«Joker», explosión de oscuridad que desafía a la verbena del cine de superhéroes

Costa-Gavras muestra al griego Yanis Varoufakis como un Quijote al que devoró el establishment de Bruselas


Venecia / La Voz

Un vendaval de cine de explosiva negrura se hizo ayer con el Lido para desafiar con una enmienda a la totalidad a la verbena de luces tontilocas del inflaccionado cine de superhéroes que lleva años infantilizando las pantallas hasta la extenuación. Con Joker, Todd Phillips rasga las capas de capitanes americas y toda esa banda marvel metalizada para construir, a partir de un personaje icónico del cómic como es la némesis de Batman, una obra de carne y de huesos abierta en canal a un análisis tan maduro como perturbador de la locura y del sistema económico y la sociedad del espectáculo que la alimenta.

El guión del propio Phillips ?quien ya mostró su poder subversivo de lo ordinario en la grandiosa Resacón en Las Vegas- y de Scott Silver nos lleva a lo que podría haber sido una precuela de Batman. Pero es algo bien distinto. Nos enseña todo lo que había detrás de la sonrisa bufonesca del Joker, aquel antihéroe al que puso en los 80 buen histrionismo Jack Nicholson. Y lo que resulta es un socavamiento hacia la más irrespirable oscuridad, con un Joaquin Phoenix colosal atravesando de principio a fin este viaje al fin de la noche de una mente traumatizada por una vida torturada. El Joker no era el bufón de una corte de los milagros sino el hijo de la furia de una Gotham como metáfora de un sistema social que aboca a una ciudad en las sombras de la miseria económica.

De ahí nace el personaje de Joaquin Phoenix, tan desestructurado como su risa dislocada, tan sediento de vendetta como para llegar hasta el padre de Batman, el patriarca de los superhéroes. Y para erigirse en loco egregio y espartaquista, un showman que acaba por tomar el plató y representar a puro plomo la muerte en directo (el papel de Robert De Niro es un guiño heredero del Jerry Lewis de El rey de la comedia de Scorsese .Y así, este Joker entra por derecho en los anales del gran cine sobre la perturbación mental, entre Psicosis y El estrangulador de Bostón. Solo que aquí la locura es el motor de una liberación, de una revuelta del antihéroe, de un stop a la desneuronada dictadura Marvel.

Veo Ema y no dejo de preguntarme en qué estado de sobriedad la habrá pensado y dirigido Pablo Larraín. Toda la creatividad desplegada por el chileno para mostrar la infección atmosférica de la dictadura pinochetista en Tony Manero, Post Mortem o El Club, o para ser quien de destilar como nadie había hecho el Camelot de los Kennedy en la ceremonia espectral túrmix una coreografía de pretendidas transgresiones para explicarnos a los profanos de qué va el nihilismo de los centennials, siempre en torno a la mujer que da título a la película, la actriz Mariana Di Girolamo, que a Larraín debe de parecerle fascinante pero no pasa de semejar una imitación trasnochada de Pepi, Luci y Bom. Aquí hay también chicas en montón: una orgía lésbica como ideada por un viejo verde o por un Kechiche con resaca. Escucho diálogos tan necios que casi prefiero que los personajes no dejen de exclamar una y otra vez eso de «¡la chucha!», ginecológica expresión chilenísima. ¡La Chucha!, Larrain, gracias por ponernos al día de lo cool que es la banda generacional que tiene como culto el reggaetón.

Rendir tributo a Costa-Gavras es algo que honra a cualquier festival. Su cine ha testimoniado como pocos las pisadas de la opresión y el totalitarismo en el feo siglo XX de las ideologías fuertes. Costa tiene la misma edad que el agotado Polanski pero parece su hijo. Su lucidez para hablar de este otro tiempo nuestro, el del diktat de la troika y la postverdad a partir de aquel ángel caído de la izquierda imposible llamado Varoufakis se traduce en Adults in the Room en un thriller trufado de elementos documentales, basado en el subjetivo libreto del propio Varoufakis en torno a los meses que vivió peligrosamente codeandose con “jokers” como el alemán Wolfgang Schauble, el italiano Mario Draghi, la superwoman Angela Merkel y el coro de Bruselas, cuyos perfiles Costa Gavras termina de redondear en una secuencia final coreográfica, en la cual Alexis Tsipras es finalmente bienvenido al club, y que recuerda a aquel musical de Friedrich Durrenmat, Frank V, en el cual una tropa de banqueros bailaba al ritmo de gang de serie negra.

Comentarios

«Joker», explosión de oscuridad que desafía a la verbena del cine de superhéroes