Adiós a Sam Savage, el Quijote que escribió «Firmin»

Fallece un maestro en trenzar humor con filosofía que llegó a la literatura y al éxito al final de su vida. Sus libros son una reivindicación de la cultura y de las librerías

Sam Savage era la prueba del maridaje entre civismo y lectura
Sam Savage era la prueba del maridaje entre civismo y lectura

Mecánico de bicicletas, pescador, tipógrafo, carpintero. Así de diverso era el escritor Sam Savage, que falleció este jueves a los 78 años recibiendo los elogios de la crítica y de todos los amantes de su obra. Autor de libros tan capitales como Firmin, que tuvo unas importantes ventas en España, o El lamento de los perezosos (ambos ya con ediciones de bolsillo), Savage era un hombre de otra época. De los que creían que la experiencia múltiple en la vida era fundamental para sentarse a escribir, sin despreciar los conocimientos académicos. El creador era doctor en Filosofía por Yale, donde dio clases. Oriundo de Carolina del Sur, nació en 1940, residía en Madison, Wisconsin.

Explosión tardía

Nunca es tarde si la dicha es buena. El tópico se cumple con Sam Savage. El salto definitivo del norteamericano a la literatura no se produjo hasta que ya había cumplido seis decenios. Es de esos genios que explotan al final de sus vidas, como le sucedió a artistas tan distintos y distantes de él como José Saramago y Andrea Camilleri. En los tres, con producciones totalmente dispares, se cumple que, como el vino, envejecer es clave para gozar de un sabor que es excelencia.

Sus libros vieron la luz en castellano en la casa Seix Barral. El éxito internacional le llegó también tarde, en realidad, con la reedición de Firmin, que es su novela totémica. «Los amantes de la literatura nos sentimos un poco huérfanos. El mundo de las letras está de luto», aseguraba este jueves el sello que dirige Elena Ramírez sobre la muerte de Savage. Una editorial que cuantifica en más de un millón sus ventas en distintos países desde el bum de Firmin y de otras obras como El camino del perro o Cristal.

Filósofo, él sabía que la trama de la razón y la reflexión se construye solo con maestría desde el humor. La ironía inunda sus libros y hace flotar a los lectores en un manantial de inteligencia. Firmin es el típico título que funciona con el boca oreja y que multiplica por sí mismo el número de ediciones con múltiples traducciones. El ingenio de Savage pone a leer a una rata en una librería destartalada y la hace contactar con un librero, su héroe, y un escritor fracasado. En estos tiempos de naderías digitales, nada como la lectura luminosa de Firmin para apostar todo al tiempo de leer como tiempo de sabiduría. El libro se convirtió enseguida en una reivindicación de las librerías como pequeñas tiendas a las que uno acude como quien va al médico del alma. Savage es de los que creía firmemente que cada vez que cierra una librería se produce una herida enorme en la ciudad que lo sufre.

La necesidad de la cultura

Con su apuesta por el mundo un tanto loco de las letras se postuló -ya mayor y con ese aspecto que tenía de Walt Whitman delgado o, si se españoliza, de don Quijote- como adalid de la cultura, ese último peldaño en el que todavía nos podemos redimir para observar el disparate del mundo razonablemente a salvo.

En el fondo lo que Savage pretendía decir a sus lectores con alegorías es que la tristeza siempre llega de la mano del humor y de la inteligencia. Pero que, en una librería desordenada, estamos a tiempo de morir con dignidad devorando sueños y pesadillas de los creadores. Algo que reiteró en la genial El lamento de los perezosos, donde pone a escribir al protagonista, Andrew Whittaker, cuya biografía deshecha en ruinas se salva tecleando sin parar: bocetos de novelas, cartas de rechazo a aspirantes a escritores o carteles para sus incívicos vecinos. Savage: el civismo culto frente al exabrupto de hoy.

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