«La caída del imperio americano»: Sagaz claroscuro de un país

CULTURA

Fotograma de la película «La caída del imperio americano»
Fotograma de la película «La caída del imperio americano»

Denys Arcand recupera su mejor tono, con un mayor nivel de desenfado, para alegar contra el mundo del dinero y el detritus social que provoca, para acabar apelando a la solidaridad

31 mar 2019 . Actualizado a las 08:46 h.

Su sentido del humor, tan cáustico como mordaz, y su inequívoca voluntad de usar el cine para meter a su país en el quirófano, hace que cada nueva película sea como agua de mayo, a sabiendas de que una decepción es improbable. El quebequés Denys Arcand (1941), como casi siempre sobre guion propio, recupera su mejor tono, aquel de El declive del imperio americano (1986) y Las invasiones bárbaras (2003), aunque ahora con un mayor nivel de desenfado, para alegar contra el mundo del dinero y el detritus social que provoca, para acabar apelando a la solidaridad. El protagonista es un doctorado en filosofía muy pagado de sí mismo, un tipo raro que se considera demasiado inteligente para aborregarse e integrarse en lo común, pero -así de injusta es la vida- se gana los garbanzos como repartidor. Hasta que un atraco accidental le cambia la vida y le atiborra de pasta. Coqueteando con el thriller, la comedia negra, y unas sabrosas dosis de mala leche, Arcand acaba llevando la trama por la senda de la farsa. Naturalmente, a conciencia.

Que Arcand use su cámara para remover en la herida no implica que se torne mesiánico y anuncie al mundo su voluntad de cambiarlo a golpe de secuencias, entre otras cosas porque confiesa carecer de soluciones para ello. Eso que otros autores pregonan -lo de mejorar la sociedad y tal-, pero se olvidan de servirlo en frasco limpio y transparente, inteligible para entendernos. Puede que una mayor cohesión discursiva hubiera mejorado el resultado, pero le quedó muy bien así y funciona en su aspecto más didáctico. A fin de cuentas, nos pongamos como nos pongamos, las cosas del dinero no hay dios que las arregle, y la tan ansiada fraternidad humana es más una utopía bien intencionada que una realidad, por mucha voluntad que pongamos en el empeño. Cierto que no evita estereotipos y algunos lugares comunes, pero el discurso queda claro. Canadá, y en general el mundo -aunque el título se ciña al imperio americano-, es pleito de mal arreglo, pero Arcand acierta con el diagnóstico, que no es poco.