«Un asunto de familia»: Secretos de familia

CULTURA

La película nos devuelve al mejor Kore-eda, el que con su pulso y maestría nos lleva de lo que inicialmente podría parecer una comedia dramática costumbrista al drama total de complejidad moral

29 dic 2018 . Actualizado a las 10:59 h.

Toda película de Kore-eda es siempre bienvenida por estos lares, pero cierto es que en los últimos tiempos parecía haberse estancado en una fórmula (la suya propia) que tan bien le funcionaba, sin mayor avance a la vista. Sin embargo, Un asunto de familia nos devuelve al mejor Kore-eda, el que con su pulso y maestría nos lleva de lo que inicialmente podría parecer una comedia dramática costumbrista al drama total de complejidad moral, sin sensiblerías mediante.

Galardonada con la Palma de Oro en el último Festival de Cannes, esta película narra las aventuras y desventuras de una familia de bajo extracto social que sobrevive en parte gracias al hurto, que el propio padre enseña a sus hijos pequeños. La incorporación de un nuevo miembro (la línea entre el «rescate» y el «rapto» es tenue) refuerza las relaciones entre todos los miembros, aunque pronto un accidente lleva a revelar los secretos más ocultos de este aparente remanso de paz familiar, dando un giro total a la trama cuando ya el metraje ha pasado su mitad, y conduciéndonos con ello a replantearnos todo los que se nos había mostrado en pantalla hasta el momento.

Como es habitual en el director, nos encontramos ante una obra sensible de complejidad cautivadora, que trata temas como la memoria, la muerte, el duelo o, sobre todo, la familia. Más concretamente, la relectura de la institución familiar y del concepto de familia como unidad marcada por el nacimiento y los vínculos genéticos. La verdadera familia, nos dice Kore-eda, no siempre tiene que ser la de sangre, y en torno a dicha idea construye una película conmovedora, un drama no lacrimógeno si no de verdades desnudas, donde busca -y encuentra- la belleza en un ambiente de miseria, en la pobreza de unos suburbios a los que apenas se presta atención, pero donde las relaciones humanas se afianzan y cobran valor sobre todas las cosas.