«Leaving Neverland»: Sospechoso, sí; escalofriante, también

¿Cómo recordamos ahora a Michael Jackson?


Creer o no creer a las víctimas. Ahí fluctuamos, en este momento histórico de voces -véase el #Metoo-, pero también de mucho ruido. Qué dilema. Ahora que somos valientes, resulta tan fácil aceptar a pies juntillas testimonios como difícil tragárselos todos. ¿De qué manera hacer criba con el adjetivo «falso» omnipresente, tomar una u otra dirección? Justamente de fariseo, de adulterado, ha sido tachado ya el nuevo y polémico documental sobre Michael Jackson producido por HBO y que a España ha llegado de la mano de Movistar+. La pieza, de dos episodios -de dos horas de duración cada uno-, poco ahonda en realidad en el rey del pop como tal, nada en absoluto en sus prodigiosas cuerdas vocales ni en sus movimientos de infarto; su intención es otra: la de detenerse en el ser humano, concretamente en su condición depredadora, en los abusos sexuales que supuestamente infringió a dos menores a principios de la década de los 90.

El cuerpo pide cautela al enfrentarse a Leaving Neverland, un trago muy amargo que deja las tripas del revés -bien apaleadas de tanto contraerse-, pero que cojea de esqueleto, al menos del que exige un género concebido para expresar con recursos audiovisuales un aspecto de la realidad. Sus carencias son identificables incluso para el ajeno al universo del excepcional bailarín y coreográfo fallecido hace exactamente diez años y hay en él chirridos de más: dos testimonios sospechosamente idénticos, como trazados con escuadra y cartabón; ningún atisbo del entorno del señalado que le muestre al espectador otra versión, el contraataque, otro argumento con el que confeccionar una conclusión propia.

Dos adultos, Wade Robson y James Safechuck, recuerdan ante las cámaras el infierno que vivieron en Neverland cuando tan solo eran dos críos de diez y 7 años respectivamente. Lo hacen después de negar durante años y años que ese hombre amigo de los niños, capaz de inclinar su cuerpo 45 grados sobre el escenario, jamás les había puesto una mano encima. Hablan con admiración y también cariño, tono idéntico al que recurren sus familias y parejas actuales, con una templanza pasmosa y casi embelesados todos al trasladarse de nuevo mentalmente a aquel rancho de Santa Bárbara con carruseles infantiles y chimpancés. Construyen, sobre todo, los protagonistas un relato que, en cambio, es gráfico y puntilloso, unos hechos tan repugnantes como fríos y distantes que han sido escupulosamente desmontados en las redes sociales y sobre los que no hay ninguna condena judicial al respecto.

Y sin embargo. Somos capaces de ver al monstruo que disfrazó de amor la perversión e incapaces de entender cómo una madre permite dormir a su niño con un adulto noche tras noche. Aparece el hormigueo del miedo en la nuca, la constancia de la corrupción social -ese silenciador de la pedofilia- y la decepción absoluta. ¿Cómo recordamos ahora a Michael Jackson?

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