Arturo, rey de la escena: el personaje que encumbró a un seductor fiel

El actor gijonés se mantuvo siempre cerca del tipo con el que se ganó el favor del público: un galán de vodevil a la española que dejaba entrever al «playu» socarrón que acertó a reírse de sí mismo

Arturo Fernandez
Arturo Fernandez

La gran suerte de Arturo Fernández fue encontrar relativamente pronto el personaje perfecto para su persona; el que garantizó de por vida -larga vida- un público fiel para ambos. Su mayor acierto, una vez asegurado ese difícil territorio, consistió en no abandonar lo conquistado ni a sus conquistados. Ni siquiera cuando Miguel Hermoso consiguió meter al señorito en el trullo para que redondease su papel en Truhanes, Arturo se alejó demasiado del limitado espacio teatral, cinematográfico y televisivo en el que mantuvo el cetro de la galanura bonvivant a la española con una mezcla del instinto del autodidacta, la astucia prudente del empresario y el mismo conservadurismo del que hizo gala en política. Puede que también con una medida dosis de provocación hábilmente gestionada que conseguía escurrirse desde los titulares de cultura y espectáculos hasta los de política (y espectáculos) cuando era conveniente. Y, en verdad, no habría por qué reprochar nada de ello a quien ha expirado dejándose casi literalmente la piel sobre las tablas, en plenitud como actor y también como capitán de una compañía teatral singularmente longeva. Para quien decidió en su momento dedicarse precisamente a eso huyendo de las apreturas de una oscura provincia en posguerra y sacándole partido al palmito no puede haber mejor forma de rematar un largo, fructífero e indiscutible reinado.

Pocos actores españoles ha habido tan leales a su público, y pocos públicos tan leales a un actor en justa correspondencia. Igual que sucede con esa bolsa de votantes del Partido Popular de sus simpatías, abonados a las siglas encabece quien encabece y suceda lo que suceda, Arturo Fernández ha conseguido mantener su propia cuota fija de seguidores desde que modelase y puliese en los setenta-ochenta su infalible versión personal del galán de vodevil y alta comedia: un apuesto y bronceado playu de Gijón reconvertido en el matraz escénico de las salitas, despachos, coctelerías, chaise-longues y altillos de un barrio de Salamanca idealizado y eterno, un universo lleno de puertas que se abren y se cierran sin parar, escenarios a dos alturas, mueble bar e hilo musical y una constelación de aquello que en tiempos más rancios se solía llamar -con perdón- señoras estupendas, para el caso concebidas, más que como las mujeres-objeto del género arrevistado, como dispositivos escénicos para facilitar el despliegue del cortejo galante, la réplica ingeniosa, el equívoco amable, la payasada algo calavera y la picardía fina.  Hasta una semana antes de su muerte, Arturo se sentó en el trono de ese país de clase media-alta donde la Transición aún no ha llegado o apenas acaba de empezar y todavía se emplean como un valor moral y político las categorías estéticas de lo lujoso y lo chabacano. Un país donde, de hecho, existe todavía esa palabra: «chabacano».

Ese era su mundo imaginario, del que salía y entraba como en otro vodevil a mayor escala llevando siempre a cuestas su propio escenario y su propio libreto. Arturo Fernández se hartó de decir que era el mismo en uno y otro mundo, y en que todos sus personajes replicaban su personalidad porque los vestía con su broncíneo y bien conservado pellejo de la misma manera que él mismo se vestía con uno de esos trajes cortados a medida de buena hechura y buen paño que te aguantan la vida entera. No es descabellado conjeturar que todo ese discurso venía también en el libreto. ¿Lo es pensar que del auténtico Arturo Fernández -salvo quizá en sus comentarios políticos- no hemos vislumbrado más que unos asomos, y siempre sujetos a la disciplina de su propio personaje? Son de nuevo las servidumbres de la realeza: más o menos como sucede con un monarca que jamás puede apearse de su profesión de monarca y exhibir otra cosa que su monarquía.

No es que tenga demasiada importancia tratándose de un actor. Lo que importa es que Arturo Fernández encontró la manera de modelar su rol, de explotarlo y de mantenerlo, incluso dejándose convertir cuando convino en una efectiva pantomima de sí mismo, y de establecer una relación indestructible con su público, que no solo era el que acudía al teatro o se sentaba ante la televisión para reírle las chatinas. Para ser un seductor, Arturo Fernández fue de una fidelidad casi conmovedora. Como los músicos que saben esperar su revival, no tuvo más que mantenerse firme en el mismo punto hasta que los tiempos giraron y lo encontraron donde siempre en un país que había cambiado: en el Camelot vodevilesco donde reinó hasta que el cáncer acabó con la soltura conquistadora y la impecable compostura. Su nombre se añade ahora a una lista con algo de apocalíptica para los que gustan de ver señales en el cielo: en año y medio, Quini, Cueto, Areces y Arturo. La Tabla Redonda gijonesa se va quedando sin los titulares y empieza a haber superpoblación de leyendas locales en la isla de Avalón.

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