Manuel Badás e Inquiquinante Danza estrenan en Laboral su particular visión del mito de Orfeo y su amada para hablar de los sentimientos de un hombre a través de una mujer
20 dic 2018 . Actualizado a las 16:57 h.Cuando uno aborda una obra en solitario, así en genérico y dicho a las claras, se enfrenta principalmente a dos retos: por un lado, el imponderable reto de sujetar un solo en el escenario, en este caso el bailado por Manuel Badás (Gijón, 1985); y, por el otro, la obligatoria necesidad de que la pieza al completo, como algo único, se sostenga creíble y con holgura durante un tiempo narrativo y dramático concreto en la expresión. Aparte, todo ello debe funcionar de verdad y con solvencia; y, sobre todo, no aburrir, que, dicho sea de paso, es el primer temor que se alberga.
La pieza que Badás estrenó el pasado jueves en la caja escénica del teatro de la Laboral no solo no aburre, sino que aguanta más que bien la hora larga que dura. Su Eurídice sin Orfeo es una apuesta tan personal como atractiva, que nos devuelve parcialmente a los orígenes del coreógrafo y, al tiempo, nos trae, aquí y ahora, el crecimiento escénico y lírico de un creador de probada versatilidad y realmente importante en Asturias. Es lo que hay y lo que tenemos, ni más ni menos. Pero vayamos por partes.
Recoge mi alma y bésala (2010), una pieza que dejó claro quién es Badás, se recupera en parte en esta Eurídice por la vía de mostrar la trigonometría de esa espalda tan bailada del asturiano. Un gran trozo de piel y músculo que funciona como encaje tectónico, cilíndrica sinuosidad envolvente, caliente y elástica que dirime la pauta de la interrogación y el inicio de la exposición. Y qué maravilla poder ver esa acción. Resulta imponente esa manera de hablar; esa facilidad natural para una técnica o contorsión (da igual) con la que Badás explica calladamente el pormenor de su empresa: el resumen de su amor y desamor, dicho en primera persona a través de su Eurídice. Excelente apunte, excelente introducción.
Desde la aportación de Recoge mi alma y bésala, Badás ha ido buscando alientos y experiencias que profundizaran en esa vertiente que, aunque cortante y distante en ocasiones, es profundamente lírica, y conecta la mayoría de sus trabajos con un ensamblaje creativo muy interesante y enriquecedor. Esta Eurídice sin Orfeo obedece a esas mismas premisas, pero instalándose algo más allá: la implicación autobiográfica directa y unida a su ya reconocible (y extenuante) capacidad de entrega: ambas cosas a la vez y en escena. Realmente humanizador. Y esperanzador.
Esta nueva obra, una pieza montada en Gijón en régimen de residencia, y también en Laboral, se divide en un preludio y tres actos, con una duración aproximada de 70 minutos, un tiempo largo y más que suficiente que pone a prueba al espectador. ¿Se ha pasado, se ha quedado corto?
Pues, en honor a la verdad, se ha quedado en donde tenía que quedarse: en su medida y con su mirada. El protagonismo de la voz, el testimonio personal y un pequeño texto de creación propia, junto con otras palabras dichas, no dejan que se atomice en exceso la parte que la danza tiene de pauta improvisada y, por tanto, de más difícil reclamo o interpretación. La pieza arranca, como ya es habitual en Badás, directa y con potencia. Desnudo, en el suelo, y con una chaqueta femenina brillante y negra, se presenta Eurídice, micrófono en mano, diciéndonos qué hace y por qué está. Y ahí está su pene en escena, y gracias a la excitación del momento algo endurecido: el pene como un pezón. Así de claro: visual.
“Ódiame, por Dios te lo pido”
El desnudo es un recurso habitual en la danza performativa y contemporánea, pero en Badás muestra una sinceridad casi absoluta; y no porque veamos su cuerpo, sino porque su visión bailada sobre el amor le dispone a franquear incluso su propia verdad y no sentirse tan omnipresente. Y, a la vez, es tan personal todo lo que cuenta, que uno tiene la sensación como espectador/a de que se inmiscuye directamente en la intimidad de un dolor (o de una felicidad) que nos recuerda lo franqueables que somos y lo mucho que nos importa, en el fondo, sentirnos bien queridos, saber ser queridos. Porque la clave aquí es el bienquerer, no lo contrario.
El amor, tan frágil y épico algunas veces, dependiendo de sus propias circunstancias, lenguas, territorios y avatares, vuelca toda su irracionalidad en pensamientos valientes que Badás traspone a su propio cuerpo, tal como lo haría una mujer. Esa trasposición se hace de frente, siendo valiente, erótica y espléndida, sin dejar nunca de ver a un hombre, a un buen hombre, en un cuerpo muy griego, dejándose acontecer. Es una traslación bien hermosa. Y casi, casi de lo mejor.
Badás aborda el mito de Orfeo y Eurídice desde un punto de vista muy personal; un ir y venir dramático, de lo micro a lo macro, sin que apenas chirríe nada, salvo, quizá, el concepto de amor tóxico (bastante manido como sintagma léxico). Y se adentra en el aspecto autobiográfico de una forma tan honrada y veraz, que la forma visual y poética que el bailarín nos quiere dar en directo se transmuta en el sentido bailado de su propia experiencia: «Quería contar ciertas cosas de mi vida, de mi vida en pareja, de la violencia y el amor dentro de la pareja; y encontré en este mito los argumentos más apropiados para hacerlo, pero sobre todo en las versiones para ópera». Vamos, en todo aquello que le permitiera encontrar el pasaporte hacia una idea argumental original, explicaba el bailarín gijonés días antes del estreno.
Y esta entrega solipsista, además de la hermosura en la autenticidad que conlleva, es donde una puede apreciar instantes verdaderamente inusuales en escena, como el momento en que se produce y sale la danza del cuerpo y se convierte, a ojos vista, en el danzante-creador ofrecido en directo al espectador. Esa doble cualidad es lo que es capaz de dar Badás. Consideraciones técnicas al margen, debe decirse que este es un aspecto que no está al alcance de cualquiera que baile o que pretenda bailar.
Dejando a un lado experiencias personales, querer descifrarse a través de la revisión de un mito es una apuesta que también destila un pulso actual y moderno, tal como lo expone el mismo bailarín a través de la danza: Eurídice no necesita de ningún Orfeo para ser feliz, y tampoco necesita ser rescatada de ningún Averno. Eurídice, nos dice Badás, sabe ir de fiesta. Una fiesta a la que asisten las voces cantadas de Camela, Rocío Jurado, María Jiménez, Lola Flores, Los Chunguitos o Azúcar Moreno, pero con todo el sentido y respeto de guiño al humor.
La obra cuenta con música original del pianista Juan José Ochoa, coautor del otro gran acierto coreográfico del gijonés, Longing for breath (2016), y que para esta ocasión ha atemperado su piano preparado con el ánimo de dar la porción adecuada de asonancia/disonancia a un motivo explícito de confesión pública. La música ayuda al ofrecimiento del hacer testimonial, y también a lo que tiene de introspectivo.
A modo de coda, decir que las creaciones de Badás nunca suelen buscar el entretenimiento por el entretenimiento (algo de agradecer). Es una constante de su trabajo y es verdaderamente importante, entre otras consideraciones, porque sigue fundamentando la idea literaria de la función social del bailarín de contemporáneo en el presente; algo de lo que ningún coreógrafo ni danzante deberían desprenderse con tanta facilidad como a veces parece que lo hacen.
Es deseable no solo seguir por esa senda creativa, tan rica y expuesta, sino que el camino creativo abierto mantenga ese nivel de honestidad con las ideas y argumentos que toquen en cada momento. Sería interesante, incluso, que pudiera ahondar en otro tipo de temáticas, políticas o sociales, sin ninguna clase de filiación; y ver qué pasa. O algo más allá: probar con la dirección y creación coreográfica de algo más amplio. Algo bueno saldría. Seguro.
Ficha artística
Eurídice sin Orfeo
Coreografía, dirección e interpretación: Manuel Badás
Música original: Juan J. Ochoa
Diseño de iluminación: Antiel Jiménez
Diseño de vestuario: Raquel Ibort
Producción: Inquiquinante Danza en el marco del Centro de Recursos Escénicos del
Principado de Asturias y apoyo de Harinera Zaragoza.
Inquiquinante Danza es compañía residente en El Huerto Espacio Escénico
Una producción de Inquiquinante Danza. Estreno absoluto, 13 de diciembre a las 20:30 horas, en la caja escénica del teatro de La Laboral. 2018, Gijón.