Arturo, rey de la escena: el personaje que encumbró a un seductor fiel

J. C. G.

CULTURA

Arturo Fernandez
Arturo Fernandez Javier Cebollada

El actor gijonés se mantuvo siempre cerca del tipo con el que se ganó el favor del público: un galán de vodevil a la española que dejaba entrever al «playu» socarrón que acertó a reírse de sí mismo

05 jul 2019 . Actualizado a las 06:42 h.

La gran suerte de Arturo Fernández fue encontrar relativamente pronto el personaje perfecto para su persona; el que garantizó de por vida -larga vida- un público fiel para ambos. Su mayor acierto, una vez asegurado ese difícil territorio, consistió en no abandonar lo conquistado ni a sus conquistados. Ni siquiera cuando Miguel Hermoso consiguió meter al señorito en el trullo para que redondease su papel en Truhanes, Arturo se alejó demasiado del limitado espacio teatral, cinematográfico y televisivo en el que mantuvo el cetro de la galanura bonvivant a la española con una mezcla del instinto del autodidacta, la astucia prudente del empresario y el mismo conservadurismo del que hizo gala en política. Puede que también con una medida dosis de provocación hábilmente gestionada que conseguía escurrirse desde los titulares de cultura y espectáculos hasta los de política (y espectáculos) cuando era conveniente. Y, en verdad, no habría por qué reprochar nada de ello a quien ha expirado dejándose casi literalmente la piel sobre las tablas, en plenitud como actor y también como capitán de una compañía teatral singularmente longeva. Para quien decidió en su momento dedicarse precisamente a eso huyendo de las apreturas de una oscura provincia en posguerra y sacándole partido al palmito no puede haber mejor forma de rematar un largo, fructífero e indiscutible reinado.

Pocos actores españoles ha habido tan leales a su público, y pocos públicos tan leales a un actor en justa correspondencia. Igual que sucede con esa bolsa de votantes del Partido Popular de sus simpatías, abonados a las siglas encabece quien encabece y suceda lo que suceda, Arturo Fernández ha conseguido mantener su propia cuota fija de seguidores desde que modelase y puliese en los setenta-ochenta su infalible versión personal del galán de vodevil y alta comedia: un apuesto y bronceado playu de Gijón reconvertido en el matraz escénico de las salitas, despachos, coctelerías, chaise-longues y altillos de un barrio de Salamanca idealizado y eterno, un universo lleno de puertas que se abren y se cierran sin parar, escenarios a dos alturas, mueble bar e hilo musical y una constelación de aquello que en tiempos más rancios se solía llamar -con perdón- señoras estupendas, para el caso concebidas, más que como las mujeres-objeto del género arrevistado, como dispositivos escénicos para facilitar el despliegue del cortejo galante, la réplica ingeniosa, el equívoco amable, la payasada algo calavera y la picardía fina.  Hasta una semana antes de su muerte, Arturo se sentó en el trono de ese país de clase media-alta donde la Transición aún no ha llegado o apenas acaba de empezar y todavía se emplean como un valor moral y político las categorías estéticas de lo lujoso y lo chabacano. Un país donde, de hecho, existe todavía esa palabra: «chabacano».

Ese era su mundo imaginario, del que salía y entraba como en otro vodevil a mayor escala llevando siempre a cuestas su propio escenario y su propio libreto. Arturo Fernández se hartó de decir que era el mismo en uno y otro mundo, y en que todos sus personajes replicaban su personalidad porque los vestía con su broncíneo y bien conservado pellejo de la misma manera que él mismo se vestía con uno de esos trajes cortados a medida de buena hechura y buen paño que te aguantan la vida entera. No es descabellado conjeturar que todo ese discurso venía también en el libreto. ¿Lo es pensar que del auténtico Arturo Fernández -salvo quizá en sus comentarios políticos- no hemos vislumbrado más que unos asomos, y siempre sujetos a la disciplina de su propio personaje? Son de nuevo las servidumbres de la realeza: más o menos como sucede con un monarca que jamás puede apearse de su profesión de monarca y exhibir otra cosa que su monarquía.