«Mi obra maestra», amistad con mucho de golfa

El guion de Andrés Duprat para su hermano Gastón afloja en algunas de sus costuras, por previsible o por renunciar a ir algo más allá de su corrosiva mirada hacia el mundo del arte


Que te lo pasas bien, claro. Que acabas encariñado con el marchante vendedor de humo y el artista que ya no pinta, también. Que Guillermo Francella y Luis Brandoni son dos actores supremos, ni se hable más. Otra cosa es que el guion de Andrés Duprat para su hermano menor Gastón -aquí separado de Mariano Cohn, que asume funciones de productor- afloja en algunas de sus costuras, por previsible o por renunciar a ir algo más allá de su corrosiva mirada hacia el mundo del arte y no pocas puyas sobre la burguesía argentina. Mi obra maestra es la crónica de una amistad de años entre dos personajes casi como agua y aceite, y que no están llamados necesariamente a entenderse: el artista que deja su arte en los lienzos y el marchante que se forra a su cuenta a base de mucha labia, con algo de ladino y no poca caradura. Son distintas, sí, pero Duprat no llega al nivel de El ciudadano ilustre -codirigía Cohn-, que allí fustigaba al igualmente tóxico mundo de la literatura entregada al mercadeo.

Coincide en aprovechar sendas perchas, el arte y las letras, para arrojar sobre el público local, y de paso sobre el resto del orbe, unas cuantas garrafas de vitriolo. Acompañadas, faltaría más, de una fuerte dosis de comedia negra, sostenida sobre unos diálogos cuidados y lo anotado, un inteligente mano a mano entre Francella y Brandoni, con Raúl Arévalo en un personaje con serias dificultades para resultar verosímil, de tan pasado que va de frenada o, si se prefiere, tópico. Pero sobre todo es la crónica de una relación sometida a numerosos vaivenes. Y con la muerte del artista -ahorremos espóiler- el galerista aprovechará para revalorizar su obra a extremos alucinantes, no solo entre la gente de pasta bonaerense, sino también en el mercado internacional. Llegará un momento en que se requiera más obra, sobre todo del período de los años 80... La película busca, y consigue, la complicidad del espectador. No descubre nada nuevo, pero ofrece hora y pico que te deja con la sonrisa en la boca, que no es poco. Y, sobre todo, lo anotado más arriba: Francella y Brandoni en estado de gracia.

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