«La caída del imperio americano»: Sagaz claroscuro de un país

Denys Arcand recupera su mejor tono, con un mayor nivel de desenfado, para alegar contra el mundo del dinero y el detritus social que provoca, para acabar apelando a la solidaridad

Fotograma de la película «La caída del imperio americano»
Fotograma de la película «La caída del imperio americano»

Su sentido del humor, tan cáustico como mordaz, y su inequívoca voluntad de usar el cine para meter a su país en el quirófano, hace que cada nueva película sea como agua de mayo, a sabiendas de que una decepción es improbable. El quebequés Denys Arcand (1941), como casi siempre sobre guion propio, recupera su mejor tono, aquel de El declive del imperio americano (1986) y Las invasiones bárbaras (2003), aunque ahora con un mayor nivel de desenfado, para alegar contra el mundo del dinero y el detritus social que provoca, para acabar apelando a la solidaridad. El protagonista es un doctorado en filosofía muy pagado de sí mismo, un tipo raro que se considera demasiado inteligente para aborregarse e integrarse en lo común, pero -así de injusta es la vida- se gana los garbanzos como repartidor. Hasta que un atraco accidental le cambia la vida y le atiborra de pasta. Coqueteando con el thriller, la comedia negra, y unas sabrosas dosis de mala leche, Arcand acaba llevando la trama por la senda de la farsa. Naturalmente, a conciencia.

Que Arcand use su cámara para remover en la herida no implica que se torne mesiánico y anuncie al mundo su voluntad de cambiarlo a golpe de secuencias, entre otras cosas porque confiesa carecer de soluciones para ello. Eso que otros autores pregonan -lo de mejorar la sociedad y tal-, pero se olvidan de servirlo en frasco limpio y transparente, inteligible para entendernos. Puede que una mayor cohesión discursiva hubiera mejorado el resultado, pero le quedó muy bien así y funciona en su aspecto más didáctico. A fin de cuentas, nos pongamos como nos pongamos, las cosas del dinero no hay dios que las arregle, y la tan ansiada fraternidad humana es más una utopía bien intencionada que una realidad, por mucha voluntad que pongamos en el empeño. Cierto que no evita estereotipos y algunos lugares comunes, pero el discurso queda claro. Canadá, y en general el mundo -aunque el título se ciña al imperio americano-, es pleito de mal arreglo, pero Arcand acierta con el diagnóstico, que no es poco.

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