Steven Spielberg contra Netflix: no quiere el «streaming» en los premios Óscar

El director planteará a la Academia un cambio en la normativa de las nominaciones. Considera que un buen telefilme se merece un Emmy, no un premio de Hollywood


Steven Spielberg no está ni un poco dispuesto a mover los marcos. Que el cine es cine -es oscuridad y es pantalla grande-, y el cine para televisión es eso mismo, televisión, tanto da que se consuma en un aparato con tubo o en una smart TV, en la tableta o en el mismísimo móvil. ¿Qué pintan ahora sus creadores compitiendo en la misma liga que aquellos que producen única y exclusivamente para salas de butacones de piel? ¿Qué hacen en Cannes y, sobre todo, con qué derecho pugnan en los Óscar, la batalla más disputada del sector? El cineasta, escéptico y enfadado, lo tiene muy claro: no quiere ni oír hablar de Netflix en los premios de Hollywood. Tan determinante es su postura que ya ha propuesto a la Junta de Gobernadores de la Academia, que se reunirá el próximo mes de abril y de la que él mismo forma parte, un cambio en la normativa de nominaciones.

Actualmente, para que una película sea elegible a los Óscar es necesario que se proyecte en cines de Nueva York y Los Ángeles durante al menos una semana. Si esta estancia mínima se alargase por norma -la baza que, al parecer, pretende jugar el purista director-, no solo el streaming se vería en un aprieto, también productoras con presupuestos contenidos y de habla extranjera. Según las reglas vigentes, aprobadas en el 2012, las cifras de taquilla no influyen en la selección de candidatas y no es requisito indispensable una ventana de exhibición exclusiva. Pero desde entonces, mucho han cambiado las cosas.

Spielberg no está solo. Le secundan en su postura otros grandes del sector como Nolan, Tarantino, Sofia Coppola o, más cerca, Pedro Almodóvar, quien hace un par de años manifestó como presidente del jurado de Cannes que no veía bien que la Palma de Oro se otorgase a un filme que, después, no iba a verse en cines. «No significa que no esté abierto a las nuevas tecnologías y a las oportunidades, pero mientras esté vivo voy a luchar por la capacidad de la hipnosis de una pantalla grande para el espectador».

La visión romántica es la razón más categórica y recurrida, pero no la única: ¿Qué otros argumentos sostienen quienes no quieren más Romas con estatuillas doradas? Entre las quejas más comunes, la de la pasta es quizá la más blandida. Netflix (y Hulu, y Amazon, y cuidado, que viene Apple) tienen dinero, mucho; en la película de Cuarón la compañía de Reed Hastings se dejó unos 44 millones de euros solo en promoción, mientras que la cinta que finalmente resultó ganadora, Green Book, se gastó solamente unos escasos cinco millones. Y luego está el tema del alcance: las producciones de Netflix están disponibles 24 horas, los siete días de la semana, en 190 países de todo el mundo de forma simultánea. La balanza parece, pues, un tanto desequilibrada.

«Cada vez más cineastas permitirán que las empresas de vídeo bajo demanda financien sus películas con la promesa de una pequeña ventana cinematográfica durante una semana para poder optar a los Óscar u otros premios. Sin embargo, una vez que se comprometen con un formato de televisión, son películas de televisión», declaró, tajante, Spielberg ya el año pasado. «Una vez que estrenas en televisión, has hecho un telefilme. Y un buen telefilme se merece un Emmy, no un Óscar», añadió.

Roma llegó al Dolby Theatre. Y se llevó tres premios. Pero perdió. Los académicos no la votaron como mejor película y mandaron así un mensaje muy claro: el Óscar no se puede comprar.

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