Peter Brook, el teatro que transforma

El director británico obtiene a sus 94 años el Princesa de Asturias de las Artes por su trayectoria revolucionaria, pero, lejos de querer jubilarse, mantiene la misma vitalidad


redacción / la voz

Ir al teatro debería ser como ir al médico. La comparación es de Peter Brook (Londres, 1925), quien recurre a ella para exponer la capacidad transformadora de la escena en el público: «Cuando sales deberías sentirte mejor que cuando entraste». El símil pone en evidencia otra preocupación de Brook, que no solo se ocupa de lo que ocurre sobre las tablas, sino entre el patio de butacas. «El público te entrega dos horas por su confianza en lo que haces, por lo que debes tratarlos con respeto. Puedes mejorar su vida a través de las emociones», afirma.

La larga y revolucionaria carrera de Peter Brook ha merecido el premio Princesa de Asturias de las Artes. El jurado declaró que era merecedor del galardón por ser «uno de los grandes renovadores de las artes escénicas» gracias a unos montajes que «abrieron nuevos horizontes» y contribuyeron «al intercambio de conocimientos entre culturas». En el premio fue clave la apuesta por lo que Brook denominó «el espacio vacío», un proceso de desnudamiento del teatro de sus grandes ropajes y maquillajes, declamaciones y engolamientos, en busca de una sencillez que lo liberase de los corsés que se había encontrado en los inicios de su carrera.

Investigación

El espacio vacío fue, además de un ideario, un libro en el que Brook recogió sus propuestas, que también llevó a cabo en París en el Centro internacional de investigación teatral, fundado en 1971, año en el que el londinense se estableció en la capital francesa. Antes había pasado por bastiones de la escena británica como la Royal Opera House o la Royal Shakespeare Company, que sacudió con sus planteamientos, pero dispuesto a aprovechar lo mejor que podían ofrecerles grandes nombres como Lawrence Olivier o John Gielgud. Su minimalismo, que entonces fue toda una rebeldía, lo llevó a la práctica en montajes como el de El sueño de una noche de verano: Shakespeare ha sido una constante en su carrera, con montajes de sus grandes clásicos, de Hamlet a La tempestad, del Rey Lear a Tito Andrónico.

También ha frecuentado textos del teatro francés del siglo XX, como Sartre, Cocteau y Artaud, participando de su carácter renovador. «Nadamos contracorriente», afirma. «Rendirse a la desesperación es la peor forma de abandono». Por ello, la concesión del premio no le ha parecido un reconocimiento que anticipa una gloria póstuma, sino que, a sus 94 años, la ha entendido como un revulsivo para desarrollar proyectos. «Seguiré trabajando mientras pueda ser útil. Si no, la vida no tiene interés», declaró poco después de conocer la noticia. «Gracias, gracias, gracias. Gracias es una palabra bonita», recalcó. Brook sostuvo que, si puede, «por supuesto» que acudirá en persona a la ceremonia de entrega en Oviedo.

Donde ya ha estado en 1998 fue en Santiago. El festival Millenium programó sus montajes de Beckett Días felices y Oh les beaux jours, además de Je suis un phénomène. Allí, en el Auditorio de Galicia, desgranó ante la prensa algunas de las claves de su trabajo. «El teatro es un trabajo colectivo. Las obras que se me atribuyen no son mías en realidad, son resultado de un debate colectivo en el que participan los actores», explicó.

Cuando asombró con sus nueve horas del Mahabhrata le llovieron propuestas para adaptar otras mitologías, de Beowulf a las sagas islandesas. Declinó las ofertas. «No estoy en esto por los mitos». Tampoco el suyo.

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