Truculenta intriga en torno a las pinturas negras de Goya

González Harbour firma la cuarta entrega de la serie de la comisaria María Ruiz


Madrid / Colpisa

Hace dos siglos Francisco de Goya reflejó lo más oscuro de nuestra esencia en las siniestras pinturas con las que decoró su casa, la Quinta del Sordo, y que hoy están en el Museo del Prado. «Ahora volvemos a vivir esa España de los garrotazos, bárbara, negrísima y capaz de autodestruirse», dice Berna González Harbour (Santander, 1965) ante las negras pinturas del genio de Fuendetodos. En torno a ellas ha armado una nueva intriga criminal que debe desenmarañar su comisaria María Ruiz. Es la cuarta de la serie y tiene el muy goyesco título de El sueño de la razón (Destino) que parafrasea uno de los más icónicos grabados de Goya. Un artista genial «que nos cuenta, nos piensa, nos representa y nos interpela, pero al que no valoramos como merece y a quien damos la espalda», lamenta la narradora.

¿Es posible acercar la muerte al arte? ¿Puede la locura convertirse en creación? Preguntas como estas hacen avanzar la trama que González Harbour desarrolla en escenarios goyescos, basculando de nuevo entre lo más oscuro y lo más luminoso del Madrid del siglo XXI y de sus gentes y conectándolo con el del XIX. «Las pinturas negras son el mejor infierno para encajar un trama criminal con un perturbado que se acerca al arte por su capacidad de destruir antes que por la de crear», expone. Su novela «constata que la maldad no cambia y que la historia está llena de personas que intentaron destruir el arte porque es poderoso y quieren ser igualmente poderosos con su destrucción».

«Goya fue luz y sombra de su tiempo y lo es hoy: pintó el Madrid más luminoso y feliz, pero tres décadas después también pinta lo más siniestro y oscuro de la corte. Representa como nadie ese viaje de la belleza a la maldad y el horror, del amor al odio, del deseo al desprecio, de la felicidad a la crueldad y de la creación a la destrucción que hoy sigue explicándonos cómo somos», enumera la escritora.

Autodestructivos

La comisaria Ruiz está también en una fase «negrísima» como «la realidad que retrata», admite la periodista y escritora cántabra. «Tenemos un gran país pero insistimos en la autodestrucción ahora, como hace ochenta años con la Guerra Civil y como hace doscientos años en la de Independencia», sostiene. «Es como si fuéramos incapaces de reconciliarnos con nuestras virtudes pero capaces de dimitir de la razón, y esa es nuestra tragedia contemporánea» agrega ante Duelo a garrotazos, la pintura «que refleja esa España que ha vuelto doscientos años después, negrísima y maravillosa a la vez, capaz de lo mejor y lo peor».

En plenas fiestas de San Isidro la diversión bulle en torno al río Manzanares. Pero la aparición de unos animales muertos según una macabra pauta es el primer indicio de una anomalía que pronto dejará otra huella letal: la ejecución quizá ritual de una joven becaria acosada por su profesor de arte en una de las presas del río. Y no será la única.

La policía investiga distintas hipótesis, pero los truculentos sucesos empiezan a conformar una serie de escenificaciones que llevarán a María Ruiz hasta el legado de Goya, enhebrando una inquietante trama. Apartada del servicio, expedientada, sin equipo ni uniforme, sin placa ni pistola, la comisaria se enfrenta esta vez a un asesino de extrema inteligencia, obsesionado con Goya y con enorme capacidad de manipulación. Realiza un escalofriante viaje por el lumpen que puebla hoy el territorio goyesco, con okupas, mendigos y delincuentes de todo pelaje par desentrañar una serie de asesinatos que confirman como «la perturbación mental se convierte en obsesión, hasta llegar a considerar la muerte una forma de arte».

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