Ida Vitale celebra el «frenesí poético» de un Quijote cuerdo y terrenal

La escritora uruguaya recibió el premio Cervantes de manos de Felipe VI

Vitale recibió el premio de manos de los reyes
Vitale recibió el premio de manos de los reyes

alcalá de henares / colpisa

«Muchas veces lo que llamamos locura del Quijote, podría ser visto como irrupción de un frenesí poético». Así lo cree Ida Vitale (Montevideo, 1923) que se fundió ayer con Cervantes y sus criaturas imaginarias en la universidad de Alcalá de Henares. Lo hizo agradeciendo al padre de la novela «su respeto por la poesía» y destacando la fuerte conexión con «la realidad» de su universal personaje.

En una inclemente y lluviosa mañana, la poeta uruguaya, la quinta dama del «club Cervantes», recibía de manos del Felipe VI el más alto galardón de las letras hispanas. Lo hacía «emocionada» y «agradecida» a los «seres benévolos y palpables que movieron las piezas de un superior ajedrez, situándolas en posición favorable».

Protegida con una bufanda blanca y con un largo abrigo negro, Vitale subió animosa al estrado del Paraninfo complutense y admitió que le apetecía más «abrazar que hablar». «Decir ahora no me nace», confesó. Pero habló, con mucha pasión y su marcado acento uruguayo, pero también en francés e italiano citando a Baudelaire y a Ariosto, a Dante, Homero y Garcilaso.

Estuvo acompañada en la solemne ceremonia por su hija, Amparo Rama, y dos de sus nietas, Emilia y Nuria. Llamó la atención la ausencia de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, que dedicó la jornada a preparar el segundo debate electoral, como los demás líderes políticos, y delegó en Carmen Calvo, vicepresidenta del Gobierno y la más alta representación institucional tras la corona en la ceremonia.

Glosó Vitale la «enajenación» del caballero andante, pero advirtió que «pocos personajes han sido, como Quijote, habitados por lo real». «Tiene detrás acciones de criaturas humanas, que pueden ser malignas y burlonas, pero siempre comprensibles, terrestres y sin inexplicables auxilios divinos», dijo la laureada poeta dibujando un hidalgo manchego mucho más cuerdo y terrenal de lo que dicta el tópico.

«Muchas veces lo que llamamos locura del Quijote, podría ser visto como irrupción de un frenesí poético», sostuvo Vitale. Un frenesí «no subrayado como tal por Cervantes, un novelista que tuvo a la poesía por su principal respeto», le agradeció. Se atrevió Vitale a poner en boca del «descalabrado personaje», unos versos muy posteriores de Baudelaire: «J’ai gardé la forme et l’essence divine de mes amours décomposés».

«Mi devoción cervantina carece de todo misterio», confesó recordando de nuevo lo tardío de su descubrimiento de las aventuras del ingenioso y atrabiliario caballero andante. «Mis lecturas del Quijote, con excepción de la determinada por los programas del liceo, fueron libres y tardías», reiteró. Contó que descubrió al personaje antes que en el libro por una «gran pileta que, sin duda regalo de España, lucía en el primer patio de mi escuela».

En aquella fuente disfrutó «la polícroma historia que, según supe luego, era la de aquellos desparejos jinetes». Tanto el de «los molinos» como «los muchos episodios en que don Quijote terminaba por los suelos». Hubo lecturas «reiteradas, más difíciles de determinar porque, parciales, se aplicaban, aquí y allá en el texto, con una determinación vagamente Zen o simplemente mágica».

La audacia de decir cosas absurdas que salen del alma

«Con todo lo que las afirmaciones de don Quijote, prudente y aun sabio, me reclaman de acatamiento, para terminar debo disculparle una afirmación que como suya, podría ser aceptada sin más, que no hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo», apuntó Vitale al final de su discurso. «No es mi caso, puedo asegurarlo», dijo la escritora, risueña e irónica. «Sin duda, don Quijote no imaginó jamás que ese género femenino al que se consideraba por oficio llamado a honrar y defender, pudiera caer en tan osada pretensión. Y en eso, estoy segura que acertó», concluyó la uruguaya un discurso que llevaba preparando un mes que concluía de madrugada, a poca horas de pronunciarlo.

Tras su lectura alzó la mirada e improvisó: «Querría hacerme perdonar la audacia de venir aquí, a este lugar, y meterme a hablar de Cervantes». «Ahora no me saldría leer el discurso, sino abrazar y decir cosas absurdas, pero que me saldrían del alma», añadía espontánea, provocando una cálida ovación tras haber recibido del manos de Felipe VI el diploma y la medalla que la acreditan como ganadora de la 43 edición del Cervantes. 

Universalidad

El rey inició su alocución expresando su pesar por los atentados de Sri Lanka que se cobraron la vida de cerca de 300 personas, entre ellas las de dos españoles, a cuyas familias trasladó su pésame. Defendió la «universalidad» del español, «lengua tan propia de América como de España» y de la que «todos los hispanohablantes somos corresponsables de la cultura que en ella se expresa». Recordó luego a José Bergamín y la influencia en Vitale, y a Juan Ramón Jiménez, el gran maestro y valedor de la uruguaya, para calificar de «exacta y mágica» la obra de Vitale. «Saludamos a nuestra jovial y ejemplarmente vital poeta», decía don Felipe. Consideró los versos de la premiada como parte «del árbol de nuestra civilización iberoamericana, que nos ampara en su continuo crecimiento porque brotan nuevas, verdes ramas, como la poesía de Vitale».

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