Porque me muero de frío

En La Llorona, la trituradora del cine norteamericano ha hecho añicos el mito sudamericano del espíritu de mujer que vaga entre los vivos

La película deriva en una sucesión de golpes de efecto
La película deriva en una sucesión de golpes de efecto

En La Llorona, la trituradora del cine norteamericano ha hecho añicos el mito sudamericano -mexicano, especialmente- del espíritu de mujer que, envuelta en velos y sudarios, vaga entre los vivos, indisolublemente emparentada con los signos de la muerte, la pasión y la desdicha. Todo el encanto gótico de la figura no existe en esta nueva versión filmada para jovencitos ansiosos de sustos. Es una lástima, porque la mujer engañada que, en un rapto de locura, se venga del marido infiel matando a sus hijos -ahogándolos en el río- para suicidarse después, tiene un atractivo febril que conecta con el inconsciente. No en vano, la dramática representación fascinó a surrealistas como Ado Kyrou, Magritte o Luis Buñuel. Este último adoraba la versión canónica mexicana rodada en los años treinta y, por eso, algo del espíritu femenino sufriente lo encontramos en La novia de los ojos deslumbrados, guion que el aragonés escribió junto al ferrolano Rubia Barcia cuando los dos se buscaban la vida en el Hollywood de los años cuarenta; un libreto este que, finalmente, tuvo versión cinematográfica, excesivamente correcta, dirigida por Antonio Simón con el título de La novia de medianoche. Recordamos también un pase en el cine Callao de Ferrol, en sesión continua con una película de Santo el enmascarado de plata, de la versión sesentera de La llorona dirigida por Rene Cardona e interpretada, durante su década mexicana, por el gallego -de Meis- Eduardo Fajardo que le decía al espíritu algo parecido a aquello de la canción: «Tápame con tu rebozo, porque me muero de frío».

Fría como la muerte, sí, pero, quizá, la nueva película de La Llorona, como vehículo genérico, pueda funcionar. Al menos, de la mano del chamán interpretado por Raymond Cruz, algo de humor ofrece. Y el arranque, en el México de 1673, llega a prometernos cierta inquietud. Sin embargo, ya en Los Ángeles de 1973, con la joven trabajadora social a cargo de dos retoños, la historia deriva solo hacia los golpes de efecto, teniendo más que ver con un El exorcista o con una cualquiera de espíritus malignos. Sin suponer nada especial, estaba mejor Mamá, la versión inconfesa del mito producida por Guillermo del Toro hace unos cinco años.

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