Los bobos de la soberbia

«De la India a París en un armario de Ikea»


Por algún motivo sociológico de enjundia complicada, el indio es como el gallego en los chistes salidos de Hollywood y -por extensión- también de la cinematografía mundial. La manera de hablar -de pronunciar la lengua del Imperio-, cierto espíritu naíf y el sambenito de una naturaleza lúbrica, atiborran los gags siempre racistas que giran alrededor del «pobre indio de la India» -Peter Sellers, dixit- que se aventura en el mundo «civilizado», más allá de las tierras vírgenes de Kipling. Lo vemos desde El guateque hasta la serie The Big Bang Theory, pasando por Las locas aventuras de mi doctor o El gurú del buen rollo. Satyajit Ray, el gran cineasta de Calcuta, se lo dijo a Jean Renoir hace casi setenta años: «Para Occidente siempre seremos los bobos de su soberbia».

De la India a París en un armario de Ikea quiere ser más progresista que las comedias mencionadas, pero, finalmente, también resulta esperpéntica, pues, sabido es, que a las buenas intenciones las carga el diablo. Aun así, si podemos dejar a un lado el tufo de condescendencia, la película del canadiense Ken Scott resulta inevitablemente divertida aunque, también, a ratos -muchos-, exasperadamente blanda. Sin ánimo de hacer spoiler o, como se decía antes, sin destripar el argumento, nos cuentan como un mediador policial alecciona a cuatro niños de la calle en una comisaría de Bombay. El asistente atrapa a los chavales con su historia sobre otro infante ladronzuelo y timador como ellos -el narrador, evidentemente-, un falso faquir que acaba llegando al París de sus sueños, buscando al padre que nunca conoció. Allí, en una tienda de muebles de diseño, se enamora de una dulce rubia -la frágil Erin Moriarty de Blood Father- y, carente de medios para vivir, duerme dentro de un armario de los almacenes, inaugurando así su calvario. El azar hace que, entre miles de muebles, ese armario se facture por el mundo -¡ah la globalización-, de París a Roma pasando por Londres y Libia. Hay guiños a El conde de Montecristo, a Cinco semanas en globo, a La Terminal de Tom Hanks o a La vida de Pi, pues a nuestro filme las pretensiones le sobran. Menos mal que por ahí anda Bérenice Bejo, alegrándonos con su talento en los frecuentes momentos de bajón.

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