas que no son son ajustadas ni ciertas

El historiador César García de Castro
El historiador César García de Castro

Es infrecuente que un artículo publicado en una revista especializada en arqueología cale en el debate ciudadano y se infiltre en las conversaciones diarias de la gente. Junto a su coautor, Sergio Ríos, el historiador César García de Castro (Avilés, 1964) lo consiguió el año pasado. Ambos refutan el origen romano de Oviedo y, en la práctica, creen que no cabe hablar de la existencia de la ciudad hasta finales del siglo XII. Lo que había antes solo era una comunidad monástica, alega. Ve sus huellas todos los días. Como técnico del Museo Arqueológico, tiene su despacho sobre el silencioso claustro de San Vicente.

-Si no se puede definir a Oviedo como ciudad hasta el siglo XII, ¿cómo denominamos a lo que había antes?

-La palabra usada en latín era congregatio, es decir, una gran comunidad monástica. Vivía en el casco histórico, dentro del perímetro dibujado por la muralla. Además, existía una población campesina, que soporta a esa clase señorial y vive en los alrededores: desde la falda del Naranco hasta la falda de La Grandota, hasta el Cristo de Laspra y, bajando por la actual Tenderina, en el valle que se dirige hacia Siero. Todos esos lugares estaban densamente poblados, pero no eran Oviedo, sino el espacio del que vivía Oviedo. Solo en el siglo XIII se constituyeron en su alfoz, de manera que todo eso pasó a ser el señorío de Oviedo. El concejo de Oviedo era el señor de ese territorio, que prácticamente coincide con el actual salvo por dos incorporaciones del siglo XIX. Era lo que se llamó el concejo de Nora a Nora. Pero esa, como digo, es ya la situación del siglo XIII. Las funciones urbanas, tal como se definen para incluir la actividad comercial, la artesanal, la inmobiliaria y el estatuto jurídico propio, solo llegan ya avanzado el siglo XII y en el XIII. Arqueológicamente, eso se manifiesta por la aparición sistemática de residuos de la vida urbana. Antes no los hay. No se han localizado, a pesar de que en Oviedo se ha excavado bastante. No tenemos un conocimiento exhaustivo, pero sí el suficiente para poder decirlo. Además, también tenemos otra serie de indicadores: el desarrollo de la actividad urbanística (es decir, el momento en que se empieza a parcelar el territorio intramuros); cuándo empieza a desarrollarse la economía monetaria; la fecha del Fuero, que nosotros creemos que es de 1145, no anterior; la llegada de poblaciones francas, que son todas del siglo XII. Solo entonces aquel asentamiento deja de ser la congregatio de los siglos altomedievales y pasa a ser una ciudad.

-La idea de capital del Reino de Asturias pierde sentido, entonces.

-En la Alta Edad Media no hay capitales o son muy escasas. Ese es un concepto vinculado al surgimiento del Estado.

-¿Es un anacronismo?

-Un anacronismo militante. Las Cortes altomedievales son itinerantes y viven sobre el terreno. Otra cosa es que haya residencias privilegiadas por sus usuarios, es decir, aquellas en las que pasan más tiempo. Oviedo fue una de esas, aunque no la única, para los monarcas astures. Si pudiéramos tener el calendario y los itinerarios de Alfonso III, nos daríamos cuenta de que pasó más tiempo fuera de Asturias que dentro, tal como la entendemos hoy día. Tenía residencias en diversos sitios. Pasa tres cuartos de lo mismo con el imperio carolingio, o con los emperadores alemanes y los reyes Capetos que lo sucedieron. La función de capital va vinculada al surgimiento de un aparato estatal que se fija en un territorio. A partir de ahí, emanan las cancillerías. Pero en la Alta Edad Media todo es itinerante, aparte de que existen muy escasas nociones de Derecho Público, aunque ese es otro asunto. Las relaciones son jurídico-privadas y el monarca dispone de los bienes de la Corona como si fueran particulares. Puede donarlos. El fisco está incorporado a su capacidad de disposición.

-¿Le molesta ese uso a la ligera de algunos términos?

-Bueno, son tradiciones historiográficas que vienen del siglo XIX y no se han revisado. Hay una inercia y creo que se necesita esa revisión, porque muchos conceptos no son ajustados y la descripción del pasado que hacemos con ellos no resulta cierta. En Asturias, la inercia es muy considerable por la formación histórico-jurídica de algunos de los medievalistas. Claudio Sánchez Albornoz la tenía, por ejemplo, y también los continuadores de su línea. Eso les llevó a usar y mantener conceptos que chirrían con la realidad que podemos aprehender arqueológicamente y en los documentos de la época.

-Con esos elementos, ¿se podría reconstruir la vida cotidiana de Oviedo hacia el año 900, pongamos por caso?

-La de los moradores eclesiásticos, sí. Se dedican a la oración y tienen unas pautas regladas de comportamiento cultual que podemos intuir. El resto es vida campesina: policultivos de supervivencia y pago de las rentas que soportan a la casta que vive encima. Es muy similar en todo el Occidente europeo. Tenemos más dificultades para reconstruir las estructuras de la familia, porque lo que sabemos acerca de ellas es muy pobre, pero los historiadores del Derecho sí hicieron en los años 50 y 60 aproximaciones que aún son válidas al sistema de propiedad: los repartos, las herencias, la persistencia de los usos colectivos y comunales... Sí conocemos cómo funciona todo eso. Otras cosas, sin embargo, se nos escapan. No sabemos cómo eran los ordenamientos jurídicos anteriores a los fueros, que llegan ya avanzado el siglo XII. Con todo, no cabe duda de que parte del comportamiento cotidiano sí es reconstruible, aunque topamos con un problema común en toda la península ibérica: la falta de ajuares en las tumbas. Desde la época tardoantigua ya prácticamente no los hay, lo que nos priva de conocer mucho de la arqueología material que en los mundos franco, germánico, lombardo y sajón va asociada a las tumbas. Ahí se recuperan muchos objetos de la vida cotidiana que aquí no nos llegan. Los muertos iban a la tumba desnudos.

-Viene usted a cambiar muchas ideas aceptadas. ¿Es Oviedo una ciudad que desconoce sus propios orígenes y se ha dedicado a fantasear acerca de ellos?

-Existe una tradición historiográfica centenaria, derivada de la Edad Media, que nosotros hemos intentado desmontar. Queremos poner en su sitio otra que creemos más adecuada a la realidad. De todas formas, incluso la tradición es nebulosa y muy desconocida para los ciudadanos comunes. La verdad es que nos sorprendió mucho el debate social que generó el artículo cuando llegó a la prensa. Se coló en las tertulias cotidianas de gente ajena a la profesión, sin intereses por la historia, que lo descargó de internet y lo leyó. No sabemos con qué profundidad ni con qué aprovechamiento, pero al menos, durante un par de semanas, les motivó para reflexionar. Eso indica que hay preocupación, al menos entre algunos sectores de la ciudadanía, por hablar de estas cuestiones. Es muy bueno, muy sano, y a nosotros nos viene muy bien. Ahora bien, ¿qué fundamentos tiene la gente? Yo creo que al común de los mortales, a quienes no son profesionales de la Historia, les cuesta mucho percibir las distancias temporales. Se nos da mejor medir la magnitud del espacio que la del tiempo. Para saber qué son 1.200 años hay que hacer un esfuerzo. Si los traducimos a generaciones y ponemos cuatro por siglo, son 48 generaciones en 12 siglos. Y no es fácil imaginar lo que son las relaciones de padres a hijos 48 veces seguidas. La gente tiene problemas para hacerlo.

-Ya es un salto tremendo retrasar casi 400 años la idea de la ciudad desde finales del siglo VIII hasta el siglo XII.

-Claro. La gente tiende a ver el pasado como a través de un teleobjetivo, de manera que todo se proyecta contra el mismo plano. La labor del historiador es devolver a ese pasado la profundidad de campo. No es lo mismo la realidad del siglo VIII que la del siglo XI, o XIII, o XVII, XIX, XX. Da la impresión de que la gente tiene unos pocos hitos colgados, como Máximo y Fromestano o Alfonso II el Casto, sin saber realmente quiénes fueron ni calibrar su papel, o su importancia, o el tiempo histórico al que pertenecieron. O el Fuero, ya en el siglo XII. Ya han pasado 350 años, pero ¿sabe la gente lo que significan 350 años en la Edad Media? Y luego, en la conciencia ciudadana, prácticamente no hay nada hasta la Extensión Universitaria de finales del siglo XIX. Esa Vetusta de Clarín vuelve a ser otro hito que la gente, más o menos, tiene en la cabeza. De ahí se salta al siglo XX, 1934 y 1936, y a nuestra contemporaneidad. Esos son los hitos de la memoria histórica de un ovetense de la calle: la fundación en el tiempo lejano y mitificado de la monarquía de Asturias; el Fuero de mediados de la Edad Media, para el que lo sepa; un desconocimiento absoluto de la Baja Edad Media y la Edad Moderna, porque no han transmitido nada a ese relato; y luego ya el Oviedo de Clarín, que fue, desde luego, un momento brillante para la Universidad y que tuvo una repercusión literaria colosal y situó a la ciudad en la primera línea de las letras españolas. A continuación, inmediatamente coetáneo llega el Oviedo literario de Pérez de Ayala, El Fontán y Cimadevilla. Y poco más.

-Eso nos lleva hacia otra pregunta. ¿Les gusta más a los ovetenses la literatura que la historia? Porque esos trasuntos literarios han tenido más éxito que cualquier volumen de un historiador.

-Sin duda. Estoy completamente de acuerdo. Sobre el Oviedo altomedieval hizo Fulgencio Argüelles su novela histórica, Los clamores de la tierra. Me invitaron a leerla y comentarla en su día y, desde el punto de vista histórico, tiene una reconstrucción ambiental muy lograda. La trama ya es una creación literaria y ahí el autor es libre de hacer lo que quiera. Y ahora se están publicando esas novelas pseudohistóricas sobre Don Pelayo y el origen de la Reconquista. En los últimos años ha habido periodistas que se han lanzado a ese campo porque hay tirón económico y comercial. Pero esas obras de Isabel San Sebastián o José Javier Esparza son otro tipo de producción escrita, no me atrevo a decir si es literatura o historia novelada. No lo conozco como para opinar sobre ello.

-Es curioso cómo funcionan las percepciones. No me había parado a pensar en todo ese salto irreflexivo desde el Prerrománico al siglo XIX en Oviedo.

-También es la tradición de toda Asturias. Hay un primer compás muy brillante con la época del Reino y después un largo silencio y marginalidad hasta la industrialización, que nos vuelve a poner en primer plano. Es la época del carbón y la ciudad burguesa que refleja Clarín. Fue una suerte para Oviedo tener ese novelista excepcional. Ninguna ciudad española tiene una novela como La Regenta, porque Galdós retrató Madrid, sí, pero no solo en un libro, sino en varios distintos. Es algo único: una capital de una provincia pequeña, secundaria y marginal pasa al primer plano. A pesar de ello, el retrato es incompleto. Clarín no toca la vida obrera, salvo como telón de fondo para alguna descripción, y se ocupa de la vida burguesa y aristocrática. Oviedo se proyectó y consiguió una trascendencia muy superior a la que podía aspirar por su realidad histórica. Hay que pararse a pensar que ni Sevilla ni Valencia, que son ciudades mucho más grandes, tienen una novela similar. Ni siquiera Barcelona para esa época, cuando, hacia 1880, debía de tener quizá quince veces más habitantes que Oviedo.

-¿Por qué cree que los ovetenses y los asturianos nos conformamos con esas lagunas entre hitos históricos y no hemos intentado remediarlas?

-Esa es una pregunta para muchos profesionales, cada uno en su campo, en la Universidad o fuera de ella. Cada uno estudia lo que le parece. Hay tradiciones historiográficas con mucha continuidad. Se ha estudiado más la Edad Media que la Edad Moderna, históricamente desatendida. Pero desconozco las causas. Yo también soy medievalista, no modernista.

-¿Tiene que ver con las condiciones en que se enseña la historia en los institutos?

-No lo sé. Soy ajeno al mundo de la enseñanza. A través de mi hijo, veo que no tiene nada que ver con lo que yo recibí en los 70. Los currículos se hacen con otros criterios. No digo peores o mejores, solo distintos. La formación de una conciencia histórica es difícil si se prescinde del hilo cronológico. La enseñanza es complicada si no hay una evolución, si los niños o los adolescentes no van asimilando que primero fue una cosa y luego otra. También habría que procurar que las clases de historia, literatura y arte avanzaran en paralelo.

-¿Es una perogrullada o se ha perdido la idea de orden cronológico?

-En historia hablamos de causas y efectos y reconstruir un pensamiento como causa y efecto es muy difícil ahora, porque el mundo en el que viven la infancia y la juventud es multimedia y está organizado en infinitos polos simultáneos y sin jerarquizar. Cada uno accede a la información que quiere en el momento que quiere, en las condiciones que quiere y en el contexto que quiere. Eso formatea un cerebro de una manera distinta que un discurso lineal, cronológico, con su origen, su desarrollo y sus conclusiones.

-¿Piensan distinto los niños del siglo XXI?

-Viven en un presente continuo porque todo está siempre ahí. Además, el peso infinito de las superproducciones de videojuegos, cine y televisión transmite una imagen de la Edad Media consistente en guerreros, princesas y dragones. Son cuentos de hadas. Y, para muchos niños, esa es la conciencia histórica del periodo. Ante la quiebra de la transmisión científica del conocimiento, estas superproducciones son infinitamente potentes y llamativas. Viven inmersos en ellas. Aunque, al mismo tiempo, también es verdad que nunca había visto tanta afición a las reconstrucciones históricas. Hay sociedades y grupos de amigos que se visten de época y reproducen batallas. Desde luego, hay hambre de conocimiento histórico. El problema es que quizás la academia no está donde debería estar para que la transmisión se haga bien. Público y afición existen. Otra cosa es que beban de una buena fuente o busquen por otros sitios.

-Oviedo tiene orgullo por los monumentos del Prerrománico, que están integrados en el patrimonio que se enseña a todos los visitantes. ¿Pero los conoce de verdad?

-En absoluto. Se puede hacer la prueba de coger un taxi, ir al Naranco y pedir que se distinga entre Santa María y San Miguel, a no ser que el taxista lo haya hecho muchas veces. Santullano es inmensamente desconocido. La gente no sabe cómo guiar a un turista hasta allí ni a pie ni en coche. Es difícil por su peculiar ubicación. Con la Cámara Sana pasa lo mismo. Los visitantes son, esencialmente, foráneos. El local no tiene el conocimiento privilegiado que debería tener por estar al lado. Es curioso que alguien haga cientos o miles de kilómetros para conocer los monumentos y sea el vecino de ellos quien no los conozca. Algunos me dicen que fueron a verlos de pequeños, una vez, en una excursión del colegio.

-Hacer la autopista al lado de Santullano es algo que ya no podría plantearse en el 2018. ¿O sí?

-No. Pero se maltrató. Y el interior no es conocido salvo por quienes van a misa allí. Si preguntamos por la calle quién ha ido a verla, no encontraremos mucha gente. Tampoco es fácil. El horario de visitas no es muy amplio y para la gente vive en el sur de Oviedo está alejada. Al final, lo que queda es precisamente que está al lado de la autopista. O la Foncalada, que es un monumento extraordinario en pleno centro de la ciudad. La gente pasa cotidianamente junto a ella, pero no repara en lo que ve.

-¿Qué se puede hacer para educar a los ciudadanos?

-Muchas cosas, desde la divulgación clásica en publicaciones y guías, hasta el uso de la red y la instalación de una señalización más adecuada y completa. Se necesitan también unos horarios menos escasos. Eso solo para empezar. Hay cincuenta mil cosas pendientes. Y no olvidemos que hay ciudades del tamaño de Oviedo que viven volcadas en su patrimonio y su historia. Lo han hecho muy bien y, gracias a eso, tienen millones de visitantes. En ocasiones, hasta lo han inventado. Aquí, sin embargo, no hay una conciencia administrativa, ni en el nivel local ni en el regional, para una puesta en valor, con una dimensión adecuada, de la riqueza y el patrimonio altomedievales.

-¿Es el Plan del Prerrománico un arma política arrojadiza en vez de una guía de actuación?

-Yo ya vi cinco o seis documentos, uno detrás de otro, en los casi 30 años que llevo estudiando el asunto. No se lleva a cabo ninguno. Afortunadamente, lo que sí se está haciendo ahora es el plan de restauración de pinturas. Ahora se está actuando en el interior de San Miguel de Lillo, ya se ha hecho parte de Santo Adriano de Tuñón y se acometerá Santullano. La intervención depende de la financiación de la Administración Central del Estado, del Instituto de Patrimonio Cultural de España.

-El ayuntamiento trabaja ahora en el bulevar de Santullano y una peatonalización amplia del Naranco. ¿Ayudarán?

-Llevo muchos años oyendo esas cosas. Cuando vea las primeras máquinas en el sitio, hablaremos. En el papel se escribe y se dibuja todo. El compromiso financiero y la voluntad política de ejecutar las cosas me dejan más escéptico.

-Si, gracias a esas actuaciones, surgiera la posibilidad de nuevas excavaciones, ¿qué emplazamientos le parecen más prometedores para aumentar los conocimientos sobre los orígenes de la ciudad?

-San Miguel de Lillo ya  se ha excavado bien, lo conocemos. De Santa María también conocemos el entorno inmediato, pero falta mucho de las zonas más alejadas. Santullano es un completo desconocido y ya ha dado algunas sorpresas como las que presentamos en el Congreso de julio. La Catedral se conoce en parte: bien en el entorno de la Cámara Santa; otras cosas, no. Hemos visto el entorno del palacio episcopal y del Hospital de San Juan, pero quedan cosas por hacer en Santa María del Rey Casto. San Pelayo es completamente desconocido porque la comunidad que vive dentro, lógicamente, supone limitaciones. San Vicente está inédito. Se han hecho excavaciones, pero sus resultados no se conocen en público. Fuera de eso, la Fábrica de La Vega es un sitio interesantísimo. Por ahí estaba el palacio de Alfonso II el Casto. Puede que con ocasión del plan de La Vega haya ocasión de sondearlo y ver si queda alguna de sus estructuras arqueológicas. Es un solar muy importante.

-¿Ser Patrimonio Mundial, en vez del final del proceso de conocimiento, solo fue el principio?

-La inclusión en la Lista del Patrimonio Mundial tiene grandes ventajas. Catapulta los monumentos hacia el escenario internacional y, como está sometida a vigilancia, evita males mayores en la conservación bajo la amenaza de perder la declaración. Eso obliga a las administraciones a estar vigilantes, en tensión, a preocuparse. Pero, por lo demás, es un nombramiento honorífico, sin compromisos financieros. La UNESCO no tiene competencias administrativas sobre ningún monumento ni puede obligar a nadie a hacer nada. Algunos monumentos mejoran muchísimo desde su reconocimiento, como los cascos históricos de ciudades españolas. Quien conociera Toledo hace 30 años y lo conozca ahora sabe que no tiene nada que ver. Segovia o Ávila también han prosperado. Y Cáceres o Santiago. Ha habido inversiones en el casco y aumentado la afluencia de visitantes y turistas, se han recuperado inmuebles y ha habido reconversión económica. Pero en otros casos no se han visto esas mejoras. En Oviedo y, en general, en Asturias hay mucho por hacer.

-¿Es más fácil cuidar un casco histórico compacto que unos monumentos dispersos?

-También es más complejo. Un casco histórico tiene residentes, vecinos, y alrededor de Santa María y San Miguel no vive nadie, por ejemplo. Santullano sí tiene un problema muy serio, el tráfico, como es bien sabido, que es su piedra de toque. Y la Foncalada está metida en su manzana. Se hizo un acondicionamiento, que iba a ser provisional, a principios de los 90 y ha devenido en definitivo porque no se ha vuelto a hacer nada. Se derribó un inmueble entero a su lado, pero no se excavó. Hace falta, está pidiéndolo a gritos, aunque es evidente que ahora tenemos un conocimiento infinitamente superior sobre ella del que teníamos hace unos 30 años, cuando se iniciaron las obras. Recuerde que fue casual: una reparación de una cañería provocó el descubrimiento de la estructura, que estaba soterrada.

-¿Cree usted que falta algún gran descubrimiento que arroje luz sobre los primeros siglos de Oviedo?

-Sí. Lo que aparezca en el entorno de Santullano y La Vega va a ser muy importante. En Foncalada hay que perfilar el entorno, intervenir en la parcela de al lado, que no se ha hecho. La Catedral y San Pelayo son aún indispensables. Se ha excavado en los aledaños de la Cámara Santa, pero el conjunto de la Catedral nos es absolutamente desconocido. Ahí bastarían inspecciones con georradar. Está sobre una peña y no cabe esperar grandes muros porque no puede conservarlos en ese tipo de terreno, pero sí huellas de la cimentación antigua del templo de San Salvador. De Santa  María y el Panteón, lo mismo. Todo eso está por hacer. También es muy desconocido el barrio en torno a San Isidoro. Hay plantas sacadas en el siglo XIX, pero hay mucha arqueología pendiente. Algunas zonas de Oviedo se conocen mejor que otras porque ha habido más renovación de las casas. Se han excavado más solares en la calle Mon, o en la Rúa y Cimadevilla, que en Salsipuedes o las calles que van a dar hacia el Paraguas. Ahí se han renovado menos inmuebles y la arqueología va a rebufo de la promoción urbanística. La licencia de construcción apareja la excavación arqueológica, pero solo se excava donde existe promoción. Por eso hay zonas desconocidas. En torno al Castillo, donde está la Telefónica, no conocemos nada. Se sondearon las calles de alrededor, pero de la cimentación, que está bajo el edificio actual, no sabemos nada.

-¿Ha faltado método y se ha avanzado con parches?

-Eso es normal. Pasa en todas las ciudades. Son muy escasas las que disponen de un plan arqueológico centralizado. Mérida, Valencia, Lugo y Tarragona, y pare usted de contar, me parece a bote pronto. La arqueología pura en una ciudad histórica y habitada es muy difícil porque provoca unas limitaciones enormes, además de lesiones de derechos a los residentes que no son asumibles.

-¿Sufre por ello la conservación de los restos?

-No. La conservación de lo subterráneo, normalmente, es estable. Ahí abajo está bien protegido. Sufre el metal, evidentemente. Pero las estructuras de piedra, una vez que su nivel de demolición es el que es, se fosilizan, por así decir, en el suelo. Se degradan si se exhuman y quedan expuestos al medio ambiente. Normalmente, vuelven a encriptarse, se las mete en sótanos o debajo de construcciones que las protegen, como se hizo con el Hospital de San Juan y el palacio de Alfonso III, que quedaron muy dignos debajo de su cripta en la calle Schultz. El disparate habría sido dejarlas al aire.

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