Torrente, fin a veinte años de olvido

El aniversario de la muerte del autor anima a las editoriales a relanzar obras tan relevantes como «Los gozos y las sombras», «La saga/fuga de J.B.» y «Don Juan»

GONZALO TORRENTE BALLESTER ACOMPAÑADO DE SU MUJER MIRA SU BUSTO
GONZALO TORRENTE BALLESTER ACOMPAÑADO DE SU MUJER MIRA SU BUSTO

Veinte años después de rematar en 1962 el último tomo de la trilogía Los gozos y las sombras se estrenó la adaptación televisiva que dirigió para RTVE Rafael Moreno Alba. Entonces dijo Gonzalo Torrente Ballester que, aunque entendía que eran medios expresivos diferentes, el erotismo de la novela era más intenso que el que traslucía la pequeña pantalla. Veinte años después de su fallecimiento en aquella fría madrugada salmantina del 27 de enero de 1999, el mundo editorial conmemora tal efeméride y lo hace dirigiendo su mirada de forma especial al ciclo integrado por El señor llega (1957), Donde da la vuelta el aire (1960) y La pascua triste (1962). Los sellos Alfaguara y Alianza relanzan una obra que supuso, en la primera mitad de los 80, un salto cualitativo en el reconocimiento popular de la figura de Torrente, que hasta entonces se apreciaba apenas en círculos académicos e intelectuales.

El exdirector de la RAE Darío Villanueva corrobora que Torrente fue «un autor injustamente tratado» y que el primer respaldo de crítica y lectores no le alcanzó hasta La saga/fuga de J.B. (1972), cuando acumulaba 30 años de escritura. A ello ayudó, dice, una reseña elogiosa de Pere Gimferrer. Coincidía con un momento en España en que, con Tiempo de silencio de Martín-Santos, afloraba la novela experimental y en el que él decidía seguir la línea que marcaba Iberoamérica con Cien años de soledad. Los juegos de estilo y de estructura destruyen la coherencia de los personajes y de la historia, recuerda Villanueva que pensaba Torrente, por lo que se inclina por seguir un modelo, el realismo mágico, que observaba de cerca desde su trabajo en la Universidad de Albany: tratará de que estos juegos no torpedeen la narratividad. El posterior éxito televisivo extraordinario que logró Los gozos y las sombras refrendó al fin la carrera del autor ferrolano. Villanueva cree curioso que ahora se rescate una obra que le dio «ese marchamo de popularidad», ya que al tratarse de una trilogía entiende que es una apuesta editorial más arriesgada.

Aunque asume que quizá es una acción comercial un tanto romántica, Pilar Álvarez, directora editorial de Alfaguara, sostiene que recuperar en un solo volumen y con tapa dura Los gozos y las sombras es solo hacer justicia a «uno de los grandes hitos de la narrativa del siglo XX. ¿Qué pasa si no con los clásicos, los condenamos al libro de bolsillo?». Una obra de estas dimensiones se merece, incide, un empaque que haga honor a sus valores. En estos tiempos de defensa de los derechos de la mujer, prosigue Álvarez, «ha de reivindicarse además a Clara Aldán como uno de los grandes personajes femeninos de la literatura en español». Y vuelve sobre la ficción televisiva en la que la actriz Charo López le da vida y «refleja brillantemente lo que es la mujer del norte, una heroína», que fundamentó además, para varias generaciones, uno de los mitos eróticos más poderosos de la cultura popular. «No sé si un millennial se plantea o no descargarse en la tableta esta serie de la web de RTVE, pero se lo recomendaría porque seguro que la va a disfrutar», asegura la editora.

Lectura en clave política

Así, anima a los jóvenes a adentrarse en la obra con ojos nuevos, porque hallarán un reflejo de las cosas que están pasando hoy, como esa lucha, señala, entre el cacique, que se resiste contra un cambio de paradigma, y el hombre que llega de fuera con ideas nuevas, un enfrentamiento en que pugnan dos formas de entender la vida, el poder e incluso el amor. Admite perfectamente una lectura moderna, recalca, que debe evitar la clave costumbrista para primar su importancia como obra política que aborda los años previos a la Guerra Civil y dibuja «un microcosmos perfecto de lo que es España». La intención de Álvarez es «impedir que la obra de Torrente se diluya en el catálogo», pero reconoce que es un momento difícil para un autor que, veinte años después, «ni es un clásico aceptado universalmente ni es una novedad».

Le da la razón Villanueva que confirma que cuando un autor fallece su obra atraviesa un período de sombra que no siempre es fácil superar: «Un caso flagrante es Azorín, que sigue sin recuperarse y salvo el interés académico nada se sabe de él». El catedrático recuerda que Los gozos y las sombras -da una visión completa de lo que era la Galicia de inicios del siglo XX, ensalza- se enmarca en la poética del realismo clásico del XIX. Y la conecta a la línea que trazaban en Francia Jules Romains con su ciclo de Los hombres de buena voluntad y las sagas decimonónicas de Balzac y Zola.

El filólogo vilalbés explica que Torrente quiso triunfar en el teatro pero su intento no cuajó. Fue entonces cuando escribió en Santiago aquella novela, Javier Mariño. Llegó así a la narrativa para quedarse. Y ya nadie discute que hoy «es un escritor extraordinario que dejó media docena de textos fundamentales para la narrativa contemporánea española», reseña el académico, que sitúa su culmen, incluso por encima de La saga/fuga de J.B. -«para mí, siendo maravillosa, es demasiado alambicada, sofisticada»-, en Fragmentos de Apocalipsis, que, «aunque de planteamientos similares, es mejor, una novela más limpia».

El éxito de crítica y la televisión, rememora Villanueva, hacen de Torrente un escritor de culto pero con público, con una obra que circula y vende. «Y él -subraya- siempre fue un profesor que quiso legítimamente ser un escritor profesional, vivir de la escritura». Algo que, dice, quizá explica ese giro en los 80 hacia una literatura más convencional, que buscaba gustar al lector.

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